Opinión

Argentina, ese país del empate

Movimientos sociales en 2018

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El debate político argentino estuvo inclinado en el último tiempo hacia el lado subjetivo del asunto: la incapacidad de los liderazgos para la articulación política, el encierro permanente sobre sí mismos, la hoguera de vanidades o hasta los problemas “psicológicos” que presuntamente impiden ejercer una conducción de manera virtuosa. Se nos presenta la fuerza (o la debilidad) de los líderes bajo una forma en extremo exagerada, puesto que se le atribuye toda la fuerza (o debilidad) social que los eleva a un primer plano y los apoya.

Coaliciones tan exitosas electoralmente como efímeras desde el punto de vista político. El reinado de un tacticismo  hardcore que triunfa en la coyuntura y en el mismo acto inaugura su declive estratégico. El mesianismo político inicial de aquellos que —como dijera Borges— cometen la insensatez de aferrarse al “mágico sonido de su nombre” deriva en un desgaste temprano y una desorientación aguda.

El último gobierno de Cristina Kirchner que inmediatamente después del imponente 54% con el que se triunfó en las elecciones de 2011 comenzó la desagregación de su coalición con la temprana ruptura de Hugo Moyano y luego de Sergio Massa en 2013 en la provincia de Buenos Aires; el arribo de Mauricio Macri (el presidente que no fue) en 2015 que no sólo venía a resetear el país, sino también a refundar la política y chocó de frente con la resistencia popular en las movilizaciones contra la reforma previsional de diciembre de 2017 (luego de haber triunfado en las legislativas de medio término) en lo que fue el principio del fin de su aventura política: bastó que “los mercados” descubrieran que era incapaz de llevar las contrarreformas hasta el final para que —como Saturno— se devoraran a uno de sus hijos con una revuelta de los de arriba en 2018 que culminó agónicamente en el rescate del Fondo Monetario Internacional; hasta llegar a Alberto Fernández y el peronismo para la moderación que hace honor a la hegemonía imposible con una administración que da un paso adelante y dos pasos atrás, y en la que parece que lo urgente siempre puede esperar. 

La hegemonía imposible. Veinte años de disputas políticas en el país del empate. Del 2001 a Alberto Fernández (Capital Intelectual, 2022) pretende intervenir en el debate para “torcer la vara” hacia las condiciones estructurales: los factores económicos, sociales, de relaciones de fuerza y de contexto internacional que determinan lo que sucede el terreno político. Porque la política no gira en el vacío y —si se respetan los parámetros del sistema— los márgenes son cada vez más estrechos para la famosa “autonomía de la política”.

El agotamiento del esquema económico nacido de la crisis de principios de siglo, los obstáculos de las distintas coaliciones para reunir las condiciones políticas que permitan un cambio drástico de las relaciones de fuerza y un contexto internacional adverso delinean los límites de las apuestas políticas. E impiden que un sector social, clase o fracción de clase no sólo sea dominante, sino también dirigente. 

Un sistema de vetos que se expresa en pugnas que van desde el Consejo de la Magistratura hasta el acuerdo con el FMI; desde la espinosa cuestión de las tarifas hasta el drama de los salarios pulverizados.

Dos bloques enfrentados: un neoliberalismo duro que sucumbió con la aventura prepotente del gobierno de los CEO y un estatismo blando imposibilitado de cumplir con su promesa de reparación y que continuó el ajuste, pero por otros medios.

La Argentina transformada, de esta manera, en un cementerio de ambiciones hegemónicas con la política tradicional atrapada en un círculo vicioso: fuerzas que son capaces de vetar los proyectos de las otras, pero carecen de recursos para imponer de manera perdurable los propios. Debajo de ese juego político empantanado que se expresa como ‘grieta’, ‘fractura’ o ‘polarización’ se desenvuelven bloques sociales que vienen protagonizando un largo ‘empate’. Si Argentina sigue atascada, es porque con la economía no alcanza, pero sin la economía no se puede. El país de los vetos recurrentes, el péndulo eterno, los vaivenes entre los que llegan y no pueden y los dicen que pueden y no llegan. El país en el que no se puede ser más ‘neoliberal’ ni más ‘populista’ de lo que permite la relación de fuerzas. En síntesis, el país de la hegemonía imposible.

El libro indaga sobre las últimas dos décadas de historia argentina partiendo de un acontecimiento fundante: el 2001, el hecho maldito del país normal.  Explora el devenir de una ‘sociedad civil’ siempre contenciosa; sus inquietas clases trabajadoras; el itinerario del peronismo, movimiento que estuvo en el centro del sistema político en los últimos ochenta años y que hoy es una sombra de lo que fue; el derrotero de sus derechas que han cambiado el pelo, pero no las mañas y un fenómeno que se ha instalado en el centro de la vida pública: la crisis. Luego de la ocupación menemista y del primer kirchnerismo, cuyas administraciones establecieron algo parecido a una ‘hegemonía’, en los últimos años nadie logró reunir las condiciones políticas para un cambio cualitativo de las relaciones de fuerza y un ciclo expansivo tanto desde el punto de vista económico como desde la representación política. En este laberinto, la crisis se tornó crónica y el país parece transitar una lenta decadencia.

El abordaje de la crisis es todo un posicionamiento político. En su libro La ofensiva sensible, Diego Sztulwark dice que, en general, las crisis se evocan desde la perspectiva del orden ¿Para qué se usan las crisis?: para bajar salarios, para recortar conquistas, para atacar derechos.

Por eso la gestión memorial del acontecimiento que abre el libro (el 2001) destaca el descontrol, los saqueos, el hambre, los muertos, nuestros muertos. Y quiere olvidar todo lo demás: las asambleas, la tremenda politización masiva, las fábricas recuperadas, los movimientos de desocupados. Es decir, borra de la memoria todo lo que sea contrario a la lógica capitalista y a su orden. La memoria —incluso la reciente— continúa siendo un campo de batalla.

Un complemento es la exposición crítica de las diferentes polémicas o debates que se desataron ante cada fenómeno. En la historia política o intelectual, el choque de ideas siempre habilitó la emergencia de verdades más potentes que la narrativa del consenso que, en general, termina en un compromiso ecléctico que todos veneran y en el que nadie cree. Algunos de esos debates intentan responder preguntas que aún flotan en el aire: ¿Qué fue el 2001?; ¿Por qué la “burguesía nacional” del kirchnerismo de los orígenes faltó nuevamente a la cita? ¿Fue el macrismo una nueva derecha? ¿Se encamina Alberto Fernández hacia el agujero negro del “extremo centro”? Y en el largo plazo, es cierto que el peronismo persiste en el centro de la vida pública, pero ¿a qué costo?

En diálogo y polémica con textos clásicos que pensaron la Argentina, el libro busca echar luz sobre las condiciones estructurales de una época y de un país en el que parece que cada diez minutos cambia todo y diez años después no cambió nada. Para intentar asumir una realidad que no es ni buena ni mala, es simplemente inevitable.

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