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Acuerdo Mercosur-Unión Europea

El acuerdo neocolonial pasa una barrera crucial en Bruselas pero todavía falta

Agricultores y ganaderos europeos están en contra del acuerdo entre la UE y Mercosur.

Gerhard Dilger

París —
12 de enero de 2026 10:12 h

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En Bruselas, el acuerdo de comercio entre la Unión Europea y los países del Mercosur dio un paso fundamental hacia adelante: una mayoría calificada de La Unión Europea -países que representan a un 68,7 % de la población europea- aprobó el acuerdo el vierne pasado. A la ratificación en el Consejo de la UE solamente se opusieron Francia, Irlanda, Austria, Polonia e Hungría, países cuyos agricultores resisistieron con más contundencia a la entrada masiva de productos del Mercosur. 

Bélgica se abstuvo, y después de negociaciones intensas en los bastidores, países como Italia, Eslovaquia y Rumania se (re)-convirtieron en apoyadores del acuerdo.

Pesó la nueva situación geopolítica en América del Sur: tanto Brasil como muchos países europeos ven en el acuerdo un símbolo para el multilaterialismo.

Luiz Inácio Lula da Silva quiere un contrapeso más contra las pretensiones hegemónicas de Washington, una posición compartida por políticos progresistas europeos. El argumento central de muchos políticos europeos es que el acuerdo permitiría fortalecer la posición de “sus” empresas frente a emprendimientos chinos en Latinoamérica y el Caribe, con acceso mejorado a mercados y a commodities críticos como el lítio, el cobre o tierras raras.

“Los beneficios económicos del acuerdo UE-Mercosur serán limitados para el crecimiento francés y europeo (+0,05 % del PIB de la UE en 2040 según la Comisión)”, destacó Emmanuel Macron en X, “no justifica exponer sectores agrícolas sensibles que son esenciales para nuestra soberanía alimentaria”. Para presidente francés, tras 26 años de negociaciones, „es un acuerdo de otro tiempo, negociado hace demasiado tiempo, sobre bases demasiado antiguas“. 

Pero Macron ya no convence a casi nadie en su propio país: la extrema derecha al igual que La Francia Insumisa de Jean-Luc Mélenchon lo acusan de gran pasividad en Bruselas, Francia como peso pesado de la UE habría tenido la fuerza de parar del acuerdo, dicen. Las voces que piden un “Frexit” o un “Irexit” se potencializan. Con su diktat neoliberal, Ursula von der Leyen y Friedrich Merz estimulan la derechización cada vez más peligrosa de la Unión Europea.

Todavía quedan algunos pasos finales para la ratificación, sobre todo un voto del Parlamento Europeo. La ceremonia de las firmas, inicialmente prevista para hoy, en Paraguay, se aplazó al 17 de enero. Hay tiempo para más ajustes de última hora. Un escenario que parece una teoría de conspiración, manejado por algunos empresarios, sería el siguiente: en su afán de devolver favores al gobierno estadounidense, Javier Milei todavía podría dinamitar el acuerdo. 

El lobby de los partidarios del acuerdo siempre fue más poderoso que el de las más de 400 organizaciones de pequeños agricultores, ecologistas o sindicalistas a ambos lados del Atlántico que lo rechazan. Si pensamos en los recursos que generaciones de políticos, empresarios, miembros de movimientos sociales u ONGs han invertido en él desde 1999, se trata realmente del “mayor acuerdo de todos los tiempos”. Desgraciadamente, también es uno de los peores, al menos si se aprira a una política comercial justa y ecológica.

En esencia, se trata de un proyecto neocolonial. Si finalmente se ratifica, como todo indica, habrá pocos ganadores y muchos perdedores. Las empresas europeas, sobre todo las alemanas, serán las que se benefician: fabricantes de automóviles y maquinaria, grupos químicos y farmacéuticos, inclusive viticultores. En los cinco países del Mercosur, los poderosos protagonistas del agronegocio, al que ningún gobierno puede ignorar, ya están festejando. La clase media alta de Buenos Aires o São Paulo podrá elegir en el futuro entre una mayor diversidad de productos lácteos o vehículos SUV importados directamente de Europa que serán mucho más baratos que antes. 

Las modestas normas medioambientales que los europeos querían imponer durante el gobierno del negacionista climático Jair Bolsonaro se han retirado frente a las críticas de “neocolonialismo verde” de Lula. En las últimas rondas de negociaciones, Brasil logró obtener períodos de transición más largos para las industrias automovilísticas en Argentino y Brasil o mejoras en la compras gubernamentales: ya no será necesario abrir todas las licitaciones a las empresas europeas. También rechazó las disposiciones legalmente vinculantes para la protección del medio ambiente o los derechos humanos. 

La tendencia a la reprimarización continúa y recuerda a la división internacional del trabajo en la época colonial. Sindicalistas de Argentina y Brasil critican ese ataque a sus industrias, que costará muchos miles de puestos de trabajo. (Vale recordar que en su última decisión como presidente, Alberto Fernández, esbozó este argumento para rechazar un acuerdo todavía más asimétrico). 

Pero la influencia des los sindicatos siempro fue mínima. Los grupos de presión económicos, en cambio, siempre tuvieron canales directos a las negociaciones secretas.

El acuerdo impulsa la destrucción del Chaco, del Cerrado y de la Amazonía. La vegetación nativa está dejando paso a los campos de soja y los rebaños de ganado, lo que agrava el cambio climático. Las condiciones de vida de muchos pueblos indígenas y pequeños agricultores, que ya se ven expuestos a desplazamientos por grandes proyectos, también empeorarán. 

La resistencia más fuerte y eficaz es la de los agricultores europeos, desde la conservadora Asociación de Agricultores de Baviera hasta la Confédération Paysanne inzquierdista en Francia. Se ven amenazados por la competencia de los productos baratos del Mercosur que no se producen bajo las normas más estrictas de la UE. Las transnacionales químicas ya exportan agrandes cantidades de pesticidas que no están autorizados en Europa y que, a través de la producción de soja o carne de res en el Mercosur, vuelven a los platos de los consumidores europeos.

En Bruselas se habla a menudo de negociaciones “entre iguales” o de una „comunidad de valores“, pero cada vez hay más interrogantes al respecto. Hoy en día, las relaciones energéticas asimétricas están en auge; empresas alemanes y españoles sueñan del hidrógeno ”verde“ brasileño, uruguayo o argentino. La cultura, la protección del clima y los derechos humanos, por el contrario, no están en boga. El hecho de que la Unión Europea aplique un doble rasero en Ucrania, en Palestina o frente a la intervención trumpista en Venezuela le cuesta mucha simpatía en todo el mundo. Su principal interés son las ganacias de sus empresas. A la hora de la verdad, los ”valores democráticos“ no tienen la misma importancia. Este acuerdo es la mejor prueba de ello.

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