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OPINIÓN

Nos quieren volver locos: los discursos de Milei en Israel y el fascismo piscotizante

Javier Milei en el Muro de los Lamentos.

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El lunes por la mañana Javier Milei recibió un doctorado honoris causa en la Universidad de Bar-Ilan en Israel “en reconocimiento por su firme y valiente liderazgo en defensa de la libertad y la democracia”. En el mismo discurso también dijo que “con determinadas culturas no vamos a poder convivir.” La frase, lejos de ser retórica, visibiliza doctrina, y esa doctrina tiene una sola conclusión lógica: si no se puede convivir con una cultura, es porque esa cultura no tiene lugar en el mundo que uno imagina. No existe opción entre la coexistencia y la eliminación.

Hace algunos días, en una entrevista con Canal 14 de Israel, fue todavía más taxativo. “Frente a alguien que lo quiere exterminar no puede negociar ni tener una posición intermedia.”, dijo el presidente de Argentina, haciendo pública su postura sobre el exterminio de ese “otro”, como única respuesta posible, sin eufemismos, sin metáfora, en una sala llena de académicos que lo aplaudieron de pie.

Ante estos últimos eventos, lo que más preocupa no es tanto lo que Milei dijo, que de por sí ya es lo suficientemente grave, si no en el peligro que implica, que este tipo de discursos fascistas ya no necesitan ocultarse.

El nazismo, por ejemplo, habló siempre en código. “Solución final”, “tratamiento especial”, “reubicación”; eufemismos sistemáticos, no accidentales para nombrar el horror que requería ese lenguaje técnico y burocrático para funcionar, porque nombrar lo que realmente estaba pasando hubiera roto el consenso social que lo sostenía. El ocultamiento no era, antaño, una condición de posibilidad.

Pero lo que está pasando hoy es estructuralmente distinto. El consenso ya no se construye ocultando, se construye a través de la velocidad. Franco Bifo Berardi lleva años describiendo este mecanismo: la hiperaceleración del flujo de información no es solo un fenómeno político, es neurológico. Cuando el cerebro está expuesto a una velocidad infinita de estímulos, como consecuencia, en mayor medida, de los algoritmos y redes sociales, la capacidad de discriminar entre lo verdadero y lo falso, entre lo grave y lo trivial, se vuelve imposible. 

No es que la gente elija no procesar, sino que el volumen y la velocidad lo impiden estructuralmente. Vivimos saltando de una indignación a otra, entre tweets y reels, sin que ninguno termine de accionar. Milei puede decir con aplausos, en una universidad, que hay culturas con las que no se puede convivir, porque la saturación ya hizo el trabajo previo. No hay que esconder nada cuando nadie puede detenerse a procesar y accionar sobre lo que escucha.

Pero hay algo más que la velocidad, y me parece que Rocco Carbone es quien mejor logró condensar las características de este neofascismo que vemos en figuras como Milei, Trump o Netanyahu. Carbone nos dice que el fascismo que estamos viviendo es psicotizante, porque a diferencia de los fascismos del siglo XX, que necesitaban coherencia interna para construir consenso, el fascismo psicotizante opera desde la contradicción permanente. Te quiero/ te odio. Libertad/ opresión. Defensa de la vida y declaración de que hay culturas que no pueden existir. La contradicción no es un error del sistema: es el sistema. Cuando nadie sabe a qué atenerse, la organización colectiva se inhibe. La psicosis no es un efecto secundario del estilo de gobierno, es el objetivo.

Milei recortó jubilaciones por decreto mientras jubilados eran golpeados por la policía en las calles. Ataca ideológicamente el derecho al aborto porque su postura se alinea con “el derecho irrestricto sobre la vida”, y mientras tanto desmanteló por decreto el Programa Nacional de Cardiopatías Congénitas, que garantizaba que 7.000 bebés por año salven sus vidas, un programa sin impacto apreciable en el PBI cuya única función era exactamente salvar bebés. Y mientras a la madrugada escribe en X que “no odiamos lo suficiente a los periodistas” ayer, en Bar-Ilan, dice que “gran parte del periodismo juega para las fuerzas del mal”. 

Pero nuestro presidente no opera de forma solitaria en esta lógica. Donald Trump, parado junto a Benjamin Netanyahu —sobre quien pesa una orden de arresto de la Corte Penal Internacional por crímenes de guerra y de lesa humanidad— propuso deportar a los dos millones de palestinos de Gaza hacia Egipto y Jordania y, al mismo tiempo, se propuso como candidato al Nobel de la Paz. Semanas después publicó en su red social que “una civilización entera desaparecerá” si Irán no cumple sus demandas, y el mundo siguió, mientras Milei rezaba con Netanyahu en el Muro de los Lamentos.

Antes, el fascismo clásico necesitaba ocultar para instalar, pero ahora, no necesita eufemismos porque la saturación informativa desactivó la capacidad de procesar. No necesita censura porque le alcanza con generar suficiente ruido para que nadie se detenga lo suficiente en ninguna frase; y cuando el músculo de la indignación se agota de tanto contraerse sin poder actuar, deja de funcionar, no acciona.

Eso es lo que Carbone llama el objetivo real: no es el caos, sino la parálisis. Mientras respondamos al ritmo que ellos imponen, fragmentados, agotados, saltando de una indignación a la siguiente, el trabajo de desactivación está hecho. Reconocer el mecanismo no resuelve nada por sí solo, pero es la única condición para interrumpirlo. Y lo demás, dependerá de si podemos organizarnos antes de que el músculo se atrofie del todo.

La autora es antropóloga, investigadora y fundadora de Panóptico Cultural

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