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ENSAYO GENERAL

Sobre nuevas y antiguas masculinidades

Richard Reeves

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En los últimos años, lentamente, la discusión sobre las “nuevas masculinidades” dio paso a la de la crisis de la masculinidad. Me parece bien. Escribí alguna vez sobre nuevas masculinidades, pero siento que siempre hubo algo en ese marco conceptual que no me cerraba. En el fondo, me parecía un problema aburrido. Me acordé de un profesor de filosofía que tuve en el secundario con quien después coincidí en una cátedra del CBC, ya los dos como docentes. Para esa época, él estaba rindiendo los exámenes para entrar a la carrera diplomática, con ganas de entrar y trabajar pero con poca ilusión. Decía que después de estudiar años sobre relaciones internacionales y retórica —en la universidad se había especializado en filosofía clásica— se había dado cuenta de que el problema es justamente, que los conflictos políticos que de verdad importan son aquellos que no pueden resolverse conversando. Todo lo que puede dirimirse con debate y diplomacia es, en el fondo, un no problema.

Me pasa un poco lo mismo con el asunto de las nuevas masculinidades: me encantan los varones que se animan a hacer cosas que tradicionalmente eran de chicas, me encanta que los criemos para eso y que generemos contextos políticos, institucionales y culturales para que puedan hacer lo que quieran y ser libres del mandato del macho, pero siento que los que quieren romper ese molde ya tienen la batalla medio ganada. Son los que entendieron, los que se adaptaron, los que tienen más herramientas para moverse en un mundo nuevo interactuando (sea sexualmente, si es lo que les gusta, o socialmente, les guste o no) con mujeres nuevas. Es un fenómeno que agradezco, el de las nuevas masculinidades, pero creo que no es el problema difícil. El problema difícil son los otros: los que no se adaptan, los que no encuentran cómo construir una subjetividad y una forma de estar una vez que las herramientas que tenían sus padres para hacerlo ya no están del todo disponibles, y las que sí están disponibles no terminan de quedarles a mano. Eso es para mí, a grandes rasgos, la crisis de la masculinidad, y creo que es un tema serio.

El ensayista Richard Reeves parece ser el nuevo influencer sobre el tema: su libro Of Boys and Men: Why the Modern Male Is Struggling, Why It Matters, and What to Do about It (Sobre los chicos y los hombres: por qué el varón moderno está en problemas, por qué importa y qué hacer al respecto), que calculo que alguna editorial hispanoparlante ya estará en tratativas para traducir, circula por los medios más prestigiosos del mundo anglo. Muchas cosas que dice son interesantes: habla de la brecha educativa en Estados Unidos, que pasó de favorecer a los varones hasta los años setenta (mucho más varones que mujeres llegaban a completar sus estudios universitarios) a inclinarse desproporcionadamente en ventaja de las mujeres en la actualidad. Analiza, también, posibles configuraciones subjetivas que nos llevaron a estos resultados: las mujeres, dice Reeves, son más como dientes de león, capaces de sobrevivir en diversos ambientes. Los varones, en cambio, son orquídeas, más permeables a los contextos buenos y a los malos, y por eso un varón tiene menos chances de resistir la influencia de una situación social complicada que una mujer. Lo menos interesante, probablemente, es la solución principal que propone: atrasar la escolaridad de los varones un año, de modo tal que en la sala de dos años, pongamos, haya nenas de dos y varones de tres. Más allá de que me parece medio una tontería —no creo que haga tanta diferencia un año después de cierta cantidad de tiempo—, esta recomendación delata el biologicismo ingenuo del planteo. Si la brecha educativa hoy favorece a las mujeres es —indudablemente— porque cambiaron drásticamente ciertas condiciones sociales, no porque en los últimos treinta años se haya modificado mucho la biología de nuestros cuerpos. Es improbable, entonces, que una solución tan centrada en el desarrollo biológico de los cerebros de las mujeres y los varones pueda hacerse cargo de ese problema. No me interesa tanto, entonces, la parte positiva del libro, pero creo que el diagnóstico que hace es bastante acertado: nuestros varones están sin norte, porque todo lo que antes hacía a “un buen varón” hoy es violento o anticuado o sin sentido. A las chicas les ofrecemos narrativas de empoderamiento y de conquista: a los varones les pedimos que se queden callados, que esperen, que acompañen, como si tuvieran que pagar los pecados de sus congéneres con culpa e inacción, como si nos debieran dos mil años de pasividad.

Hace un par de fines de semana me fui de viaje con dos amigas en el auto de una; pisamos la tapa de un pozo ciego vacío que se desfondó y el auto quedó trabado, con dos ruedas en el aire, imposibles de sacar. Tres varones nos ayudaron a sacarlo: de buenos vecinos, de amorosos, pero también, supongo, porque a los varones les enseñan a divertirse resolviendo problemas y entendiendo cómo funcionan las cosas que usan, les enseñan a disfrutar de impresionar a la gente con sus habilidades para ocuparse de algo. Me seduce, y me encanta, en términos sexuales, pero también en términos simplemente sociales: me encanta verlos a todos paraditos alrededor de una moto que no arranca o un caño que pierde, me encanta cómo trabajan juntos en esas situaciones, cómo fruncen el ceño, cómo sonríen, cómo se lucen.

Conozco muchas chicas hoy que son así: tengo amigas fierreras, amigas que hacen asado, amigas que revocan paredes, hacen sus propios muebles y abren la tele cuando se rompe antes de llamar a alguien. Me hago cargo de que nunca le pongo ni un mínimo de energía a ese tipo de cosas, pero lo que siento es que hay partes valiosas en esa masculinidad anticuada que hoy sencillamente podríamos enseñarles a todos, varones, nenas y cualquier género disponible. Estamos acostumbradas a reivindicar las virtudes y los intereses tradicionalmente femeninos y pensar que los varones deberían participar de ellos: ser más amorosos, más empáticos, mejores negociadores. Estamos acostumbradas, también, a decir que las chicas tenemos derecho al espíritu conquistador y ambicioso tradicionalmente esperado solo de los varones.

Imagino un futuro cada vez menos generalizado, en el que podamos reivindicar para todos atributos que en otra época se entendían en femenino o en masculino, las virtudes de los héroes griegos y las de las Madres de Plaza de Mayo, todas las lecciones para todas las personas, todos los referentes, todas las admiraciones. En ese futuro podríamos analizar por qué a las chicas las educamos en rasgos de personalidad que después les resultan tan útiles para el rendimiento académico como la paciencia y la escucha. En ese futuro también podríamos valorar algunas cosas que históricamente hicieron a los varones sentirse varones (proteger, solucionar, defender) y pensarlas para chicas y chicos, sin temer, sin sobrecompensar, sin que haya que decirles a los varones que no se pasen, sin tratarlos como si por nacimiento vinieran con un cuerpo peligroso, con una psiquis que es un arma, con algo que tienen que manejar con cuidado. 

TT

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