QUÉ ESCUCHAR
En vivo
El heredero de una estirpe
Había dos posibilidades. Que odiara a la música o que, como sucedió, Joshua Redman se convirtiera en uno de los grandes nombres del jazz de los últimos cincuenta años. En el año en que nació, 1969, su padre, Dewey, tocaba el saxo tenor junto al alto y la trompeta de Ornette Coleman y la que había sido la base del cuarteto de John Coltrane: Jimmy Garrison en contrabajo y Elvin Jones en batería y, en ocasiones, con el agregado de Don Cherry en trompeta y con Charlie Haden en el contrabajo. Durante su infancia, el niño Joshua escuchó a Dewey Redman en otro de los grandes cuartetos de la historia, el que el pianista Keith Jarrett conformó junto con Haden y Paul Motian en la batería. Y cuando tenía 7 años fue testigo de un tercer cuarteto extraordinario, Old and New Dreams –su padre, Cherry, Haden y el baterista Ed Blackwell–.
A los 9 empezó a tocar el clarinete y poco después se pasó, claro, al saxo tenor. Y a los 23, grabó junto a dos de sus ancestros –musicales y familiares–: fue parte de Youngblood, de Elvin Jones, y de Choices, del gran Dewey. También en 1992 llegó el primer disco a su nombre –y con su nombre como título– pero la consagración, con nominación al Grammy incluida, llegó en el 93 con Wish, con un grupo de estrellas (Pat Metheny, Haden y Billy Higgins) y, en el penúltimo lugar del álbum, un atípico y bellísimo dúo con Metheny a partir de “Tears in Heaven” de Eric Clapton.
Junto con el pianista Paul Cornish y con Philip Norris en contrabajo y Nazir Ebo en batería, que ya habían estado con él en Buenos Aires hace tres años, Joshua Redman vuelve este fin de semana al mismo lugar, el club Bebop (Uriarte 1658), para presentar Words Fall Short, su nuevo disco, editado por Blue Note. Su debut en esta ciudad había sido hace 25 años, al frente de su grupo de entonces, y había regresado en 2016 junto al trío The Bad Plus. Una mirada superficial podría considerarlo uno de los últimos grandes nombres surgidos en el jazz pero, en rigor, de quien se trata es de uno de los últimos que vivió la efervescencia de la industria discográfica y la avidez de los grandes sellos, en aquellos ya lejanos noventas, por contar con jóvenes y deslumbrantes virtuosos para aprovechar el coletazo del fenómeno de Winton Marsalis. Pero más allá de la coincidencia con un momento particular del mercado, que se traduce en una discografía profusa –y excelente–, lo interesante es ver –y escuchar– el proceso que va desde el joven de técnica deslumbrante y dominio experto de las leyes del hard bop –algo así como la lingua franca del jazz de las últimas décadas– a una búsqueda permanente de identidad y lenguajes personales. Y, lejos del último lugar en importancia, un oído atento a las nuevas voces. No debería olvidarse, por ejemplo, que una de las primeras apariciones del pianista Brad Mehldau fue, en 1993. y en el disco Moodswing, como integrante del grupo de Redman. La sociedad, una de las más duraderas –y fructíferas–, volvería a plasmarse en 1998 (Timeless Tales (For Changing Times), en 2012 (Walking Shadows), 2019 (LongGone, que incluía también grabaciones de 2007) y, en ese mismo año, RoundAgain.
Su último disco, el segundo para Blue Note y con el mismo grupo con el que tocará este sábado y domingo (con dos funciones cada día, a las 20 y a las 22.30) muestra una madurez notable, el viejo gusto de Redman por el rhythm & blues y el melodismo, su apabullante control sobre el instrumento, desde ya, y, sobre todo, un cuarteto que además de virtuosismo, es capaz de una compenetración admirable. El conjunto suena como tal –y como más que la suma de las partes– y el saxofonista, que ha incorporado el soprano a su menú –en el disco aparecen además invitados como Melissa Aldana, Skylar Tang y la cantante Gabrielle Cavassa–, sigue poniendo la imaginación y la comunicatividad en primer plano. Y para tomar aquello de lo que habla el título del álbum, de lo que se trata es de aquello que las palabras no alcanzan a nombrar.
La ópera después de la ópera
Si hay un género asociado con la tradición y con un público caracterizado como especialmente conservador, es el de la ópera. Hablar, por lo tanto, de “nueva ópera” podría parecer una contradicción en sus términos. Y, sin embargo, los grandes compositores de los últimos cien años se han preocupado especialmente por el formato, casi todos han compuesto óperas y, en la mayoría de los casos, han buscado reformular las coordenadas y los alcances de aquello llamado ópera, desde la elección de los textos, la concepción del espacio escénico y, desde ya, la relación entre sonido y narratividad.
La Argentina no ha estado ausente de ese movimiento y, tanto en lugares oficiales, cuando los hados les han otorgado el esquivo don del presupuesto, como en emprendimientos independientes, se articula una búsqueda sistemática en que el Festival Nueva Ópera de Buenos Aires, que llega este año a los diez de existencia, desde sus programas de becas, estímulo y discusión, y a su sexta edición, ocupa un lugar fundamental. Organizado por la Fundación Williams, su director artístico es Miguel Galperín, director del Centro de Experimentación del Teatro Colón entre 2011 y 2022 y, antes, uno de quienes había configurado el perfil de la Biblioteca Nacional como centro productor de cultura, durante la gestión que tuvo al frente a Horacio González. “Que el Festival sea un faro y también una vitrina para creadores y compositores jóvenes como Melisa Zulberti, Valentino Grizutti o Simón Pérez, y al mismo tiempo para artistas de mucha trayectoria como Andrés Di Tella o Fernando Fiszbein, habla de la madurez y la densidad de lo que hacemos”, define acerca del festival que se llevará a cabo, con entrada libre, a partir del próximo jueves 8 de octubre y hasta el 25, en tres salas del espacio CheLA (Iguazú 451, en el barrio de Parque Patricios). Se presentarás dieciséis títulos, comenzando con Estados de espera, de Zulberti y con el notable Valentín Garvié como trompetista y director musical (jueves y viernes a las 20 en la Sala Tapete), Durlock, de Grizuti y Luisina Girelli (viernes y sábado a las 21.30 en la Sala TaTraJo) y Los sauces, de Andrés Di Tella, Macarena Aguilar Tau, Heidi Giel y Sofía Brihet (domingo a las 15 y 16:30 en Sala Tapete). Cosmos, de Fiszbein sobre el texto de Witold Gombrowicz, Las ratas de las paredes, de Eliana Mansilla a partir de un cuento de Lovecraft, Hora de consulta, de Lara Sol Gaudini, Quizás esto sea el paraíso, de Simón Pérez y Martina Juncadella, Bailan como muñecos mis anhelos por volver a la escuela, de Ignacio Bartolone e Ismael Pinkler, Eternauta: Memorias fuera del tiempo, de Gabriel Waisbein y Alejandro Gunkel, y Micro-ópera dialéctica sobre la deuda y el deseo soberano, de Víctor López Zumelzu y el Ensamble Azotea, serán las obras que se presentarán en la próxima semana, entre el 15 y el 18 de octubre.
Diego Fischerman es autor del blog Apuntes (https://diegofischerman.blogspot.com/)