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Los caballeros las prefieren trans

El lechero

"Bajé del camión con los brazos cargados de quesos pategrás y lácteos, como si estuviera saliendo de un supermercado clandestino".

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Era fin de semana, cumpliendo horas extras en la oficina. Ya pasadas las seis o siete de la mañana, el sol empezaba a filtrarse entre los árboles y alumbraba sin pudor la lluvia de preservativos y papelitos que rebalsaban de los tachos de los bosques de Palermo. Restos de una noche larga, de esas en las que no llegabas ni a acomodarte la bombacha que ya estabas subiéndote a otro auto. Noches de trabajo intenso, mecánico y feroz, donde el cuerpo se vuelve herramienta y el tiempo se mide en billetes doblados y respiraciones agitadas.

Había sido una de esas madrugadas en las que todo sucede rápido, casi sin pausa, donde el cansancio se mezcla con una lucidez extraña y el deseo aparece por momentos, inesperado, como una chispa. El cuerpo aprende a funcionar por partes: piernas, espalda, boca, hambre. El resto queda en pausa. No porque no exista, sino porque no hay tiempo para todo.

Siendo fin de semana y con el amanecer encima, empezaban a llegar en manada los autos de los chongos: calientes, copeteados, con esa urgencia torpe que les deja la noche. Venían todavía con la música del boliche sonándoles en la cabeza, el cuerpo transpirado, la boca con gusto a alcohol barato y perfume caro.

Como el bosque estaba rodeado de boliches, muchos ya tenían el recorrido aprendido: primero el baile, después alguna de nosotras. Era parte del ritual. Ahí, hay que decirlo, daba gusto ser puta. Porque, entre tanto apuro y tanto oficio, de pronto aparecían ellos: bombonazos de jean y camisa de marca, manejando borrachos, con olor a Paco Rabanne y a privilegio. Pibes “hijos de”, esos que no se molestan en chamuyar en la pista y prefieren gastar los últimos pesos que les soltaron los padres en un encuentro rápido, clandestino y cargado de morbo.

Ahí era donde yo elegía. Miraba, evaluaba, dejaba que el deseo —ese que no siempre aparece cuando una trabaja— se colara sin pedir permiso. Y entonces, como un broche de oro después de una jornada interminable, el cuerpo respondía distinto. No por obligación. No por dinero. Por puro gusto. Una segunda vez, íntima, silenciosa, casi secreta, donde el placer se mezclaba con la satisfacción de haber ganado la noche.

Era esa combinación rara, peligrosa y deliciosa: trabajo y placer entrelazados por un rato, justo antes de que el sol terminara de subir y nos devolviera, otra vez, a la realidad.

Después de que me dieran un buen rato, volví a mi parada, ya con el cuerpo cansado y la cabeza puesta en la idea de irme a casa. Esa hora no era solo territorio de trasnochados: empezaban a aparecer también los que salían a trabajar. Los viajeros de siempre, los que van de una ciudad a otra, y esos otros que necesitan, casi religiosamente, empezar el día descargando el cuerpo para poder concentrarse después.

La escena era un catálogo de contrastes. De un lado, los ebrios que todavía arrastraban la noche; del otro, los sobrios recién duchados, prolijos, con olor a jabón y las bolas depiladas con una dedicación que parecía una invitación muda, casi respetuosa, a ser lamidas. La noche y el día cruzándose sin mirarse.

Ya estaba por irme cuando un camión frigorífico, de una de esas marcas de lácteos que todo el mundo reconoce, pasó lento frente a mí. El conductor abrió la puerta. Para verle bien la cara tuve que ponerme en puntas de pie: era flaco, alto, de treinta y pico, cara de madrugador. Me preguntó los precios, escuchó sin apuro y dijo simplemente:

—Ok.

Pensé que iba a subir como acompañante, pero avanzó unos metros más y estacionó cerca de los árboles. Se bajó, dio un portazo seco y, con una mano apretándose lo que ya era evidente, dijo sin rodeos:

—Vamos atrás.

Abrió las puertas traseras y me hizo subir. Adentro, el frío me golpeó de lleno. El camión estaba cargado de cajones: sachets de leche, quesos, yogures, manteca. Todo listo para salir a repartir. Me pagó un “completo”, se desabrochó el pantalón y me pidió que empezara. Bastaron unos segundos para que el clima cambiara: la respiración más pesada, el silencio espeso, el vapor de nuestros cuerpos luchando contra el aire helado.

Cuando ya estaba duro, me arrinconó contra los cajones fríos de leche. La espalda helada, el cuerpo caliente. Y ahí, entre el olor lácteo y el rugido lejano del motor, me dio uno de esos sacudones que se te quedan grabados. No hubo ternura ni pavadas, pero sí una intensidad exacta, como si el amanecer hubiera decidido concentrarse entero en ese momento.

Al terminar, le saqué el forro. Mientras le hacía un nudito prolijo y lo envolvía en un pañuelito de papel, me dijo, casi con alivio:

—Gracias, necesitaba descargar. No tengo para darte una propina, pero si te gusta algo de los cajones, llevate lo que quieras.

Yo, muerta de hambre, abrí bien los ojos. Miré la cantidad de cosas que había ahí adentro y le dije que sí sin dudarlo. Mi cartera era una miniatura —apenas entraban los preservativos y el BlackBerry—, pero eso no me detuvo. Bajé del camión con los brazos cargados de quesos pategrás y lácteos, como si estuviera saliendo de un supermercado clandestino.

Después, el día siguió su curso. Él volvió al volante, yo a mi parada. El camión salió a repartir leche como si nada hubiera pasado.

Me subí a un taxi cansada, bien cogida, con plata en el bolsillo y, encima, ahorrándome la compra de la semana. Un cierre perfecto para una noche larga. En ese cansancio había algo más: la sensación de volver a ser una sola después de horas de ser muchas cosas a la vez, de desarmar capas y quedar apenas en silencio.

En ese entonces, mi cama era un colchón prestado en el living del departamento de mis amigos. Vivíamos en Almagro. Dejé las cosas en la heladera y, al apoyar la cabeza en la almohada, apareció ese pensamiento que vuelve siempre cuando el cuerpo afloja: no cómo había sido la noche, sino cómo había aprendido a arreglármelas. Nadie enseña eso. Se aprende caminando, mirando, midiendo silencios.

Para mí ya era costumbre sacar ventaja cuando los tipos te ofrecían llevarte algo, sobre todo cuando el encuentro ocurría dentro de algún local. En mi pueblo era frecuente salir con las maricas y terminar dejándonos coger por algún panadero, tipo cuatro de la mañana, en el fondo del negocio, entre la masa y los hornos todavía tibios. Después de la cogida nos llevábamos de todo. Desayunábamos como reinas. Siempre valía la pena ser descarada: al final, todo se convertía en anécdota.

Pero ahí había una diferencia enorme. Después de eso yo volvía a mi casa. Tenía una puerta que se cerraba, una cama que me esperaba, un lugar donde dejar el cuerpo. Había red, había abrigo. Acá no. Acá era distinto. Acá era yo sola, mi único sostén, mi propio respaldo.

Recién llegaba a la ciudad. No conseguía trabajo, no me daban chance de nada. No conocía a nadie, no conocía la zona roja, no sabía dónde pararme ni a quién preguntar. Por eso caminaba. Caminaba sin rumbo, con la intuición como brújula, esperando que el cuerpo entendiera antes que la cabeza. Caminaba porque quedarse quieta no era una opción.

No era tan distinto en la lógica —cambiaban las calles, los nombres, los olores—, pero sí en el peso. En Buenos Aires la picardía ya no era un recurso: era una necesidad. No pedir permiso, no esperar autorización, llevarse algo más que el recuerdo porque no había margen para fallar.

Gracias a ese descaro, una noche más, salí del hostel donde compartía habitación con otros tres extraños y empecé a caminar por avenida Entre Ríos, cerca de las tres de la mañana, buscando ese billete que me llenara la panza y me comprara un rato de calma.

Ahí lo conocí: un chico encargado de limpiar un bar frente al Congreso. Yo pasaba por afuera mientras él trapeaba adentro. Tenía más o menos mi edad. Nos miramos. Nos gustamos. Fue inmediato.

Me abrió la puerta sin decir una palabra. El bar estaba oscuro, con olor a lavandina y madera vieja. En el baño, entre baldosas húmedas y el ruido lejano de la ciudad que no dormía, cogimos. Sin promesas, sin planes. Un cruce fugaz que no pedía futuro.

Antes de irme, pasé por las heladeras enormes del mostrador. Con la panza haciéndome ruido —ese ruido seco y humillante que no se puede disimular—, le pedí si podía llevarme unos sándwiches de miga. Me miró. Hizo un silencio breve, incómodo, de esos que pesan más que una negativa. Después abrió la heladera, sacó una bandeja, otra, y me envolvió una docena entera. Sin apuro. Sin preguntas.

Nos volvimos a ver muchas veces. Con el tiempo habíamos llegado a un acuerdo tácito, casi doméstico: después de coger, yo podía llevarme lo que quisiera de los mostradores. Facturas, empanadas, sándwiches. No era un trato escrito; era algo que se fue armando solo, noche tras noche, entre cuerpos cansados y madrugadas silenciosas.

Hasta que una noche me dijo algo que me quedó grabado para siempre:

—Si vos lo único que necesitás es comer, no hace falta que hagamos nada. Yo te lo doy.

Ahí entendí todo. Yo, que en la vida —y en la infancia— jamás había pasado hambre, entendí de golpe mi realidad. Entendí que el sexo y la prostitución se me habían vuelto una herramienta para conseguir algo tan básico como un plato de comida. No lujo. No capricho. Comida.

Fui yo la que decidió chupar una pija antes que pedirle prestado a mis amigas, antes que llamar a mi padre y decirle que estaba fracasando, como él seguramente suponía. No revolví la basura. No esperé compasión. Elegí el camino que tenía a mano, el único que no me pedía papeles, explicaciones ni permiso.

Hoy se habla mucho de “sistema prostituyente”, y está bien que se hable. Pero en ese entonces, para una trans que recién empezaba, la mayoría de las puertas estaban cerradas. Cerradas con llave. Y algunas ni siquiera tenían timbre.

Fue caminando tantas calles oscuras que me fui armando de coraje y de descaro. Fue ese descaro el que me sostuvo. El que me permitió calmar, aunque fuera por unos días, un hambre que no era solo del cuerpo, sino también del miedo, de la intemperie, de no saber cómo sigue todo.

Porque muchas veces nuestra vida es eso: sobrevivir. Sobrevivir a la ciudad, a la noche, al silencio y al juicio ajeno.

Sobrevivir con lo que hay.

Y seguir igual.

No porque sea heroico, sino por ser la otra parte de la sociedad a la que no nos dejaron otra opción.

BDR/CRM

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