Nadie ganó, nadie perdió

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Con altísimos picos de embole al nivel de bailar con la hermana, cataratas de furcios y tensiones cervicales al borde de la tortícolis, el primer debate de candidatos a presidente cursó las arenas de Santiago del Estero sin dejar una memoria. Todos los arcos terminaron en cero, lo que debe atribuirse a un exceso de entrenamiento defensivo y a la dinámica de la discusión dispuesta por los organizadores, basada en la voluntad de impedir que progresara el lenguaje y, con él, el despliegue de ideas y argumentos.

La televisión, artificio de representación más antiguo que la licuadora, sigue negándose a lo que no sea morir con las botas puestas y entrega todos sus recursos a un uso televisivo del tiempo, es decir a un uso no humano. Tienen más chances de contar sus cuentos completos los vendedores de briefs de Hollywood que las únicas cinco personas que se ofrecen al sacrificio de gobernar la Argentina. Cada casi diez millones de nosotros, un “jefe de casta”.

En términos de drama, todo estuvo organizado para la interrupción: programas económicos expresados en un minuto, preguntas de quince segundos, derechos a réplica como cachetadas de locos sin el hecho de la réplica. Salvo el discurso publicitario, se ven pocos mundos como este en el que el lenguaje podría no existir.

A la salida del clinch de apertura, en la que no voló una mosca, mucho menos la de la inspiración, los candidatos fueron entrando el campo de batalla en puntas de pie. El primer salto de violencia lo dio Patricia Bullrich, que lleva en la sangre el atropello verbal y una relación conflictiva con el idioma, en el que fue metiendo dos y hasta tres furcios por palabra, con algunos momentos inolvidables en los que directamente cada sílaba era un furcio. La performance genera expectativa en los filólogos, que esperan de ella que el 8 de octubre alcance lo imposible: meter un furcio por letra. ¿Por qué no? Al talento lo tiene.

Bullrich basó sus intervenciones en esa identidad, que ha de tener algo de verdadera además de teatral, que consiste en convertir al mundo en algo que debe ser amenazado. Cuando tuvo que hablar de Derechos Humanos, habló de ella; y cuando tuvo que hablar de Convivencia Democrática, habló de reprimir piquetes. Y cuando Milei le hizo por segunda vez una pregunta sobre las Leliqs, le dijo que ella no tenía que darle ninguna explicación… a él, sin considerar que la respuesta era para todos nosotros. En general, estuvo flojita como declaración jurada de Insaurralde, el sugar daddy que sabe, como Adalbert von Chamisso, que “amar sin reservas morales es un lujo que se paga, se paga, se paga”.

Insaurralde, la figura de Insaurralde, lo que queda de la figura de Insaurralde, era la sombra de piedra que pudo haber caído cobre el atril de Sergio Massa, que no tuvo necesidad de defenderse. Todo era absorbido por el aburrimiento, hasta el escándalo de ese pedazo de navegante. Apenas si Milei, Bullrich y Myriam Bregman aludieron al asunto para abandonarlo. Mientras que Schiaretti, que estuvo muy bien, salvo cuando se deslizaba de candidato a presidente de la Argentina a candidato a presidente de Córdoba, contribuyó con su silencio de calavera.  

Massa fue el único que adoptó una posición libre de agresividad, en un rango de cercanías que hiciera posible su marca de “unidad nacional”, puesta al borde del gag cuando le preguntó a Milei si iba ser capaz de participar de algún acuerdo. En esa oportunidad, y en otras, Milei reemplazó la demolición de hoteles por el uso de un repertorio de gestos que será difícil saber algún día qué quisieron decir.

En esa novedad, se apoyó para contener su inconmensurable acopio de ira, lo que justificó el apodo que le endilgó Bregman en lo que fue tal vez el único hit de la noche: “gatito mimoso del poder económico”. Allí, la pieza icónica de Milei, compuesta de sus ojos trasparentes con anteojos montados en la punta de la nariz y su peluca con reminiscencias del Roy Orbison de todos los tiempos y el Elvis Presley del último concierto en el Market Square Arena de Indianápolis, se condensó en Benny Hill, y no en cualquier Benny Hill sino en aquel que era descubierto en medio de una infracción flagrante (por lo general, tocándole el culo a alguien).

Salió de ese atolladero mental cuando le tocó hablar de Derechos Humanos y todo lo que tuvo para decir fue que los libertarios no son fachos, pero (pero, pero, pero…) no hubo 30 mil desaparecidos sino 8753. Hablaba por la boca de Victoria Villarruel, ese espectro de lo Oscuro que si llegara a ser vicepresidenta podría mirar con simpatía un plan de obras de modalidad PPP para construir en todo el país las plazas Jorge Rafael Videla, del modo en que Ricardo Rojas impulsó las plazas San Martín en el siglo XX.

A diferencia de como lo hizo en el momento en que surgió, donde todo eran qués sin cómos, las ideas de Milei fueron presentadas con opacidad en el debate. Se les vieron su realidad de carcasa, y no hubo modo que ante la presión de las preguntas pudiera darles a esas ideas algo de vitalidad. Así como a Bullrich le faltó una retórica, una lógica y una lírica, su misión, por no decir su error, fue mostrar exclusivamente un carácter basado en la incapacidad de retroceder, tal vez inspirado en una masculinidad de generalato en vísperas de un asalto. Es decir que intentó treparse a la frecuencia mesiánica de Milei, al tiempo que él intentaba abandonarla.

Esa competencia de agresividades por vía de la ironía, el encono mutuo y los matices de un autoritarismo mitad real, mitad impostado, tuvo algo de espectáculo de castas en el sentido de ¿quién de los dos puede ocultar que se lucha por poder? ¿O es por el honor esa lucha?

En los intersticios de esas llaves de inmovilización con las que se atendieron Bullrich y Milei, Massa se fue acomodando y extendiéndose en un espacio más ancho. Allí postuló un punto de reunión, y sustrajo de la escena (él, que es el poder), la idea de que el poder es algo que hay que obtener para ofrecerlo.

En esa dinámica de triángulo, Schiaretti es el cuarto excluido y la otra oferta moderada (no es un poder electoral pero sí es un discurso, que Massa absorbe), y Bregman es la conciencia profunda de la política, la mirada omnisciente, y la que más puede “decir”. Nadie ganó, nadie perdió, y hasta podría decirse que nadie estuvo excepto por momentos, esos momentos en los que se paga tanto lo que se dice como lo que se calla.