Un sentimiento de maldad

Juan José Becerra Pura espuma rojo

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Inmediatamente después del asesinato de Úrsula Bahillo, apuñalada por Matías Ezequiel Martínez en Rojas, alguien propuso por las redes sociales discutir “en serio” una pena de muerta aplicada a femicidas. Se entiende el arrebato. El crimen fue tan cruel y anunciado, que fue difícil contener las reacciones, aunque falta saber si es reaccionando como se puede discutir en serio.

Un ejemplo. El diputado nacional del PRO por Neuquén, Francisco Gutiérrez, estrenó su banca hace un mes anunciando que este año va a presentar un proyecto de ley para ejecutar a violadores y asesinos de menores. Leyó en los diarios que Lucas Tahiel Quirós, de dos años y medio, había muerto luego de trece meses de agonía producida por los daños de su violador y padrastro, Rubén Oscar Pérez, y se hizo notar.

Dijo que quienes cometen esos actos no son para él seres humanos sino monstruos, y aprovechó para introducir de perfil un “antecedente” argentino de la Pena de Muerte: la ley de interrupción voluntaria del embarazo que, según su interpretación cualquierista, actúa contra el Pacto de San José de Costa Rica.

Las dificultades de Gutiérrez para alinear pactos internacionales con conceptos como lo humano o lo monstruoso atados a la mitología, más su empleo extremo del principio de arbitrariedad (“para mí no son seres humanos”), es un asunto que quizás no tenga solución para él ni para este artículo. Pero, así y todo, la baja calidad de sus razonamientos empujando la pena de muerte, podría llevarnos a una escena de 1981, cuando Norman Mailer glosó el asunto en Phil Donahue Show, un programa de televisión donde trataba de vender su libro La canción del verdugo.

Sobre ese episodio, Mailer publicó un artículo llamado “Hasta la muerte: ideas sobre la pena capital”. Allí contó que en un momento de la charla, su entrevistador le preguntó qué pensaba sobre la pena capital, y él le respondió: “No estoy a favor ni en contra del todo. Creo que necesitamos un poco de pena capital”.

Un poco, no más. La ironía de Mailer encierra una verdad sobre las proporciones. ¿Por qué sólo “un poco” de pena de muerte? Lo explica en su artículo, que comienza situándose por la fuerza del pudor en un humanismo que abomina de la idea del Estado que mata (al menos en esa variante tan explícita), pero da una vuelta de campana, digamos que piensa, y termina aprobando argumentos sobre la función cultural de la pena de muerte.

Como si el fantasma de Mailer le hablara a las modestas y recalentadas razones del diputado Gutiérrez, dice que la pena de muerte podría ser un hecho disuasorio, aunque no justamente para los asesinos sino para el hombre común. Pero sirve para que los funcionarios cometan asesinatos en nombre de “nuestro sentido de ultraje moral contra crímenes especialmente atroces”, es decir en nombre de nuestra locura cívica.

Hay una idea de Mailer que es la más extraordinaria de todas de las que, mientras va escribiendo, se van poniendo de pie al paso de su pensamiento en vivo, y que si yo fuese el diputado Gutiérrez no dudaría un instante en plagiarlo y decir que es mía: “La ejecución es irracional y fea, es incivilizada, hace derrochar tiempo, dinero y emoción, aunque tiene una gracia salvadora: es primitiva”. El primitivismo es el cimiento de la civilización, y Mailer ilumina ese descubrimiento con su dedo grueso de boxeador.

Entonces, ¿qué? ¿Matamos o no matamos a Matías Ezequiel Martínez, el asesino de Úrsula Bahillo? ¿Le damos un poco de pena de muerte o se la damos toda? Supongamos que por un movimiento entrópico de la sociedad argentina que tiene la palabra, el proyecto del diputado Francisco Gutiérrez recibe aportes de feministas amantes del punitivismo, la época acompaña y se despacha de urgencia una ley que pena con la silla eléctrica a femicidas y deja achicharrado a Martínez frente a unas gradas en las que se comen las uñas los “invitados”. Si eso ocurriera, ¿se acabaría el Mal que opera por delegación en “monstruos” como él?

El asunto es que Martínez es humano, tanto como quienes odiamos su crimen. “Nadie es más misterioso que el asesino que hemos ayudado a ejecutar”, dice Mailer, quien alguna vez le dio dos puñaladas a una de sus mujeres, Adele Morales. Un episodio que cuenta la propia Morales en su libro de memorias, La última fiesta, en cuyas páginas (casi todas) Mailer se pasea borracho o drogado, y no escribe nunca.

Ese misterio del que habla Mailer, y que si nos pusiéramos grandilocuentes podríamos llamar El Misterio del Mal, es una fuerza cuyos actos no se pueden predecir. La superstición de que esa fuerza se puede contener antes de que actúe es vehículo de buena fe, intenta reducir los daños que causa pero, para decirlo retóricamente, no tiene realidad en la realidad. 

Los audios de Úrsula Bahillo contándole a una amiga su calvario mientras su futuro asesino se va acercando al auto desde el que ella está hablando hielan la sangre. El Mal ya comenzó a actuar, y lo sabemos porque ella no puede salir del círculo de fuego que el matador ha trazado, del mismo modo en que el perseguido no puede correr en sus pesadillas. Úrsula no pudo. En esa impotencia es donde se concentra el terror.

Los funcionarios policiales y judiciales, quienes si hubiera pena de muerte serían los encargados ejecutar a Martínez, ¿qué podrían haber hecho? Perimetrales, botones de pánico, pulseras electrónicas, guardia policial, ¿son instrumentos de contención eficaces contra el que está decidido a matar? Imaginamos dispositivos futuristas de persuasión y control: drones personalizados, chips intravenosos, cámaras en el lóbulo frontal, boyeros eléctricos con alambrados de 10 mil voltios. ¿Servirían? ¿Serviría la prisión preventiva? ¿Y la ejecución preventiva?

André Gide fue jurado en un tribunal de Ruán. Juzgó varios casos, y lo que vemos de su experiencia reunida en No juzguéis, publicado por Gallimard en 1930, es que no comprende lo que juzga. Sobre todo en el caso de Marcel Redureau, un chico de quince años amoroso y apegado a su hogar que mata a toda la familia (siete personas en total) con un cuchillo de vendimiar, mitad hacha, mitad hoz.

El perfil de Redureau es “normal”. Es inteligente, aprobó sin problemas las exigencias escolares, nunca buscó peleas, jamás se mostró cruel con los animales, no ha manifestado malos instintos y nadie se quejó de él en la comarca de Charente-Inférieure donde vivía. Entonces, ¿por qué mató? Vamos a contestar con una noticia publicada por el Boletín de Avisos de Neuchátel en 1927, que Gide reproduce en su libro: “En Bari, una muchachita de doce años se cruzó con una niña de tres que se había perdido y que andaba buscando a sus padres. Impulsada por un sentimiento de maldad, tomó a la niña de la mano, la condujo a un lugar aislado, y la tiró a un pozo donde la criatura se ahogó”.

Pero la noticia de la noticia es que la Agencia Telegráfica Suiza que reportó y divulgó el hecho en Europa, nunca usó la frase “Impulsada por un sentimiento de maldad”. Perplejo por el agregado, Gidé le preguntó al editor del Boletín de Avisos de Neuchátel por qué lo hizo. El editor contestó: “No se mata a la gente así, ni siquiera a esa edad. Nos hemos limitado a agregar la única explicación posible”.

 JJB

    

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