Opinión Ensayo general

El Wandagate, el narcisismo de los otros y nuestra literatura

Tamara Tenenbaum Ensayo general rojo

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Una persona contándole a otra una historia con la que ninguna de las dos tiene relación: esa es la estructura de Cae la noche tropical, la novela de Manuel Puig, o al menos de la primera parte. Ya lo he escrito alguna vez en esta misma columna: me gustan las ficciones que desafían todas las idioteces que dice la gente sobre escribir ficción. Las protagonistas de la novela, Nidia y Lucy, no son las protagonistas del relato, y en el presente de la novela no les está pasando nada interesante; se la pasarán hablando de personas que jamás conocerán, reconstruyendo sus historias de vida (sobre todo, la historia de la protagonista de ese relato enmarcado, la vecina Silvia) sin que se entienda por qué les interesan tanto y sin que la peripecia de las protagonistas tome mucho peso hasta bastante entrado el texto. Esto dice algo sobre la vejez, por supuesto, y también sobre el cambio de época: varias veces Nidia y Lucy reflexionan sobre estas dos cosas, por un lado sobre mirar la vida ya casi desde el otro lado, desde el lado en el que ya los protagonistas son otras y las cosas que le han pasado a una quedan (justamente) en el pasado, y por otro sobre la sensación de que “las mujeres de ahora” (digamos, de los años 70 u 80) tienen mucha más libertad para la espontaneidad y el acontecimiento de la que tuvieran ellas. Pero el peso de las historias ajenas en la narrativa de la propia vida va mucho más allá de la edad o las circunstancias políticas. Hay historias de desconocidos que nos quedan grabadas en la memoria, más que si nos hubieran sucedido a nosotros: palabras que se vuelven acontecimientos, que se escriben en la memoria sin que se entienda por qué pero ahí quedan. La mía es la de una nena de ocho años que falleció una vez en el hospital de mi mamá. Recuerdo que ella la contó así: a las ocho se levantó y dijo “Ma, me duele la cabeza”, a las diez estaba internada y a las doce se murió. 

Así y todo, las historias de Nidia y Lucy se cuelan como en el fondo del relato: en los comentarios que se van haciendo la una a la otra, en las cosas que recuerdan, en los dolores del cuerpo, en la necesidad de una de salir a caminar para que las casas no recuerden los sufrimientos (parece decir algo de las casas, Puig: Nidia y Lucy viven en una casa muy reciente en un país ajeno, es una casa sin historia, y sin embargo pareciera que hay algo de la quietud o del habitar entre cuatro paredes que ya alcanza para agobiar a Nidia con el recuerdo de su hija muerta) y en el cansancio de la otra, que prefiere quedarse charlando sobre cualquier cosa, sobre cualquier persona, siempre y para siempre, la sensación (que comparto) de que ningún paseo puede ser más divertido que discurrir sobre los amores ajenos. 

De todo lo que sucedió en las últimas semanas con esa especie de triángulo del desamor cuyos nombres propios ni siquiera vale la pena evocar (preferible llamarlo con su nombre de fantasía, que es más pintoresco: Wandagate), lo que más me llamó la atención fue el modo en que la gente se valió del escándalo para contar en redes sociales sus propias historias: historias de infidelidad, de estar de un lado y del otro del mostrador, de espiar celulares o de volver con parejas después de humillaciones supuestamente imperdonables. En Cae la noche tropical, los chismes sobre Silvia se consumen como creo recordar que consumimos siempre las historias de Maradona: se las trata con cuidado y precisión, se toma partido, se opina, pero sobre todo se investiga con obsesión. La verdad, en una historia sobre Maradona, importa: queremos saber qué le pasó al protagonista de esas historias porque nos seduce profundamente. Lo mismo les pasa a Lucy y a Nidia con Silvia y sus avatares: se engolosinan con los personajes, quieren conocerlos y entenderlos, para opinar pero también por una curiosidad genuina por el mundo y las emociones más allá de lo que una llega a conocer de primera mano, una voracidad de conocer otras formas de vivir y de sentir.

Como si en el Wandagate el chisme perdiera toda su carga narrativa y se volviera sencillamente una excusa para contar otras historias

No digo que sea un sentimiento noble o más noble que otros, pero mi sensación fue que lo que sucedió con el Wandagate fue muy diferente. Es como si el chisme, en este caso, perdiera toda su carga narrativa y se volviera sencillamente una excusa para contar otras historias: una forma de consumo del chisme que se trata más de hablar que de escuchar, más de proponer que de repetir. La comparación con Maradona fue intencionada: no consumíamos a Maradona porque nos reflejara, sino como una especie de semidios poético cuya vida transcurría en otro plano y al que le pasaban cosas que jamás nos pasarían. Los protagonistas del último escándalo son gente prosaica, gente que tiene mucho dinero pero fuera de eso es más bien gente normal, que se mete en los mismos problemas poco atractivos en los que nos metemos todos nosotros. Muchos de los ídolos que se consumen hoy son así: influencers sin talento ni lírica, cuya gracia principal es ser versiones un poco más carismáticas o extrovertidas de nosotros mismos; nos gustan porque son una especie de tabula rasa, nos gustan porque podemos escuchar sus chistes y no pensar “qué genialidad” sino “a mí me pasa exactamente lo mismo”, es de eso que nos reímos. Nos gustan porque nos sirven para contar nuestras propias cosas.

A la gente le encanta decir que vivimos en una época profundamente narcisista. Yo no sé qué significa eso, o más bien, no sé para qué sirve: es una palabra fácil de decir, fácil de usar, con una carga moral evidente que ubica a quien habla en una posición de superioridad (quien denuncia el narcisismo ajeno no vendría a ser narcisista), pero parece una afirmación más emotiva que epistémica; es más un decir “no me gusta” que dar una explicación. Lo que me interesa es esto último, una explicación: la gente se muere de ganas de contar su historia, historias vergonzosas, incluso, historias de “cuernos” que la hacen quedar fea o tonta o triste. En las redes sociales, en los talleres literarios, en los paneles de televisión, la gente tiene ganas de contar su historia: ¿por qué? 

Contar es una forma de darle sentido a las cosas que no lo tienen, es una forma de sentir que la propia vida importa, de sentir que al poner las cosas en palabras adquieren otra dignidad, otra importancia: los dolores que una pasó tienen sentido no porque de ellos se aprenda algo (eso me parece más incierto), sino porque una está ahí para encontrar una manera de contarlos. Recuerdo volver a casa a escribir mi diario, a los ocho o nueve años, y sentir esto por primera vez. Nidia y Lucy, en algún sentido, hacen lo mismo, no cuando hablan de Silvia, sino en esos momentos en los que se cuelan sus propios pasados. Se cuentan cosas que vivieron juntas, como las amigas que van al colegio y vuelven a casa a hablar por teléfono y contarse cosas que les pasaron a las dos, para ordenar el día, para decidir qué importa o qué no importa, esas charlas de amigas como un primer ejercicio de memoria colectiva, que algunas sostenemos toda la vida a costa de la productividad y de tantas cosas. Los hilos de twitter con historias incomprobables de infidelidad y separación son básicamente eso mismo: formas de apropiarse de momentos de la vida de los que en su momento no nos sentimos dueños, pero que hoy forman parte del acervo con el que podemos entretener a los demás, o sentir que hay algo que nos distingue del resto, aunque sea solamente el hecho de vivir algo que en lo estricto no vivió nadie más.

Como dicen una y otra vez los detractores de ese no género que es la literatura del yo, no todo eso es literatura: no todo relato de vida constituye literatura, y no hace falta decirlo. Pero esa afirmación, o esa pregunta, me parece menos interesante que otra, que me cuesta un poco más responder: qué hay en la literatura de ese deseo de hacer importante lo no importante, permanente lo que no permanece, relato lo que no es relato. Y hasta qué punto, para hacer literatura, hay que tomar distancia de ese hambre de hablar, de que tus amigos te escuchen por un rato, o —por el contrario— hacerse pleno cargo de eso, reconciliarse con la simpleza y la vulnerabilidad de esas ganas. 

TT

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