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Sobre este blog

Pulpa es un suplemento de ficción semanal editado por El Cuaderno Azul que publica textos breves y potentes, directo de nuevas voces para lectores hambrientos. Recibimos textos de manera abierta, a través de este link. 

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Celibato y Milanesas

mujer frente a heladera
5 de enero de 2026 14:00 h

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Mamá se sienta en su escritorio y se pone los anteojos. Mira medio achinada y hace doble clic en el archivo de Excel que dice “plan semanal”. 

Es el ritual de cada domingo. Se sienta y tipea. Tiene al lado la hoja que le dio la nutricionista a la que me arrastra el segundo martes de cada mes para pesarme y ajustar la dieta. Lee la hoja con atención, frunce el ceño, piensa y toma nota con un lápiz en los márgenes ya mamarracheados de semanas anteriores. 

A mamá le toma una hora el proceso de planificar mi semana entera y ponerla en una tabla que imprime orgullosa. Pegadas en la puerta de la heladera hay dos hojas: una con mi nombre y una con el de mi hermano. Mis casilleros están completos. La hoja de mi hermano tiene todos los casilleros vacíos. 

La nutricionista dice que si sigo el plan al pie de la letra en 4 o 5 meses voy a haber bajado todo lo necesario y entraríamos en etapa de mantenimiento, pero estamos en Octubre, no tengo 4 o 5 meses. Ya no hay camperas abrigadas o jeans largos para disimular. 

Me enfrento a la única realidad: nunca voy a poder dejar de tener flotadores, nunca voy a pasar un verano en bikini y nunca me voy a dar un beso con Julián. 

Tengo que tomar medidas más extremas 

Cada vez que como pienso en el esfuerzo, en las horas de hambre perdidas. Pienso en lo hinchada que voy a estar al día siguiente. Puedo imaginarme el botón del pantalón clavándose justo por debajo de mi ombligo. 

Tengo hambre todo el tiempo. Soplo las velitas hace años pidiendo el mismo deseo: quiero comer sin engordar. Uso los tres deseos en eso. Pero hay algo del hambre que me despierta cierto placer: el vacío, la sensación de estar ganando, de ser más fuerte que mi cuerpo. Cuando tengo hambre, yo tengo el control. Y cuando yo tengo el control, siento que todo es un poco más posible. 

El tiempo máximo que aguanto sin comer nada de nada es de tres días. Los paso a agua y té con edulcorante. Si, en cambio, me como una manzana por día, puedo llegar a aguantar hasta una semana entera sin hacer ninguna comida. 

Los primeros días me siento poderosa. Triunfante. Soy dueña de mí misma. Pero a medida que me acerco al día cinco, aparece el miedo. Asoma una pequeña incertidumbre. Tengo frío. ¿Estaría muy mal tomar un caldo a la hora de la cena? Me calmo diciéndome qué bueno, que tal vez mañana, que si cumplo los ocho días de la dieta de la manzana, puede ser. 

Al día seis solo puedo pensar en ese caldo salado que en mi cabeza, ya tiene pedacitos de calabaza hervida dando vueltas. Son cuatro, nada más, me repito. Y me contesto que quizás al día ocho. 

El día siete estoy mareada. No me siento yo misma. No pienso bien. Estoy cansada de la manzana. 

Negocio: ¿y si la cambio por una pera, o un pepino? Y ahí es donde caigo. Mi error está en romper la rutina. Salirme del plan. Esa pequeña indulgencia me descoloca. Mi cuerpo recuerda que existen los sabores, mi boca se llena de saliva y la panza me ruge. 

Solo puedo pensar en que, en la heladera, está el tupper lleno de milanesas con el nombre de mi hermano escrito con marcador indeleble en la tapa: HERNAN. Que tambien

hay otro con sus sobras de ravioles de la cena de ayer. Que en la alacena le quedan tres paquetes de Oreo, y que ayer lo vi guardando dos copas Cindor en el freezer. 

Me quedo quieta, sentada en mi cama. Siento el vacío. Trato de recordarme por qué estoy haciendo esto. 

¿Por qué estoy haciendo esto? ¿Tiene sentido? ¿Lo vale? ¿Vale la pena todo este trabajo? 

Empiezo a balancearme en la cama. Pienso, hago cuentas. 

Negociemos, me digo. 

Listo. Ya perdí. Otra vez arruiné todo 

Cuando entiendo que no hay vuelta atrás, bajo a la cocina. Abro la heladera y saco las milanesas, un poco de puré de papa, los ravioles y unas empanaditas de queso del freezer. También dejo afuera una de las copas Cindor para que vaya perdiendo frío. 

Abro el tupper con los ravioles y los como sin calentarlos. Les agrego un poco de queso rallado que se apelmaza con la crema en la que estaban nadando. Me los como uno atrás del otro. No son tantos: cuento ocho. Paso un pan para recolectar los restos de crema y sigo con las milanesas. 

Corto un pedazo bien grande en tiritas, que voy adornando con mayonesa y kétchup, y unto en el puré de papas. Los como como si fueran grisines, mientras las empanaditas de queso se calientan en el microondas. 

Abro el microondas y saco una para comer mientras se siguen calentando las otras tres. Está bien: cuatro, porque son de copetín. No es tanto. 

Cuando termino con lo salado, abro la copa Cindor. Me la termino en dos cucharadas. Voy a la alacena y agarro un paquete de Oreo para raspar lo que queda de chocolate adentro de la copa, y me como el resto de las galletitas solas. Recién cuando termino de masticar la ultima vuelvo a mirar a mi alrededor y me doy cuenta de lo que hice. 

Empiezo a guardar todo para no dejar rastro, me cuesta respirar. Mi panza es una pelota dura y caliente. Siento el gusto de las oreo mezclado con milanesa y las piernas se me salen de control. Esto puede significar una sola cosa. Corro al baño y sin tiempo de cerrar la puerta me abalanzo contra el inodoro y dejo que todo mi banquete salga. Vomito fuerte, vomito mucho, vomito con ruido. En cuanto recobro la conciencia del mundo real tiro la cadena para que no vaya a verlo mi mamá, que entra al baño 5 segundos después, se tira al piso y me saca el pelo de la cara. 

—¿Qué pasó, mi amor? —me dice, pasándome la mano húmeda por la nuca. —No sé, Ma —le respondo—, estaba lavando los platos y se me revolvió el estómago… 

—¡Ay, mi vida! Pobrecita. Bueno, hoy se cena caldito y nada más, así le damos respiro a tu pancita. Y pensemos en el lado positivo: ¡mañana seguro le ganaste un kilito a la balanza! 

La miro con media sonrisa, bajo la cabeza y pienso: Mañana vuelve el contador a cero.

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