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Opinión

Quieren dividir entre a quienes les importa cómo se habla y a quienes les importa comer

Manifestación por el 8M. Archivo.

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El país tiene cifras récord de pobreza y el vocero presidencial anuncia la prohibición del uso del lenguaje inclusivo en la administración pública. Por un lado, la maniobra distractiva es evidente. Esperan que el movimiento feminista reaccione a modo de escándalo para volver a contraponer lengua y comida. Lo hace en la misma semana que desfinancian el fondo de integración socio urbana que permitía invertir en infraestructura en los barrios populares con perspectiva de género. Lo hacen mientras siguen negando alimento para los comedores y merenderos.

Quieren dividir entre a quienes les importa cómo se habla y a quienes les importa comer. Que la boca y la garganta sean órganos del cuerpo igualmente implicados en ambas tareas no es un detalle. Quieren, una vez más como les gusta a los sectores anti-feministas, pensar que el lenguaje es superficial, que es un lujo excéntrico. Y, sin embargo, sabemos que a ellos les importa, que es una verdadera obsesión, de Laje al vocero-de-Adorni.

¿Por qué? Porque el fascismo necesita hablar de libertad para prohibir tanto como necesita decretar para desregular. Y también necesita caotizar para gobernar a favor de los negocios más abusivos, esos que prosperar en las ruinas del neoliberalismo.

Lo que en el fondo está en cuestión y les molesta es que en Argentina el lenguaje feminista ha sido parte de luchas políticas e inclusivas: cuando se habla en feminino y con la “e” se hacen visible trabajos, cuerpos, experiencias y trayectorias que han sido las últimas, las más olvidadas, las más explotadas. Cuando se altera la lengua política es porque hay una lucha material por hacer audibles vidas despreciadas, pero también vidas posibles por inventar a futuro. La lengua pone en variación las posibilidades de existencia porque esas vidas se han afirmado como fuerza política.

Es una provocación, sin dudas, en el marco de la organización del 8M, que está convocando asambleas masivas pero también de la creciente trama de solidaridad y coordinación entre movimientos sociales y gente brutalmente empobrecida en dos meses. Este gobierno quiere sectorizar, insistir con la construcción del feminismo como enemigo público, quiere lograr que cuando se estigmatiza a los y las referentas de los movimientos sociales, nadie les defienda. Quieren producir el efecto de un feminismo enclaustrado cuando, por el contrario, la agenda de la crisis alimentaria y habitacional es la demanda prioritaria del movimiento. 

Es una provocación, sin dudas, que suma al carrete de odio que utilizan como propaganda de su desgobierno. Es una provocación poner en el centro el lenguaje, pero es también la constatación de la batalla por lo que se nombra.

La ironía popular no se hizo esperar: se dijo que, en el fondo, al gobierno le preocupa que pobres se escribe con “e”. En un chiste, la indistinción entre la cuestión de clase y de género se hace verdad. Abolir el lenguaje es fantasear la aniquilación. La supresión de vocales no es un detalle sino la ratificación de que lo que no se nombra, no existe. La pobreza no se puede dejar de nombrar; tampoco que las más pobres en nuestro país son las mujeres y las personas travestis y trans. 

VG / LC / DTC

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