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En mayo de 1968, la juventud soñaba con un mundo en el que estuviera ‘prohibido prohibir’. Hoy, la nueva generación solo piensa en censurar aquello que la agravia u ‘ofende’”. Así arranca Generación Ofendida. De la policía de la cultura a la policía del pensamiento, el libro de Caroline Fourest, francesa, 47 años; ensayista, editorialista, directora de cine, politóloga. Más: lesbiana, militante feminista, antirracista. Este último ensayo -publicado por Libros del Zorzal- hace foco en los millennials, personas nacidas entre 1981 y 1993, es decir, aquellos que hoy rondan los 40 años. 

En su libro, Fourest señala a esa generación protestona: “Ayer, los minoritarios peleaban juntos contra las desigualdades y la dominación patriarcal. Hoy pelean por saber si el feminismo es ‘blanco’ o ‘negro’. La lucha de ‘razas’ ha suplantado a la lucha de clases. ‘¿Desde dónde hablas, camarada?’. Esta frase, que se enunciaba para hacer sentir culpable al otro en función de  la clase social, ha mutado en control de identidad: ‘¡Dime cuál es tu origen y te diré desde dónde puedes hablar!”.

Decime quién te atrae físicamente, decime quién te enamora. Contame con quién tendrías sexo o con quién te reproducirías, que no es lo mismo. Mostrame tu ADN, buscá en la escala cromática cuál es exactamente tu color de piel: mhhh, no sé si es tan marrón, eh. ¡Acá tengo el centímetro para medir tu feminismo! A ver, ¿es poco o mucho? A ver, ¿es como el mío? Que los blancos pidan perdón, que lo hagan llorando. Y a cámara. Para Fourest predomina una “tiranía de las minorías”. Es una tesis, hoy, antipática. Para no decir políticamente incorrecta. Incluso interpela al movimiento #MeToo y a la llamada “apropiación cultural”. De eso se trató la entrevista con elDiarioAR.

¿Quiénes son y quién crió a la “generación ofendida”? 

Hablo de los millennials, pero en realidad hablo de aquellos que juzgan la identidad. Quieren impedir a las personas crear, crear arte por ejemplo, basándose en la identidad. Es una manera esencialista de ver el mundo que termina llegando al mismo lugar que la visión de los racistas. ¿Y quién la crió? Nosotros, nosotros. Ellos son los frutos del combate que militantes como yo llevamos adelante.

¿Y qué los ofende?

Pueden sentirse ofendidos por cualquier cosa en cualquier momento. Hay casos donde hay razones para sentirse ofendido, shockeado. Entiendo que reaccionen contra estereotipos, misoginia o racismo, pero la pregunta que hay que hacerse es si la reacción es proporcional o si no es un poco exagerada.

¿Y cuál es el deseo, el anhelo, ganas de qué tiene esta generación que está preparada para ofenderse?

Ellos quieren luchar por un mundo mejor. Se llaman a sí mismos: Social Justice Warriors. Los “woke”, despiertos. La intención es buena, de alguna manera están terminando la lucha que nosotros empezamos en cuestiones de antirracismo y de feminismo. Encuentran un límite cuando la lucha es sectaria, cuando los medios son identitarios e injustos, y todo se vuelve muy excesivo. Un ejemplo es el #MeToo. Con el #MeToo salimos de un siglo de opresión femenina y de silencio, pero ahora basta con el testimonio de la víctima.

“Disculparse porque uno se hizo trenzas toma tres segundos, pero no hace avanzar nada ni a nadie”

La cantante pop Katy Perry se la pasa pidiendo disculpas. Por haber protagonizado su propio videoclip con el cabello -rubio- arreglado con trenzas. Por haber diseñado un calzado para una marca que se interpretó como “blackface”. Por haberse vestido “de geisha” en un evento. Look que fueron señalados como “apropiación cultural”.  

¿Por qué los blancos se desarman en disculpas cada vez que los acusan de tomar una característica de alguna cultura a la que no pertenecen? 

Son los blancos privilegiados que son culpabilizados y entonces piden disculpas por ser privilegiados (N. de la R.: Caroline se ríe un poco). El caso de Katy Perry que tuvo que excusarse en una entrevista con un representante del Black Lives Matter… ahí sí realmente es una locura.

¿Por qué?

Porque no hay que olvidar que el combate es luchar contra las desigualdades, no excusarse de ser privilegiado. Disculparse porque uno se hizo trenzas toma tres segundos, pero no hace avanzar nada ni a nadie. Y esto tapa un combate verdadero, que es el combate social, el más difícil de llevar a adelante. Cuando vemos multimillonarias norteamericanas poniéndose en el lugar de víctimas porque no son blancas es como… fácil. Y el mestizaje, la visión cosmopolita, se ve borrada por una visión binaria ligada a la identidad, que está inspirada en la visión post segregacionista norteamericana. Como si la solución fuera invertir la segregación, darla vuelta. Cuando que el objetivo del antirracismo universalista es romper las barreras y mezclarnos, y llegar a un multiculturalismo mestizo.

¿Notás que cada vez que opinamos tenemos que aclarar desde qué lugar lo hacemos? Yo debería decir “soy mujer, blanca, heterosexual…”

Insoportable. Es insoportable. Y es lo contrario del mundo por el que hemos peleado. El objetivo universalista es que cada uno sea lo que quiera ser sin ser juzgado por su apariencia. Es juzgar a la gente sobre sus ideas y no por su identidad. Los que toman ese camino son los que sienten que no pueden argumentar con las ideas. Quieren dominar o ganar el debate sin tener una conversación donde se intercambie contenido.

Después de 60 años, el año pasado cambiaron la presentación de un paquete de harina que venía con la caricatura de una mujer negra con guantes blancos. El argumento fue que simbolizaba a una esclava sonriente. Generó un gran debate.

No puedo opinar puntualmente por ese caso, dado que no lo conozco en detalle. Pero si ese dibujo retoma un imaginario colonial y no hay en la sociedad una representación suficiente o nueva o más real, entiendo el cambio. Ahora cuando vemos internautas que pegan el grito en el cielo porque una cantante se hizo unas trenzas estamos en la puerta del hospital psiquiátrico… 

Cuidado, Caroline. Los que estamos en tratamiento psiquiátrico podemos sentirnos ofendidos...

¿En serio? ¿Eso es posible aquí?

Autonomía, escraches y cancelaciones

Hay historia feminista en la Argentina. Ha conquistado derechos y reclama otros. Sin embargo persisten las violencias contra las mujeres. Por ejemplo en la Argentina, y en lo que va del año, hay un femicidio cada 26 horas.

En el caso de las violencias conyugales la solución pasa por la autonomía: la autonomía financiera pero también una autonomía mental. Cuando visito países hispanoparlantes me da la impresión de que la cuestión de género tiene mucho camino por delante. Los estereotipos son fuertes, los roles tradicionales están demasiado anclados incluso en gente muy educada. Esto también se refleja en la generación a la que me refiero en el libro. En vez de luchar contra la violencia conyugal, van a tratar de cancelar una obra de teatro o a luchar porque una cantante se hizo trenzas.

En los últimos años se instaló una tendencia a la que llamamos “escrache”, es decir, exponer al varón que ha cometido un abuso. En algunos casos, un escrache termina en cancelación, el “escrachado” termina retirándose de la vida pública. ¿Qué opinás sobre esto como militante feminista?

Cuando uno se llama “guerrero de la justicia” debería redoblar la defensa de aquellos que fueron acusados falsamente. Tres cuartas partes de mi vida como militante feminista estuvieron dedicadas a defender a mujeres que habían sido violadas y que no podían defenderse por el silencio. Desde #MeToo paso mi vida defendiendo a hombres o a mujeres que han sido acusados falsamente. Los dos son parte de mi feminismo porque para mí el feminismo es soñar con un mundo más justo. El #MeToo, por ejemplo, es un gran avance y un gran exceso. Hay feministas que dirán que no hay que denunciar esos excesos para proteger al #MeToo. Yo creo que son justamente las feministas las que deben advertir esos excesos, tomar una posición de vigilancia, para proteger a #MeToo.

“No puede haber una gratuidad del llamado al odio en las redes sociales”

En Generación ofendida proponés regular los discursos de odio en redes sociales. ¿Es posible? 

Las redes sociales vienen siendo como el far west, cada vez más violentas. Y pudimos ver cómo ese nivel de violencia verbal termina coloreando la sociedad. Estoy a favor de la libertad de expresión, pero también de la regulación. No puede haber una gratuidad del llamado al odio. No puede confundirse libertad de expresión con libertad de incitar al odio o a la amenaza. 

Pero, ¿quién puede fijar esas reglas? ¿Será Elon Musk? 

La incitación al odio en redes sociales es un problema democrático que no debe estar en manos de una sola compañía o de un solo hombre. Pero la verdad es que hasta ahora la regla implícita de Twitter no la conocíamos. Hay bots o usuarios anónimos que pueden insultar todo el día que no se llaman Donald Trump. Creo que había que detener a Trump cuando llamó a la guerra civil, pero hay otros trumps que no corrieron la misma suerte. Si la idea de Elon Musk es que no pueda haber más bots, eso puede funcionar. Quiero verlo, porque Elon Musk muchas veces no está de acuerdo ni con él mismo.

¿Te autocensuraste alguna vez a la hora de expresar una idea en redes sociales?

Todos nos autocensuramos y está bien porque se llama ser civilizado. Si dijéramos todo lo que se nos pasa por la cabeza todo el tiempo… Bueno, quizás seríamos presidente de los Estados Unidos y tendríamos el pelo naranja. La autocensura es grave cuando nos impedimos decir verdades que podrían defender libertades. Incluso verdades que pueden doler, porque hay minorías que actúan como censores. No estoy llamando a que alguien se exprese de manera racista o sexista, sino retenerse un poco, otra vez con la idea de civilidad. Cuando nos llamamos a silencio en contra de las libertades, esa es la autocensura que perjudica la democracia.

VDM/SH