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Shock de frustración en la pantalla de La Nación+

La pantalla de La Nación+ el domingo 22 de octubre.

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A la manera de los trances místicos que hacen alucinar con vírgenes de madera que lloran lágrimas de sangre, la pantalla de La Nación+ comenzó a lagrimear con los datos de boca de urna. Eran lágrimas que caían sobre los trajes plastificados de prestigio de Eduardo Feinman, Pablo Rossi, Luis Novaresio, Jony Viale, Luis Majul, Viviana Canosa, Guadalupe Vázquez, Débora Pláger. La realidad golpeaba las ilusiones con ferocidad, por lo que hubo reflejos masivos para ocultarla con las microbikinis de la distracción, las adivinaciones alumbrando el próximo 19 de noviembre y una jerga de autoengaño al servicio de un optimismo de desahuciados.

Uno (no es fácil distinguir estilos personales detrás de semejante fenómeno de clonación verbal) dijo que bueno, que estaba bien, pero que la gente hace dos meses votó una cosa, hoy otra y quizás en un mes vote algo diferente. Otro, quizás el mismo, dijo que era inexplicable que a Massa le fuera mal como Ministro de Economía, pero bien como candidato. Cuando comenzaron a distinguirse los individuos en esa bola pegajosa de tristeza giratoria, se oyó la voz de Feinmann, hablando de la buena elección de Rogelio Frigerio en Entre Ríos con una administración del misterio como si esa fuese la noticia que el mundo hubiera estado esperando.

El insert de Feinmann, hundido en la perplejidad, de la que va a salir pronto “entendiendo” que al final Massa era mejor que su protegida Patricia Bullrich (es un gran acompañante de muertos hasta la puerta del cementerio), hizo escuela porque la información sobre el escrutinio nacional migró masivamente al deseo de que Jorge Macri ganara en primera vuelta en la ciudad de Buenos Aires. Anotaban cada poroto amarillo en sus cartones del bingo del amor como se lleva el conteo de los sobrevivientes de una catástrofe: Julio Garro le sacaba unos votitos a Julio Alak en La Plata, y Ramón Lanús andaba bien en San Isidro; y por ahí, si un dios medio facho se hiciera presente, quién podía asegurar que Patricia no podía zanjar la distancia en megámetros que la separaba del balotaje. La noche negra recién empezaba, y ya daba para el cohetazo de Clonazepam.

Entonces, llegó Viviana Canosa y se instaló en el centro de la escena como una naturaleza muerta. Por momento se veía como blureada por el dolor, con flashes de luz mala que le salían por los ojos, abatida pero dispuesta a llevarse puestos a sus victimarios. Se quejó de que ni Cristina ni Alberto estuvieran en la fiesta de Massa; dijo que no podía entender que en la Argentina ganara la corrupción, que Massa había repartido “la nuestra” y que si él era el ganador, el perdedor era el pueblo argentino. Todos eran titulares para portadas de otro mundo. En este, ningún matiz de los hechos la conectaba con lo que estaba pasando, y que según el juicio que se filtraba en su baguala, era uno solo: habían dejado sola a Patricia, y Patricia no se merecía ese desdén. ¿Cómo van a dejar sola a Patricia? El grano de voz de su letanía copaba cada tanto la conversación sobre los datos que iban llegando, como si hablara sola sobre las injusticias cometidas contra una niña expósita.  

La hipótesis sobre el fin del mundo que estaba ocurriendo, la “lectura” de estos influyentes que es el valor agregado de sus desempeños, fue compuesta por partes aportadas por Pablo Rossi, Luis Novaresio y Guadalupe Vázquez: hubo un operativo “pinzas”, de la cual una mordaza fueron los Barones el Conurbano y, la otra, las provincias del norte, especialmente Tucumán, esa “segunda Matanza” con “gente llevada a votar”. Para salir del bajón, Novaresio terminó cortándose solo para mencionar con la maldad que bulle como hormiguero recién pateado debajo de su cordialidad fake, que la mala elección de Myriam Bregman se debió a… ¡su antisemitismo!

La interpretación alucinógena de los hechos que iban presentándose en la noche, tuvo mil variantes, de las que las más emocionantes fueron las especulaciones de cómo iba a ser el tráfico de votos de acá al balotaje. Tiene que haber algo en los shocks de frustración para que sus víctimas salgan disparadas a decir boludeces. Algo, no se qué, pero puede ser el horror al silencio, a no dejar que los hechos que caen mal se consoliden. Como si decir algo, especialmente cualquier cosa, conjurara los hechos y los reemplazara por realidades alternativas. Que los votos de Patricia van a Milei y los de Schiaretti a la estratósfera, y los de Bregman al Banco de Votos, y los de Massa a Milei y los de Milei a Massa. Todo así, una fiestonga del “a mí me parece” y el “yo creo que” que apuntaba a dar respuesta al “problema” que se va a presentar el 19 de noviembre: ¿cómo hacemos para que pierda Massa?

En los escenarios de los políticos, el primero que se hizo ver fue Jorge Macri y, luego, Patricia Bullrich. Ella fue la que encabezó su propio desagravio, hablando con su característico sub idioma desde arriba de un caballo de santo. La onda, para variar, era seguir bailando mal y echarle la culpa al piso, como si con esa arrogancia-ignorancia, su identidad de dos cabezas, no nos hubiéramos dado cuenta de que lo que estaba pasando en Juntos por el Cambio era un chillido de cisne. La volatilización de la fuerza que vino a enterrar al peronismo, la desorientación de su dirigencia y la fosilización de sus ideas cazafantasmas aplicadas contra lo que ya no está, se veía en el histrionismo outsider de Rodríguez Larreta, la cara de deudo de Lilita Carrió, la sonrisa fuera de control de Hernán Lombardi y el entumecimiento generalizado de Mauricio Macri, al que lo única desgracia que le falta este año es que Boca sea Campeón de América. 

Milei se acercó a su atrio leyendo una pieza literaria que si no batió el récord mundial de aliteraciones, pega en el palo. Trató de medir la agresividad porque el objetivo de esos párrafos era tender algunos puentes con los rescoldos del macrismo, para lo cual, por reglamento debe pronunciarse muchas veces el insulto grueso “kirchnerismo”, tomando de referencia los valores sugeridos por la “Tasa Alfredo Leuco” (10 por minuto). Pero en el aliento del león se sentía el vapor de la derrota. No hubo motosierras ni exaltaciones que no fueran las necesarias para dar fe de vida.

A su turno, Massa, desplegó una nueva fase de campaña. Recordó que tiene agendado un acuerdo nacional, navegó por las aguas del desarrollismo peronista clásico aplicado a la época y, dando el primer golpe invisible sobre las piezas que deben reacomodarse en las próximas semanas, subió a su familia y a la de Agustín Rossi al escenario. Esa delicadeza “social”, no podía no contrastar con cierta sordidez de los hermanos Milei, canofílicos como tantos misántropos.

Las causas que llevaron a Massa a revertir el resultado de las PASO han de ser múltiples, y varias están a la vista. La decadencia de Bullrich, y su violencia tipo “agarrame que lo mato” venía pidiendo a gritos su propio ostracismo, al que acaba de caer, aunque se dé cuenta el año que viene. Esa es una. Otra es la calidad de la campaña de Massa, que combinó su arborescencia para penetrar varios segmentos con el control estricto de esa arborescencia. Y otra es Massa en sí mismo, que supo reinstalar el principio de razón en la discusión pública, elemento cuya presencia había sido absorbida por los discursos beligerantes de Bullrich y Milei, cada cual la kriptonita del otro.

Pero en La Nación + no duerme nadie. Después de derramar lágrimas del tamaño de globos Bombucha sobre el conteo de votos, los periodistas intentaron salir de las criptas de las expectativas rotas y todavía con los ojos inyectados en dolor, hablaron no una sino dos veces con Victoria Villarruel para ir tirándole onda en nombre de Bullrich y Macri y de ese modo acabar, claro, con el “kirchnerismo”. La cruzada aparenta tener mucho de Mingo y Aníbal contra los fantasmas (1985), el bodrio de Enrique Carreras, pero los ases del periodismo independiente van a dar la vida para que triunfe el Bien, ahora del lado de Milei. 

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