Relato

Influencer de verdulerías

Influencer de verdulerías

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En el radio de dos cuadras de mi casa hay cinco verdulerías. En una, el verdulero más joven se tiñe el pelo cada algunos meses y baila cuando repone los tomates del cajón. La verdulería queda sobre una avenida y siempre hay una cola de siete personas que guardan distancia y pierden paciencia. 

Yo no suelo ir a esa sino a otra que tiene unas ciruelas inolvidables, pero cada vez que voy pongo un comentario en Twitter. Pienso que quizás el algoritmo, con su hambre de conectividad, le haga llegar el tuit al verdulero bailarín y entonces él sepa, y entonces él vea, y entonces me prefiera.

En mis redes sociales tengo el oficio de influencer de verdulerías. Pero basta de hablar de mí.

Las verdulerías se llenaron de manzanas, eso quiere decir que estamos en otoño. Hay distintas formas de detectar o invocar el avance del año. Algunos señalan los tapados, las curitas en las sandalias. Los huevos de Pascua avisan que es abril en veredas llenas de hojas amarillas. A otros, la final del Clausura o Wimbledon los despierta del invierno, o se encuentran con octubre cuando llegan los jacarandás, el cumpleaños del Diego y los jazmines. 

También están las verdulerías. Pero como las manzanas no hablan, en la verdulería hay que saber mirar. 

Otoño es, además de la variedad en manzanas, hongos, choclo, brócoli, repollitos de bruselas. Y las primeras hortalizas pesadas (calabaza, zanahoria, batata) para ir ensayando sopas. De las frutas empiezan a verse por todos lados las naranjas de ombligo, pomelos y las primeras variedades de mandarinas. Después va llegando el resto, hay para todos los gustos, un verdadero despliegue de gracia, las mandarinas: a por ellas.

Frutas y verduras de estación: entretenimiento garantizado. Como un coqueteo, primero se dejan ver a un precio imposible, después en todos lados gordas, hermosas y brillantes (y cada vez más baratas!), y se van. El tiempo suficiente como para extrañarlas, ilusionarse con su vuelta y alegrarse cuando reaparecen en unas primeras bandejitas a precios delirantes. Un ciclo completo de seducción. 

Ir a la verdulería es una experiencia -como se dice ahora- sensorial. En una versión del futuro tecnológica y aséptica, en la que extrañaremos los olores, lo podrido y lo rugoso, se pagará entrada para vivir la experiencia de la verdulería. Es que es un programa bárbaro:

Las paredes están cubiertas de frutos coloridos y turgentes, enmarcados en cajones de madera. La zona de los verdes, lechugas, acelgas y espinacas, es como un bosque después de la lluvia. También están los monstruos: las berenjenas, papas, batatas y morrones tienen caras, las zanahorias son como espadas, las manzanas brillan como espejos y de una palta parece que está por nacer un dragón. Entre las conversaciones se oye en general alguna radio extranjera, partidos de fútbol, poco reggaetón. Hace poco noté que varios verduleros sumaron, entre los frutos secos, los huevos de campo y la miel, la presencia de gatitos bebés. Son gente muy bien asesorada. 

Buenos Aires es la ciudad con más librerías por habitante, es posible que sea también la ciudad con más verdulerías. En la mayoría de los barrios fueron ganando presencia y hay casi una por cuadra. Ahora se pueden encontrar hasta diez variedades de papa, zanahorias de colores, frutos asiáticos, cherry de chocolate. Los verduleros conocen de esto y dan consejos: cómo mantener en buen estado las peras, cómo se cocina el akusai, cuál es la diferencia entre el boniato y la batata, y si existe realmente la mítica pera manzana. Es cuestión de sacarles charla.

En una versión del futuro tecnológica y aséptica, en la que extrañaremos los olores, lo podrido y lo rugoso, se pagará entrada para vivir la experiencia de la verdulería.

Se puede ir a la verdulería buscando consejos, precio, la mejor calidad, la verdura exótica que no está en todos lados; o ir a la que queda más cerca, a donde te regalan el perejil. Incluso sé de gente que prefiere no ir a la verdulería. Que compra por internet. O no tiene tiempo o recibe bolsones. O que no come verduras ni frutas (existen!), que todo el peso de la ley nutricional les diga que eso no está bien, está mal. Para ellos, hay estímulos y orgánicos: recetas de cocina, jugos naturales, cremas faciales, consejos para que las verduras no se pongan feas o se vean mejor o tengan mejor sabor (saber es un verbo más difícil de conjugar). 

En la Argentina las verduras más consumidas son la papa, la cebolla, el tomate, el zapallo y el zapallito, dice un informe realizado por la Gerencia de Estadística y Transparencia del Mercado Central. En el caso de las frutas, las más vendidas son la mandarina, la naranja, la manzana, la banana y la pera. Eso para que se vayan con algo de información. 

Sirven también para adornar una casa. Como se hace con los libros, por sus colores, formas y promesas, los rabanitos, duraznos, sandías mejoran el aspecto de cualquier rincón o mesa. Son suaves, son vivaces, son sexies. Naturalezas muertas (y) vivas.

Pero no son solo caras bonitas, no quiero que piensen que este oficio tiene que ver solamente con la belleza. Si hubiera bondad podríamos decir que son buenas. Hacen bien. Nada más parecido a creer en Dios que leer las propiedades y beneficios de las frutas y verduras. Leer las propiedades del alimento de moda, el grelo por ejemplo, y suspirar: la vida eterna al alcance de una sopa. 

Y leer después las propiedades del limón (de uso favorito y frecuente) y buscar sus beneficios en la propia vida. Puede ser que no se cumpla siempre todo lo que prometen. Es cuestión de tener fe. Y ajo.

JC

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