Quien es líder de la organización investigada por trata

Juan Percowicz, el contador que quería conseguir mil millones de dólares con la Escuela de Yoga

Juan Percowicz, el día que consiguió el arresto domiciliario.

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Juan Percowicz está sentado a la mesa frente a una pata de jamón. Está en el centro, vestido. Lo rodean cuatro mujeres que dejan caer sus pechos sobre el mantel. Hay pan dulce y un surtido de golosinas. El aire es de júbilo. Una escena fija, eternizada en una foto, una de las miles que el líder y fundador de la Escuela de Yoga de Buenos Aires (EYBA) guardaba en álbumes prolijamente ordenados en una habitación de La Casa del Lago, la vivienda que habitaba en el barrio cerrado Santa Clara, en Tigre. Fue allí dónde lo detuvieron. A los 84 años e investigado por tercera vez en tres décadas, la Justicia lo acusa de ser el jefe de una asociación ilícita destinada a cometer los delitos de trata de personas con fines de explotación sexual y lavado de activos.

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¿Quién era Percowicz antes de ser El Maestro, el Ángel, el “Papi”? Hijo de polacos inmigrantes, contador público nacional, licenciado en Administración de Empresas, casado con una mujer llamada Felisa que no participaba de la Escuela que había fundado su marido. Lo llamaban Adonai, Papá, Jefe. Le besaban las manos. Tenía una meta: llegar al billón de dólares. Su método era el geishado, una conducta que trascendía lo sexual. El geishado era una forma de disciplina que regía en la Escuela. Lo decía en sus clases, lo dejó escrito: “No puede haber Billón sin Geishado”. Fundador y líder. El hombre que al micrófono decía: “¿Se va entendiendo? Pero buenos geishos… ¿Para qué? Para obtener el Billón, no buenos geishos porque sí”. 

El “padre adoptivo” de Chelo, el que generaba terror entre los alumnos

Percowicz “adoptó” a Marcelo Guerra, un chico que trabajaba en su estudio contable cuando EYBA no había alcanzado, todavía, los mil alumnos que llegó a tener cuando mediaban los noventa. Lo llamó “Chelo” y fue el primer captado. Era un privilegiado dentro de la organización. Percowicz lo había dotado de la mayor jerarquía, el nivel 7 formal. Era su mano derecha, tan “ángel” como él.

Chelo generaba temor entre los alumnos. Durante una charla ofrecida en 1993 fue determinante con los alumnos, a quienes llamaba “esclavos”: “Mis esclavos estarán un mes suspendidos en todas las tareas relacionadas conmigo, suspendidos de todas las clases, y con prohibición expresa de hablar o consultarme. Según se me cante voy a elegir al que tenga más que ver con el problema. Durante ese período van a depender como alumnos sin categoría de esclavos del primer alumno que a mi se me ocurra de mi línea”. Marcelo Guerra está prófugo. Según la investigación, estaba a cargo de la Clínica CMI Abasto, donde se hacían las “curas de sueño”.

Hasta 1995, Percowicz aseguró a sus fieles que él “fabricaba ángeles”, que con él y junto a él, conseguirían la “reencarnación eterna”. Pero para alcanzar ese máximo de pureza había condiciones: venerarlo, en principio. Pero ese año, 1995, marcó un antes y un después en la organización. Dos denuncias presentadas en la Justicia por “corrupción de mayores y menores” puso a la Escuela en el ojo público. Percowicz se defendió con el argumento de que se trataba de una persecución dado su apellido, de origen judío. También consiguió el apoyo de referentes de organizaciones de Derechos Humanos, como Adolfo Pérez Esquivel, Estela de Carlotto y Human Rights Watch. No faltaron manifestaciones públicas de congresistas estadounidenses, dado que la Escuela ya tenía conexión internacional.

El juez Mariano Bergés dejó la causa que había iniciado dos años antes porque denunció presiones de la política y la Justicia -a la que pertenecía-. Ahora, en la investigación en curso, los fiscales Carlos Stornelli y Alejandra Magnano, recogen una anotación encontrada durante uno de los allanamientos. Pertenecen a un miembro de la Escuela y dice: “Con Bergés si no hubiera habido dinero hubiera ganado él. Lo hicimos moco porque había dinero”. Desde mediados de los noventa EYBA se reorganizó. Redujo el número de miembros -de más de mil a 179- y prohibió el ingreso de menores de edad a las charlas que ofrecía. Ese fue un nuevo comienzo para Percowicz.

“Juan tenía respuestas válidas para todos los interrogantes que se me presentaban”

“‘Llegaste a casa’, querido’, me dijo Juan y yo me largué a llorar”. Carlos Gutiérrez tenía 28 cuando entró en la Escuela. Aquel año, 1988, fue difícil para él: habían muerto su madre y su hermana, transitaba un divorcio difícil con su esposa y los negocios -era corredor de Bolsa- no andaban bien. Vivía cerca de la confitería en la que se ofrecían las charlas cada martes y jueves, en Las Heras y Pueyrredón, donde ahora funciona la sucursal de un banco. “Juan tenía respuestas válidas para todos los interrogantes que se me presentaban”, dice Carlos, al teléfono con elDiarioAR.

Carlos fue parte de la Escuela durante once años, de 1988 a 1999, y logró nivel 4 formal, mitad de tabla en la pirámide que lideraba Percowicz. Carlos llevaba las inscripciones del alumnado, es decir, completaba las fichas y pedía las fotos para confeccionar carnets. Como era el único que tenía auto se convirtió en el chofer de Juan Percowicz. “Lo llamaba Maestro o Juan. Él me decía ‘Maguito’. Durante ese tiempo mi prioridad era la Escuela. Manejaba para Juan o lavaba platos o hacía de mozo. Lo que fuera. Durante un año viví en Villa Gesell porque me encargó que abriera una filial allá”, sigue Carlos. 

Durante un viaje a esa ciudad balnearia, Carlos acompañó a Juan, pero esa vez no le tocó conducir. “Los aspirantes teníamos que leer 36 libros. Una de las lecturas era el diccionario de la RAE (N. de la R.: Real Academia Española). Así que sentado atrás iba leyendo en voz alta el diccionario, palabra por palabra, cada una con su significado”, sigue Carlos al teléfono. 

-¿Por qué te fuiste de la Escuela?

-Porque me había puesto en pareja con alguien que no pertenecía a la Escuela y ella quedó embarazada. Se lo planteé a mi instructor y me fui en buenos términos.

-¿Pero no podías seguir si tenías hijos?

-Tuve que elegir entre la Escuela y la familia. Era así. La última vez que lo llevé a Juan en el auto me dijo “no me decepciones” y nada más. Un tiempo después de irme empecé a soñar con la Escuela, me daba culpa haberme ido. Ellos tenían muchas expectativas puestas en mí. Yo soy de Virgo, virginiano alto.

-¿Y eso qué significa?

-El virginiano alto gana plata y la reparte. El bajo, en cambio, es un miserable y sufre.

-¿Fuiste testigo de alguna orgía, se hacían fiestas…?

-No. Y te digo que no, que eso no existía, porque sino yo hubiera participado.

“Yo veo que a veces me miran y no me bajan la mirada: ¡dan asco!”

Para los 2000, EYBA se replegó. Con el aporte de dinero y el conocimiento de sus miembros levantaron el edificio de Estado de Israel al 4400, en Almagro, que funcionó hasta los allanamientos como sede central de la organización. Eran nueve pisos. En la planta baja funcionaba la confitería donde se ofrecían las charlas. Del primero al octavo piso había departamentos. Los departamentos eran ocupados por miembros de la Escuela. Residían allí, según la causa, las alumnas que eran explotadas sexualmente. En el noveno piso estaba el Museo del Amor, el lugar donde se hacían los “ceremoniales”: rituales para limpiar de magia negra a los clientes “trabajados”. Susana Mendelievich, imputada por trata de personas, fue la última en habitar ese piso.

Juan Percowicz había dejado de dar charlas y vivía en el barrio cerrado de Tigre. Pero estaba al tanto de todo lo que ocurría en la Escuela. Le rendían cuentas por teléfono. Surge de la transcripción de las escuchas que Percowicz no quería problemas y era, sobre todo, un tipo de pocas palabras. Quién lo llamaba para contarle sobre una operación o un conflicto entre miembros de la organización, aprovechaba el rato para piropearlo: “Te amo, te adoro, mi amor”

O advertirlo: “Vos tenés un estilo prudente, entonces no vas con dos frentes fuertes al mismo tiempo, me llama la atención, quería poner el foco ahí, más allá de los aspectos legales, yo tengo que ver para armar la ingeniería jurídico contable, porque vos nunca haces una cosa así”, le avisó la abogada Susana Barneix, que le llevaba las cuentas. Percowicz quería comprar, en simultáneo, la casa en la que vivía -La Casa del Lago- y una propiedad en Las Vegas. Para la abogada era mucha plata de un solo golpe. “Gracias por trabajar tanto”, saludaba el líder antes de cortar cada llamada. Una mínima devolución de gentilezas.

Percowicz logró convertir su escuela abierta al público en una comunidad cerrada sobre la que ejercía control absoluto por teléfono. Su método, insistía, estaba basado en el geisheo, que no era solo una forma de conseguir dinero mediante la explotación sexual de mujeres, sino un comportamiento dentro de la Escuela: “El que está arriba manda al que está abajo y para poder mandar hay que trepar. Uno hacia arriba siempre geishea y hacia abajo siempre putea, y es un esquema que funciona. Yo veo que a veces me miran y no me bajan la mirada: ¡dan asco! En mi nivel yo ya puedo ver la vida perdedora de todos ustedes a través del tiempo y lo que les va a costar levantar cada mirada arrogante (...). Ustedes pueden ser arrogantes, insultantes pero con los de abajo”. Las líneas forman parte del expediente y fueron extraídas de la transcripción de una clase. 

Un glosario propio

Percowicz no sólo hacía competir a sus miembros para que escalaran en la jerarquía, sino que creó un lenguaje propio, algo así como un idioma interno. “Beysear”, por ejemplo, es una palabra surgida de la deformación de la BAYS, cuyas siglas significan Escuela de Yoga de Buenos Aires en inglés: Buenos Aires Yoga School. Salían a beysear las mujeres que ofrecían a clientes adinerados los servicios de la Escuela: las curas de sueño, los encuentros sexuales, las ceremonias de “limpieza”, la posibilidad de invertir en la organización. En una escucha, dos mujeres hablan entre sí: “Yo estoy feliz porque lo único que hago es beysear todo el día, es lo único que sé hacer, así que yo estoy chocha”. Hay más glosario:

“Trinchera”: Eran las unidades de negocios generados por la Escuela para autofinanciarse. Había once. Las que más ganancia daban eran las trincheras CC, Botánica y Ghostbuster, las que están ligadas a la explotación sexual. Todos los miembros trabajaban en una trinchera.

“Hacer sobre”: Era el dinero que debía entregar por mes cada alumno a la organización. Si el alumno generaba una ganancia abultada en su trinchera debía entregar un extra. Cada sobre quedaba registrado en planillas. Las personas se quedaban con un porcentaje pero la organización mantenía registros exactos de su patrimonio total.

“Conocer”: Le decían “conocer” al orgasmo generado durante un encuentro sexual o masturbación en público. El erotismo era el eje comercial de la organización. En “Sobre el erotismo, la religión, las iglesias, el recuerdo, la voluntad y la flexibilidad”, un escrito de Percowicz, dice: “El placer lo uso como herramienta para hacer trastabillar al otro”.

“Abroche”: El dinero conseguido por un servicio sexual sin haber pactado un encuentro previo con un varón, es decir, de casualidad. “Al rato un señor me invitó a su mesa y lo abroché, no recuerdo su nombre, sé que era suizo y estaba alojado en el hotel”, escribió en su diario íntimo una alumna. Parte del abroche iba a la organización.

“Sangre fresca”: Dinero no declarado que había que blanquear en el circuito montado por la misma organización.

Erotismo comercial: el sexo como disciplina y disciplinamiento

Para los investigadores, el erotismo formaba parte del “proceso de ablande” de los integrantes de la Escuela. Era una forma de adoctrinamiento y de sanación. De acuerdo al expediente, las prácticas sexuales eran el eje comercial de la organización, al punto de ser “la trinchera” que más ganancia generaba. En EYBA todo se filmaba. En sólo uno de los 50 lugares allanados encontraron 4.100 VHS. Entre los videos hay películas infantiles, clases impartidas por el líder y material con contenido para adultos. Dentro de la Escuela, el intercambio erótico era una forma de divinidad que podía perfeccionarse: cuánto más practicaba, más perfección.

Hay otra escena. Es una escena viva que quedó registrada en una filmación. Es jueves por la noche y la charla está reservada a miembros Nivel 6 de la Escuela. El Maestro está sentado en una silla, sobre una tarima. A su lado, muy cerca, hay una mujer desnuda, sentada en otra silla. Tiene las piernas levemente abiertas. Él habla al micrófono frente a un público reducido mientras su mano pasa, muy suave, sobre el muslo de la mujer. El Maestro dice el castigo, dice la sanación, dice asco, dice seres alados. La mujer gime y empieza a desarmarse sobre la silla. Esta rendida. El sexo, ahora, quedó expuesto. Y la mano de El Maestro pasa del muslo a la vulva. Cuando ella llegue al orgasmo, él dejará de hablar y le pondrá el micrófono en la boca. El último suspiro de la mujer no se oye. Lo taparon los aplausos.

VDM/MS

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