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AÑO IMPAR El armado electoral
La inflación desinfla a Massa, naufraga el método Larreta y dos tácticas sobre Milei

Sergio Massa en un anuncio de Precios Justos

Pablo Ibáñez

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Dicha como se dice en Casa Rosada, entre muecas y en modo charla de café, la frase debe leerse como una ironía pero sirve como registro brutal, descarnado, del momento político. “A Alberto le tocó gobernar con la pandemia, con la guerra y, además, con La Cámpora”. Es, repite quien lo dice, una ironía pero exhibe, primero, la profundidad de la fractura entre Alberto Fernández y el camporismo, que refleja la incomunicación entre el presidente y el jefe del clan, Máximo Kirchner.

Nada, en política, es irreconciliable pero pensar un reencuentro tiene bastante de utopía. Sobre todo porque, según la frase, se atribuye a La Cámpora un efecto tóxico de dimensiones monumentales. El comentario ensaya, a su vez, y seguramente sin éxito, un ejercicio de distinción: despegar a La Cámpora de Cristina Fernández de Kirchner, poner a “los pibes” como un bloque que no tiene norte ni estrategia, y ubicar a la vice en un lugar de sensatez, que a pesar de sus objeciones y críticas, al final recompone y ordena.

El affaire de Eduardo “Wado” De Pedro, con su rabieta por la no invitación a la cumbre con Luiz Inácio Lula da Silva y organismos de DDHH –que esta semana Estela de Carlotto atribuyó a una decisión, por falta de espacio, de Abuelas- reactivó el Telegram entre Alberto y Cristina, con la intención de evitar que ese episodio –a simple vista muy menor- siga escalando.

Cuando Fernández quiere consultar algo con Cristina recurre a Juan Manuel Olmos, el vicejefe de Gabinete. Al dirigente porteño le toca, ahora, llegar a la primera foto de la “mesa política” sin muchas abolladuras y sin ausencias estruendosas como la de la vice por los ruidos previos.

Ya se contó en elDiarioAR: la agenda que Fernández acepta en esa instancia es la de un comando de campaña, temas logísticos y de discurso, papelería, encuestas y agendas de giras. “No van a venir a fiscalizar la gestión”, es la frase que se repite. Sergio Massa, que va y viene entre los Fernández, habló también largo con la vice sobre los chispazos a partir de la queja que deslizó De Pedro, que tuvo un condimento extra con la argumentación sobre que la exclusión respondía a que Alberto lo veía como candidato presidencial.

Pantallas

De Pedro, el único camporista (Axel Kicillof es cristinista) que parece tener un plan de acción e instalación –para ser candidato a presidente o ser senador nacional por la provincia de Buenos Aires, butaca que despejaría CFK–, merituó como exitoso el incidente. En el albertismo lo tomaron, a su vez, para escarbar en ese imaginario de que una cosa es La Cámpora y otra cosa es Cristina.

Massa se queja de que el ruido político impacta sobre la economía y, además, hace una lectura simple: hechos casi anecdóticos como lo de Wado instalan una crisis pública cuyo principal efecto negativo es que tapan las internas de JxC. Fernández pareció hablar también por Massa cuando pidió que el “barullo de la política se calle”. Hablaba de la interna propia.

Sobre el ministro se produce un fenómeno curioso: Domingo Cavallo, quizá el emblema de lo anti K, sobre todo a partir de la ausencia de Carlos Menem, hizo un sugestivo elogio a Massa mientras en el mundo empresario, que hablan más con el massismo que con el kirchnerismo, deslizan que apareció cierto malestar de sectores K porque las proyecciones de baja de inflación que hizo Massa no se están cumpliendo.

En Merlo, en esa cena donde se hizo esperar casi tres horas, el ministro dejó la frase sobre la incompatibilidad de ser candidato a presidente y ministro de Economía. En el Palacio de Hacienda dicen que a pesar de algún desajuste, que forzó el acuerdo anticipado de Precios Justos con un tope de 3,2 mensual, la previsión se mantiene. Así y todo, el sendero inflacionario que prometió Massa y que apuntaba a que en abril la inflación empiece con un 3, no parece sencilla cuando en enero estaría otra vez por encima de los 5 puntos. El ministro no luce efusivo y confiado como lo hacía algunas semanas atrás.

La inflación, medida en relación a las paritarias, es el indicador que define todo el futuro de Massa y eso, avisa, depende de su relación con el poder económico. La ingeniaría en torno al ministro, entre la relación con Cristina y la convivencia con Alberto, es de una complejidad absoluta y es, además, una tarea artesanal que él hace en persona.

El votante de Milei

Detrás de la intervención de Cavallo, con quien se asegura que Massa no habla pero tiene más de un enlace, hay varias lecturas. Una es que es ajuste de expectativas del mainstream económico, opinadores y analistas, sobre que el escenario no es tan complicado como anunciaban –un clásico que solo se invirtió cuando auguraban las bondades que nunca llegaron en tiempos de Mauricio Macri– a la vez que la oposición hace, también, una revisión de su discurso sobre el panorama económico.

Un operador del PRO cuenta, como ejemplo, que en Quilmes, en el sur del conurbano, el candidato local, Martiniano Molina, que hace unos meses estaba doce puntos arriba de Mayra Mendoza, ahora está empatado. El estallido que no ocurrió, más las internas cambiemitas, parece consolidar eso que reflejan casi todas las encuestas: la paridad cuando se miden bloque versus bloque, FdT vs JxC, con Javier Milei por afuera.

Milei es el sujeto de otra lectura en torno a comentarios como el de Cavallo. Daniel Scioli repitió, esta semana, algo que menciona desde la elección en Brasil: que el FDT debe empezar a pensar como interpelar al votante de Milei que será determinante en el balotaje.

Scioli apunta que fue lo que hizo Lula da Silva: salir a buscar, no solo a los propios, sino a los sectores medios y antiguos críticos para sumar volumen contra Jair Bolsonaro. Matemáticamente, gracias a eso es presidente. “Ir a buscar a su votante, no a Milei”, plantea Scioli que en el 2015 tuvo que hacer lo mismo con el votante de la izquierda.

La observación puede resultar horrorosa para sectores del FDT que milita el purismo y cree que los dos tercios que en 2021 votaron contra los oficialismos, están equivocados. Scioli dice lo que, en la práctica, a Massa le sirve cuando plantea escenarios de “ordenamiento fiscal” y suma respaldos como los de Cavallo o Carlos Maslatón. Pero es cierto que Lula, a pesar de las nostalgias, tuvo que girar hacia el centro para poder volver a ser presidente y avisa, a todo el que lo escuche, que su tercer mandato no podrá tener el modo de sus primeros dos mandatos.

El expediente Milei ofrece otros renglones: uno refiere a que el votante de Milei es menos ideológico de lo que cree el propio Milei, en torno a la supresión del Estado y la quema del Banco Central. Su mérito electoral sigue siendo el hallazgo de la idea de la “casta política”, que le permite reunir a los desencantados que razonables son muchos porque las dos coaliciones, con profundidades diferentes, decepcionaron.

Cambiemismos

El otro tiene que ver con JxC que gira en torno al libertario como en torno al sol. De la sugerencia de Patricia Bullrich de reactivar el plan que validó Eduardo Duhalde con Carlos Ruckauf en 1999 –que dos candidatos presidenciales (Duhalde y Cavallo) lleven el mismo candidato a gobernador, lo que le permitió al PJ retener la provincia– a desdecirse luego de una metralla del libertario a la comparación de Gerardo Morales con Adolf Hitler.

La foto de la semana que pasó mostró al FDT tratando de “abrazar” a Milei y a JxC tratando de demonizarlo. La biopsia del votante de Milei sugiere que en un eventual balotaje, se repartiría 7 a 3 u 8 a 2 a favor de Juntos. Horacio Rodríguez Larreta tiene otras urgencias: casi no hay encuesta, incluso las que él pide y paga, que no reflejen un deterioro no solo ante Bullrich sino ante Mauricio Macri y, en particular, en ese bien intangible que es la “credibilidad”. Un empresario que habló con él en estas semanas contó, en una mesa de pares, que lo vio preocupado y desmejorado, como si no encontrara recursos para revertir esa pendiente. El método, un fuerte de Larreta, parece no dar resultado.

Sus paseos por zonas, como La Matanza, con un intento de cercanía y sus fraseos como el del rechazo al juicio a la Corte Suprema no tienen mayor impacto. Esto último parece un ritual que responde a una dinámica puntual: en la Corte están con un anotador viendo quiénes y cómo exponen sobre el juicio político los dirigentes de la oposición.

A Larreta tampoco le alcanza el trato bondadoso del 90% del sistema mediático. Recuerda a lo que ocurrió con María Eugenia Vidal en 2019: parecía invencible y perdió por 17 puntos. Un consultor suele contar, trayendo a la conversación al ahora podcastero Marcos Peña, que cuando pidió verlo y cuando le mostró que Vidal perdía con Kicillof, el jefe de Gabinete se burló a carcajadas de sus mediciones.

La deriva de Larreta aumenta el capital de Macri, que el miércoles próximo cumple 64 años, y que tiene en Cumelén su Puerta de Hierro macrista: hasta allá fueron Bullrich, Larreta y el trio peronista que comparten Miguel Ángel Pichetto, Juan Carlos Romero y Ramón Puerta, para pedirle que no defina: ser candidato, como le planteó el misionero, o bendecir a uno de los dos candidatos del PRO para evitar que se siga ensanchando la grieta interna.

Macri cree que tiene, todavía, tiempo para resolver. Repasó una encuesta en la que aparece como la figura del PRO que más votos de Milei atrae. El expresidente, dicen que dijo que si se presenta gana pero que, después, la dificultad sería gobernar. Replica el argumento que usó Cristina Kirchner en 2019 para entronizar a Alberto Fernández.

PI

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