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Entrevista

Arlie R. Hochschild: “Hay una creencia de que las mujeres siempre se están quejando. No es así, lo que falta es una conversación sobre la doble jornada”

Arlie R. Hochschild

Ana Requena Aguilar

elDiario.es —

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¿Qué sucede cuando una mujer de treinta y pico años lee un libro publicado hace más de veinte por una mujer que al escribirlo también tenía treinta y pico y siente a su propia generación retratada? Curiosidad, rabia, indignación, interés, asombro, admiración (por la autora). Es lo que pasa cuando lees a Arlie R. Hochschild (Boston, 1940), una socióloga referente en estudios sobre reparto de tareas, conciliación, cuidados y empleo. La editorial Capitán Swing acaba de llevar a España La doble jornada. Familias trabajadoras y la revolución en el hogar, un libro publicado por primera vez veinte años atrás y basado en una investigación de campo hecha en familias durante los años 70 y 80.

Su relato, lejos del academicismo y la abstracción, consigue su propósito a través de historias personales que dejan traslucir con claridad el contenido teórico de su investigación. Hochschild acuñó términos tan relevantes como el de “trabajo emocional”, “brecha de ocio” o “doble jornada”. Atiende a elDiario.es por videollamada y se muestra satisfecha de esos conceptos cuya importancia, dice, reside sobre todo en que permiten “nombrar lo que sucede, identificar lo que te pasa”.

Es impactante leer su libro porque aunque describe las dinámicas de parejas heterosexuales de los años 70 y 80 hay muchas situaciones que no son tan diferentes de lo que vivimos actualmente. Creo que es fácil para una mujer identificarse con esos conflictos, muchas veces sutiles, que tienen que ver con el reparto de tareas, la doble jornada, la carga mental, el cansancio, la sensación de desventaja permanente en el empleo. Usted lo llama “la revolución estancada”. ¿Seguimos estancados?

La historia sucede de forma diferente y pasa por distintos momentos en cada lugar, pero de lo que estamos hablando en general cuando hablamos de revolución estancada es del hecho de que las mujeres son mucho más diferentes de sus madres –han cambiado más rápido–, de lo que los hombres lo son de sus padres –ellos han cambiado más lentamente–. Y eso es porque la flecha de la presión económica y del cambio cultural está señalando siempre de manera más fuerte a las mujeres que a los hombres. La familia es una institución que absorbe los shocks sociales, también esta larga transformación que tiene que ver de alguna manera con el cambio de los puntos de vista que tenemos sobre mujeres y hombres, es algo cultural, pero hay también otras narrativas que afectan.

Una es económica: desde los años 70 en adelante, el relato sobre la economía es un relato de éxito, de más beneficios, de que la economía crece y crece. Pero la proporción de la riqueza que va a los salarios fue decreciendo así que las familias se fueron convirtiendo en un colchón. Así que los hombres dijeron 'eh, mi salario ya no es suficiente, necesitamos el tuyo', por lo que el trabajo remunerado de las mujeres se convirtió en una respuesta para mantener la institución familiar. Cuando ahora vemos que la brecha salarial se estrecha, no es porque el salario de las mujeres esté creciendo, sino porque el de los hombres está disminuyendo. Mientras la importancia del empleo cayó en cómo nos sostenemos, la familia fue aumentando su papel como institución que absorbe los shocks. Así que el relato del género se mezcla con el relato de la economía.

Empieza su libro con un prefacio personal, en el que cuenta cómo se sintió cuando a los 32 años tuvo su primer hijo y lo incorporó a su rutina laboral como profesora universitaria. Entonces, se preguntó: ¿dónde están los hijos de mis compañeros de trabajo? Creo que muchas mujeres se hacen ahora la misma pregunta, es como si en el caso de los hombres fueran invisibles, aparecen como elemento de diversión, pero raramente como elemento que influye en su empleo, como ser que cuidar... ¿Dónde están los hijos de nuestros compañeros de trabajo?

Lo que sucede en muchos lugares es que se entiende que la revolución feminista, que la conversación feminista, es algo que apela a ellas. Y de hecho cuando entrevistaba a las personas para este estudio, que eran de distintas clases sociales, y le explicaba al marido lo que estaba haciendo –indagando sobre el reparto de las tareas del hogar y el empleo–, él decía 'oh esto le va a interesar mucho a mi mujer'. Ellos no ven cómo este asunto afecta a su propia felicidad, a su propia probabilidad de vivir en parejas estables, a la relación con sus hijos. Lo que yo llamo 'economía de la gratitud' implica preguntarse ¿está tu pareja agradecida?, ¿qué nos hace sentir gratitud hacia nuestras parejas? No es porque nos hacen el mejor regalo de cumpleaños, es porque él estuvo ahí, preparando la pasta mientras tenía una conversación seria con su hijo, haciendo varias cosas a la vez, como suelen hacer las mujeres. Porque normalmente la contribución de los hombres tiene que ver con tareas que no son urgentes o que no tienen que ser hechas a horas concretas, que no generan la ansiedad de no llegar.

Sus estudios mostraron entonces que las mujeres trabajaban un mes extra al año más que los hombres, ¿y ahora?

Ahora se ha recortado a la mitad, es medio mes. Hay varias cosas diferentes entre entonces y ahora. Una es que antes había más matrimonios y ahora hay más parejas cohabitando y más madres solteras. Las mujeres siguen haciendo más tareas relacionadas con el trabajo mental, pero ahora –de media– duermen el mismo tiempo que los hombres, no como antes, que dormían sustancialmente menos.

Dice que las mujeres han cambiado más respecto a sus madres que los hombres respecto a sus padres. Pero eso genera un problema: precisamente porque los hombres se comparan con sus padres se sienten distintos, más igualitarios, más encargados de los cuidados, sienten que hacen mucho. Pero si se comparan con las mujeres con las que comparten generación y vida, esa comparación no sale bien. ¿No es entonces un estándar que sirve para que los hombres se sientan bien pero que no es es útil para medir lo que está pasando y mucho menos para cambiarlo?

Exactamente. Las parejas entran en discusiones en las que el hombre piensa o dice que hace mucho más que lo que hacía su padre, pero también que su compañero de trabajo Bill. Pero claro, ella dice sí, pero a mí no me importa lo que haga Bill, no hace lo suficiente para todo lo que hace falta hacer, y además no haces tanto como lo hace mi primo Joe. Lo que se omite en todo esto es la idea de que estamos en una situación de declive económico, con menos participación de los salarios en la economía, con deslocalización del empleo, así que ellos y ellas necesitan el empleo, el dinero, y también deberían encargarse, por tanto, de la jornada en casa. Ambos miembros de una pareja deben intercambiar papeles, mezclarlos, y ellos tienen que ser buenos en lo que tradicionalmente se asigna a las mujeres. No es una batalla, es una adaptación a un mundo nuevo.

Parece que cuidar es una especie de actividad de bajo estatus, algo que te devalúa. No, ese cuidado es importante en una revolución feminista: no decimos solo que queremos más poder para las mujeres sino que el mundo que tradicionalmente se ha asignado a las mujeres importa. Que importa lo que hacemos cuando estamos cuidando de nuestro hijo en casa, es una contribución incluso emocional y el sistema debería reconocerlo.

Hay una sensación de engaño en varias generaciones de mujeres a las que se les prometió igualdad de oportunidades, pero que luego sienten el estrés, la presión, las barreras, las estructuras machistas. Entonces, ¿nos han engañado?

Acabas de hacer una descripción exacta de lo que es la revolución estancada. Por un lado, nuestros padres, los periódicos, las revistas... nos dijeron que podíamos hacer y ser lo que quisiéramos, fuimos al colegio, nos formamos y, de repente, te ves inmersa en la mismas estructuras sociales tradicionales, fuera de la idea que te habías hecho.

Acuña en su libro varios conceptos interesantes y útiles para comprender lo que sucede en la intimidad de los hogares y cómo eso se conecta con la economía y los cuidados. Uno de ellos es el concepto de “estrategia de género”, ¿cómo lo describiría?

Una pareja no es tan simple como una suma de dos personalidades, aunque hay gente que sigue pensando eso y que sus problemas se deben a eso. Lo que pasa por debajo de eso es que el concepto de género de cada persona está influyendo. Pasa que muchas veces nuestra situación práctica, real, no es acorde al ideal de género que tenemos, así que adoptamos estrategias de género. Por ejemplo, a veces trabajamos más en casa porque tenemos la sensación de que hacemos poco aunque eso suponga cargarnos más y aunque no corresponda con nuestro ideal de mujer pero, al mismo tiempo, tenemos interiorizado ese mandato. Otras mujeres, que sí creen en la idea de encargarse de todo, enferman más porque es la única forma de que los hombres asuman parte de la doble jornada que ellas hacen, que cocinen o que se dediquen a tareas sin contradecir la idea que ellas en el fondo tienen de lo que ellas mismas deberían estar haciendo.

Es sorprendente ver el ingenio que la gente despliega para comportarse como de alguna manera creen que deben hacerlo. Hay mucho dolor en este tipo de historias y no ayuda interpretarlo de maneras simples. No se trata de culpar a los hombres sino de que vean que se trata de un sistema con muchos matices. La cosa es que, historia tras historia, los hombres parecen sin seguir pillarlo del todo.

En las historias-caso que analiza en su libro, muchas mujeres creen que están en relaciones más igualitarias de lo que en realidad son. Usted misma dice que muchas mujeres prefieren pensar que ellas “no son así”, es decir, que se identifican con un discurso igualitario pero que, cuando en la práctica no lo tienen en su hogar, prefieren crear interpretaciones para creer que sí, ¿por qué?

Hay una creencia de que las mujeres siempre se están quejando. No es así, lo que falta ahí es una conversación, una explicación de lo que está pasando, lo que falta es una negociación real sobre la doble jornada, la comprensión de lo que está sucediendo y de cómo afecta a los hogares esta revolución congelada.

Otro de esos conceptos que acuña es el de los “mitos” que las parejas crean y que sirven para explicar su organización, las cosas que hacen y por qué. Leyéndola me recordó a una frase que aquí sigue siendo muy frecuente, la de muchos hombres que, cuando explican que sus parejas son las que tienen reducción de jornada o excedencias, señalan que es porque “ellas quieren”, omitiendo cualquier otro factor y omitiendo su propio papel en la decisión. ¿Sería eso un mito?

Sí, lo es, y curiosamente esas explicaciones siempre les convienen a ellos, por razones laborales, económicas o las que sean. Mis amigas feministas dicen que idealizo mucho Noruega porque allí, precisamente, la tasa de actividad de las mujeres es altísima, es una sociedad donde el trabajo está adaptado a las 35 horas semanales, con políticas familiares, con flexibilidad, con prestaciones para cuidar. Y si vas a Oslo ves estatuas de hombres con niños, con bebés. Hay un concepto diferente de la dignidad masculina que se ha promovido allí y creo que esa es la línea por la que tenemos que seguir.

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