Opinión

Río sin carnaval: a matar la saudade

En Río de Janeiro suspendieron la clásica fiesta del Carnaval por el Covid-19.

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La alegría no es solo brasilera. Pero en Río de Janeiro, donde se suspendió el Carnaval y mucha gente anda triste, recuperar la alegría se ha transformado en un asunto de estado. 

Los motivos para frenar la fiesta son claros: Brasil está próximo a llegar a los 10 millones de contagios, en Río de Janeiro han muerto más de 30 mil personas, y el Carnaval era un imán para aviones con turistas de medio planeta. La decisión de suspenderlo suena totalmente lógica, pero con una consecuencia peligrosa: le ha quitado la alegría a muchas personas ligadas a la música, el baile, las escuelas de samba, las fiestas en la playa y la ornamentación de calles cariocas. 

El alza en el índice de saudade preocupa a las autoridades locales más que el precio del dólar o el porcentaje de inflación. Esa tristeza/nostalgia de la que siempre está escapando el brasilero, ha tenido un rebrote muy alto los días de carnaval. 

En otros países, esta melancolía sería vivida como un estado de goce. Como un regalo divino. Las personas se juntarían en los cafés, a conversar toda la mañana acerca de cómo eran esos días de Carnaval. A inventar historias, de aquel tiempo que se fue, y que nadie sabe si volverá alguna vez. Se discutiría acaloradamente, nunca yéndose a las manos, cuál de todas las escuelas fue la mejor y se repetirían las mismas anécdotas hasta gastarlas por los dos lado. De seguro, todos dirán que fueron protagonista de la historia más relevante, y volverán a sus casas henchidos de nostalgia por algo que ya nadie sabe si de verdad existió.

En Brasil es muy distinto. Por lo mismo, las autoridades salieron con violencia a recuperar la alegría. O´Globo, la televisora abierta más importante de Río (y del país), lanzó toda una programación especial llamada Agenda para mata a saudade. Y todos los días, a la misma hora del carnaval, han pasado los mejores desfiles de años anteriores, pero con comentaristas actuales que motivan a los telespectadores a curtir el carnaval en casa.

Las autoridades no oficiales de la ciudad, tan fuertes como las otras, también han salido de manera rápida y agresiva a matar la saudade. Tanto los grupos narcos, autoridad central en varias favelas, como las milicias (comandos que controlan amplios territorios de la periferia, y están integrados en su mayoría por ex policías, policías jubilados y algunos policías activos), han contratado artistas famosos y organizado fiestas clandestinas en la zonas que cada uno domina. Están asesinando la saudade con shows y música en vivo. La saudade debe replegarse. El mandato parece ser el mismo para las distintas autoridades de Río: no podemos estar tristes.

La primera vez que estuve en el Carnaval de Río, entendí lo único que hay que saber: el carnaval que muestra la televisión, los carros alegóricos, las luces del sambódromo, las comparsas con su coreografías entrenadas todo el año, la escuela de samba compitiendo por ganar, todo eso, que llenará de imágenes a los medios de comunicación de todo el planeta y se venderá como promesa, es una parte muy pequeña de los que es el Carnaval en Río, en las calles, en la playa, en los blocos.  

Los blocos de carnaval son bandas de músicos que movilizan a mucha gente por las calles de la ciudad. Si hay Carnaval de Río y estás dentro de un bloco de rua y bailas y te mueves y bebes y te tocan y tocas, entenderás que esa experiencia será muy difícil vivirla online. Es cierto que son tiempos de pandemia, de tele-trabajo, tele-amistades, tele-asados. Se puede ir a clases en línea, bares en línea, cabarets en línea y tener sexo en línea. Pero estar en un bloco online, durante el Carnaval, parece ser más triste que todas las tristezas juntas. Y en estos días, se ha llenado de blocos online. ¿Cómo no quieren que aumente la tristeza? 

Se puede ir a clases en línea, bares en línea, cabarets en línea y tener sexo en línea. Pero estar en un bloco online, durante el Carnaval, parece ser más triste que todas las tristezas juntas.

Llamo a Eliza Rizo, una amiga carioca. Me inquieta saber cómo está viviendo esta fuerte ola de saudade. Esta fuera de la ciudad, pero me dice: 

-Tengo un amigo músico, que toca en uno de los blocos, y que está súper bajoneado. Ha subido cosas en las redes, con mucha saudade. Está súper mal.

Y lo dice muy preocupada. Ella está bien, porque se fue de la ciudad los días de Carnaval, pero sabe que cunde en desánimo. Río es una ciudad especialista en jugar con estado de ánimo. El escritor Guillermo Cabrera Infante cuenta que una vez llegó a la ciudad con nostalgia, y terminó con neuralgia. Ese mismo ambiente de fiesta permanente, ponía melancólico a Roberto Arlt. En una de sus Aguafuertes cariocas escribió: “Estoy triste lejos de este Buenos Aires del que me acuerdo a toda hora”. 

Por cierto, suspender un evento de este tamaño, no solo afecta los estados de ánimo. También los estados contables: la industria de los carnavales en Brasil mueve unos 1.400 millones de dólares año, con decenas de miles de empleos. 

Hace justo un año, cuando lo que ahora vive Río de Janeiro parecía imposible, ocurrió una misteriosa advertencia. Era el carnaval del 2020, el último pre-Covid, y se batían todos los récords. El alcalde de Río había decretado 50 días de festejos, y la alegría estaba desbordante. El virus ya había salido de Asia y circulaba fuerte por Europa, pero en Brasil eran tiempos de festejos eternos. Y el mismo día que termina cada Carnaval, el miércoles de cenizas del 2020, se supo que Brasil tenía su primer caso positivo de Covid-19, y que era el primero de Latinoamérica.

Después vino lo que todos sabemos. 

JPM

 

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