UN AÑO SIN TEHUEL DE LA TORRE informe especial

Un año sin Tehuel: cómo desaparecer completamente

La última foto de Tehuel, que prueba clave del expediente

Hay escombros, paredes sin puertas y algo que fue un techo y ahora es nada. Más allá un enjambre de fierros y maderas, la insistencia de los yuyos y restos de un baño devenido en pozo. Las cosas fueron arrancadas. No se ven, pero seguro que debajo de una montaña de basura hay ratas, chinches, seres que pican o muerden. A metros de ese fantasma de casa apilada en Alejandro Korn, a una hora de la Ciudad de Buenos Aires, Tehuel de la Torre aparece en la última foto donde se lo ve con vida: 11 de marzo de 2021, a las 20.42 de una noche sin retorno. 

La foto habla. Es una selfie que tomó Luis Alberto Ramos, dueño de esa casa que ya no es, en la casilla de su vecino Oscar Alfredo Montes. Ramos exhibe tatuajes en el pecho, la boca en trompa como lanzando un beso, los ojos achinados vueltos un hilo negro. Al lado Montes, también afeitado a ras, tiene los brazos tatuados sobre la mesa coronada por una caja de Termidor tinto, uno de los vinos más baratos del mercado. Junto al vino hay una jarra de lata, un encendedor, un envoltorio que la resolución no permite entender. La mirada de Montes es la de alguien que no tiene ganas de sacarse una foto pero acepta, sus manos juntas, los dedos cruzados.

Tehuel está en la otra punta y no se adivina ninguno de sus gestos. La visera del gorro le cubre los ojos y la boca, que además se tapa con la mano izquierda. Lleva una camisa de blanco impoluto, se nota planchada: es el look que eligió para ir a la propuesta de trabajo que le ofreció Ramos, una changa de mozo que anunció a su familia antes de salir de su casa en San Vicente, a 40 minutos de Korn. Esta foto que habla lleva la firma del Jefe de Pericias y es uno de los documentos de la causa judicial. Fue encontrada porque quedó subida en el Google de Tehuel a esa hora, en ese lugar. Después, el apagón. 

En las primeras notas periodísticas sobre la desaparición los pronombres variaban entre “el” o “ella”. Incluso sus allegados, dependiendo con quien se hable, mezclan artículos en una misma oración, frenan, dudan. Tehuel fue el nombre que le pusieron desde su nacimiento, una palabra que para el portal del Registro Civil es asexual (ni femenina ni masculina), y dependiendo las ramas de interpretación del araucano significa sur / bravura / arisco. 

Tehuel usaba gorritos, pelo corto rapado a los costados, bóxers, ropa deportiva holgada. Le encantaba jugar al fútbol y era de Boca. Según algunas personas cercanas, estaba expresando su identidad de varón trans con los recursos que podía. En redes usaba pronombre masculino. Casado, dice su Facebook.

Desde diciembre se había ido de lo de su padre y vivía con su mamá, uno de sus nueve hermanos, su novia y el hijo que ella tuvo con una pareja anterior, a quien Tehuel también llamaba hijo, mi chikitín. Cerca de esa casa humilde vive su hermana Verónica Alarcón, una de las últimas de la familia en verlo aquel 11 de marzo. A la semana de la desaparición, cuando Tehuel hubiera cumplido 22 años, hablamos por primera vez. Contó que Ramos lo había ilusionado con un trabajo y que se ofreció llevarlo él mismo, por eso fue al encuentro. “Se habían conocido hacía mucho tiempo, hace unos tres años, cuando participaban de marchas en la cooperativa en la que estaban”, dijo. Es que Tehuel aceptaba casi cualquier trabajo, había dejado el secundario a unas materias de recibirse y se las arreglaba como podía. A pesar de los rebotes, dedicaba una parte de su vida al cansador trabajo de conseguir trabajo. 

Al comienzo, la justicia puso a la causa el título de “averiguación de paradero”. Pero el eje empezó a cambiar cuando fue preso Ramos y, después de encontrar la foto, cayó Montes como cómplice. La principal prueba para el arresto de Ramos (38 años, preso en 2009 por homicidio, liberado en 2018 y denunciado por abuso sexual en 2020) fue la última señal que envió el teléfono de Tehuel desde su casa, en Mansilla al 1213. 

Ramos fue detenido en el domicilio de la que era su pareja, se había rapado y su teléfono estaba reseteado. Su versión fue que se encontraron a las 16.30 y le dijo a Tehuel que no podría darle el trabajo, que entonces él le pidió plata para volverse a su casa. “No tengo un peso”, le respondió y, para demostrarle, le pidió que lo acompañara al cajero del Banco Provincia frente a la estación de tren. Relató que después de eso se despidieron, que no supo más nada. Pero todo esto es un falso testimonio: en su cuenta no hubo movimientos y las cámaras del cajero tampoco lo tomaron, la hora de encuentro no coincide y la última señal que envió el celular de Tehuel fue a las 0.30 del otro día, desde las coordenadas de la casa que ya no es.

“Cuando me enteré lo que pasó sentí horror porque pensé en mis nenes,que siempre andan jugando en la calle”, dice Liliana, vecina de la casa de enfrente. “Él era un tipo que no se trataba mucho, la que sí saludaba era la vieja, que se asomaba ahí por la ventana”. La vieja es la madre de Ramos, que vivía en una casa que también se volvió escombros en el mismo terreno. El barrio, bautizado a conciencia La Esperanza, nació de una toma de tierras en 2009, cuando un grupo de sin techos se organizaron para lotear unas hectáreas baldías. Todavía  las calles son de tierra y el colectivo más cercano pasa a 15 cuadras. La civilización también les pasa por el costado: no hay agua corriente ni cloacas, todo sale de pozos que se autogestionan. 

En el primer cateo los perros de Ramos se pusieron rabiosos y no querían dejar pasar a la policía, que llegó con otros perros para que huelan. Ese día encontraron ropa y el celular de Tehuel prendido fuego. Una prueba clave: contra una pared había sangre compatible con su ADN. La casa ya había empezado a vaciarse porque la madre de Ramos, según los vecinos, regaló los muebles. Un grupo se amontonó para ver los mazazos que destruyeron el piso de la casa. Pero ahí no encontraron más nada.

“Era medio loquito ese Ramos, medio zafado”, dice otra vecina y todas las que se asoman tienen una opinión. Cualquiera en La Esperanza elaboró alguna teoría sobre Tehuel, porque la policía se instaló por meses, revisó casa por casa e incluso montó una carpa de campaña, con guardia permanente para cuidar los equipos de búsqueda.

A dos cuadras de la casa de Ramos hay un campo baldío de varias hectáreas y la laguna Miriní -de la que solo se conserva un espejo poco profundo, porque empezaron obras para asfaltar una calle lindera-. Pasando esa laguna estaban los chanchos que Ramos alimentaba: en la zona lo tenían de vista porque juntaba carcazas de pollo o espinazos de carne para llevarles. Se dice que “aquella noche” lo vieron cargando unas bolsas que llevó al chiquero, que algo tiró al Miriní. Pero siguiendo esa versión los buzos tácticos escarbaron varias veces entre el fondo barroso, a la vista de vecinos y cámaras de tv, y no encontraron nada. 

Los chanchos hambrientos de carne y sobras hoy no se sabe a dónde fueron a parar. 

A diez días del 11 de marzo de 2021, se viraliza un marco para incrustar en los perfiles de las redes sociales con el lema ¿DÓNDE ESTÁ TEHUEL? La imagen joven y sonriente, con una pulserita de la diversidad en la mano, se replica en flyers y pintadas callejeras, se vuelve un grito de lucha, un lema de las diversidades sexuales y feminismos. Su desaparición es interpretada como una sinécdoque de la vida de varones trans en Argentina: invisibilizados, expulsados de algunos espacios feministas por no ser mujeres, atacados por varones al traicionar el rol que les asigna el patriarcado. Personas que desaparecen incluso estando.

La familia quiso colaborar en la búsqueda, pero les pidieron que no lo hagan por sus propios medios. Según los investigadores podían estropear o borrar indicios si no se manejaban con protocolos. Frente a la impotencia se dedicaron a marchar y custodiar cada uno de los rastrillajes desde lejos. Mientras, se llamó a una convocatoria en el obelisco porteño pidiendo que aparezca. Y con vida: 

—No es casualidad que haya pasado esto, la violencia que vivimos es todos los días. Salgo de mi casa con miedo, más allá de la ropa que me ponga y por dónde me mueva, porque sé que si llego a cruzarme con la persona equivocada puedo recibir un golpe —dice Alejandro, 21 años e integrante del Movimiento de Juventudes Trans

—Nuestras desapariciones no frenaron cuando volvió la democracia y lo peor es que de la mayoría ni siquiera nos enteramos, sumado a la discriminación de los entornos cercanos que hace que a veces ni nos busquen —reclama Francisco, activista y locutor del programa TransPortando Ideas.

Las marchas y rastrillajes al comienzo reciben cobertura en vivo, pero aplastadas por las coyunturas y la pandemia empiezan a volverse una cuestión de nicho. De a poco, el nombre de Tehuel se escurre de la opinión pública. ¿Hay desaparecidos que desaparecen más que otros? ¿Hay angustias con las que una sociedad empatiza más? Sí.

Verónica me envía un mensaje. La recompensa que la Dirección Provincial de Registro de Personas Desaparecidas ofrece es de 2 millones de pesos en abril, lo que más adelante pasará a 4 millones. Ahora, a días de que se cumpla un año de la desaparición de Tehuel, el teléfono por el que nos contactábamos dice que ya no es un abonado en servicio.

El padre, Andrés de la Torre, tiene 68 años y trabajaba como remisero, pero ahora es un jubilado que hace malabares con el haber mínimo. Vive en Tristán Suárez, en una casa donde Tehuel se crió e iba y venía según el momento del año (y de su estado de ánimo). 

—Poné: el papá de Tehuel está enojado, muy enojado. Con la justicia, con los políticos, con los ministerios, con el Poder Judicial. Bien enojado.

Tomo nota.

Hubo demora en todo. No voy a ser tan necio de decir que no le pueden haber quitado la vida, pero el 98 por ciento fue buscarla muerta, nunca con vida. 

¿Por qué le parece que se dieron esas demoras? 

Porque la justicia, el Poder Judicial, es una porquería, una basura, pero basura total. Que ni el Procurador ni nadie me vengan con los derechos humanos porque no tienen que defender al delincuente, ¿dónde están los derechos humanos de Tehuel, de sus parientes y sus amigos? Ni me llamaron los de derechos humanos, son una manga de hijos de puta. Una basura de mierda, viven a costillas de nuestros impuestos. A Tehuel la abandonaron, ya no la buscan. Nunca le importó a nadie, nadie, ¿sabés lo que quiere decir nadie? Nadie.

El pronombre femenino es un ruido constante. Imagino que a Andrés no le va a gustar la pregunta, pero es inevitable saber si Tehuel le había dicho algo sobre los pronombres masculinos, sobre lo que significa ser un varón trans.

—Noooo, ¡eso lo pusieron ustedes! A ella le gustaban las mujeres y punto. Para mi trans es transformista, un tipo que tiene mujer, hijos, hermano pero le gusta vestirse de mujer; o una mujer que tiene su marido, hijo y le gusta vestirse de hombre. Esos son trans, no sé por qué no buscan en el diccionario, están equivocados todos, ¡todes! ¿¡Qué todes!? El colectivo feminista me tiene re podrido, todo es un negocio. Vos sos una persona libre desde el momento en que nacés, no tenés por qué ver en la calle cosas que puedan entorpecer tu mente: no podés ver dos minas ni dos tipos besándose, eso no puede ser. 

El padre está convencido de que la prensa evita llevarlo a programas en vivo porque su lengua es filosa y dice verdades que otros callan (verdades suyas con las que Tehuel tenía que convivir). Jura que si le dan 30 minutos en un canal de aire se va a despachar. Su voz imperativa carga una mezcla de orgullo y tristeza. Como él repite, es un hombre enojado, partido, que extraña a Tehuel y solo puede imaginar que está con vida. Quizá ya estaba enojado desde antes, pero ahora su bronca tiene una causa que lo sigue día y noche. No le alcanzan los ingresos, que si no daría vuelta el país hasta que aparezca. En solitario sostiene la versión de una red de trata que lo tiene a Tehuel en algún lugar, por eso consiguió un abogado diferente a las abogadas de la madre y la hermana. 

—No me interesa el juicio. Ahora mis energías están puestas en buscar, pero necesitás plata para ir a otras provincias. Me gustaría ir a Rosario para estar en la trata de blancas, después tendría que ir al Norte que hay otro tipo de trata, después a la zona de Tigre. Nunca le dijimos nada a Tehuel de su forma de vida, solo que no confiara porque a la mirada de los hombres ella era una mujer. Pero bueno, confió en un tipo que le iba a dar laburo y la hizo desaparecer.

Una fuente judicial con acceso pleno a la causa (que pide que su nombre no aparezca, debido al pacto de respeto que tiene con la familia), afirma que según las pruebas recolectadas y el perfil de Ramos “todos los indicios hacen pensar que Tehuel no está con vida”. Sobre la hipótesis de que esté secuestrado, dice que “se investigó con Trata de Nación y de Provincia, y ninguno de los dos dieron indicadores de que sea una víctima de trata”. 

La instrucción que llevó la fiscal Karina Guyot ya no busca a Tehuel vivo, por eso en noviembre se cambió la carátula a “homicidio agravado por odio a la orientación sexual e identidad de género”. Cuando los citaron, Ramos y Montes se declararon inocentes. 

Montes (47 años, reciclador, cartonero) al inicio de la causa dijo que no había visto a Tehuel. Pero al aparecer la foto admitió que sí, solo un rato, y que después de una discusión por plata con Ramos, abandonaron su casilla. Después dijo que tenía más información: que al otro día de aquel 11 de marzo lo habían visto a Tehuel en una “fiesta clandestina”, en un barrio de Korn lejos de La Esperanza. Todo esto incomprobable.

Sin certezas sobre lo que pasó después de la medianoche, cuando el teléfono se apagó para siempre, la causa se elevó y este año tendría que llegar el juicio. 

Durante la última Marcha del Orgullo se repitió una pancarta que decía “No estamos todxs, falta Tehuel”. Faltó para la promulgación de la Ley de Acceso al Empleo Formal para personas trans, para terminar sus estudios secundarios y para conformar la familia que planeaba con su novia. Y sigue faltando: su desaparición es una herida en la democracia y una prueba más de que la justicia necesita una reforma, un protocolo que entienda las estructuras elementales del odio por género. Seguirá faltando hasta que se responda un reclamo que se resume en tres palabras: ¿Dónde está Tehuel?

MM

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