Diario de un mes con el virus

Cuando desperté, el Covid estaba allí

Tuppers y tuppers donde viajaban los pedazos de alimento

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Las Fiestas nos ponen ponen conservadores. El loop de las fotos en el arbolito. La imagen de la familia que festejó Nochebuena en una estación de servicio. El mandato, la pacatería, la doble vara, el deseo. Nadie se puede sacar de encima en las fiestas –en especial este fin de semana– alguna idea de familia, para decir que sí, para decir que no, para lidiar con su ausencia, para saludar por teléfono, para no ser contacto estrecho. Cuando este mes murió Joan Didion, podían superponerse las fotos de las mesas navideñas con esa estela de sus libros, de esos detalles, las velas alrededor de la pileta, el suéter de cashmere, esos modales de la clase. Alguien haciendo las compras. Alguien doblando una servilleta. Alguien diciendo por favor y gracias en un restaurante. Ahí está todo. ¿Qué es una familia en las fiestas? Una relación con esos detalles.

A tres cuadras del lugar en el que vivía hace veinte años pasé este mes. Le tenía miedo a esa coincidencia y fue un imán torcido. Lo pasé con un Covid arrasador que duró un mes. Miraba por la ventana y parecía el paisaje de otro diciembre de mierda. Se me mezclaban las pesadillas, el museo de orfandades y victimizaciones, los muertos. Juego de la oca, la enfermedad tiene sus pasos, como los de Alcohólicos Anónimos: listar y aceptar, por sobre todo. Lo primero: llega el positivo al celular. Tragar la pelusa y avisar a los contactos estrechos. Escuchar aunque sea una vez ¿cómo te contagiaste? (Ahora quizá sea ¿cómo no te contagiaste?). Todo se parece a trabajar, y tener Covid está hecho de trabajos: lidiar con los avisos, contactar algún servicio de salud que haga el seguimiento, cumplir las indicaciones, entrar en una relación te amo, te odio, dame más con el médico a cargo. Y responder mensajes de whatsapp: en un momento me volví una máquina de avisar que estaba viva. Quería agradecer, pero también quería detallar. Nadie te ve ni ves a nadie: el Covid está hecho de palabras, de relatar, sopesar, decidir. Más tuve cuerpo y más estuvo herido de lenguaje. Medirse la fiebre, hacerse las nebulizaciones, tomar agua. Y contarlo. Así, contra las cuerdas, delante de la colección completa de Foucault, explicándole a agentes estatales, afectos, la tía de pindonga “que lo tuvo igual que vos”.

Y ponerse un saturómetro –que mi viejo compró en Mercado Libre– en el dedo: el momento clave de esperar que el bendito número de bien, ahí se juega pasarla en tu casa o en la internación. Para los que entramos en este lado del espejo se trata de convivir con algo que también puede ser muy difícil: estar al límite, pero confiar en que no te vas a morir. Me preguntaron qué fue lo que más extrañé y respondí una frase picante pero era mentira, lo que más extrañé fue poder no dar explicaciones. Con el Covid nunca salí de mi casa pero fue cuando más tuve que abrir la puerta.

Al salir del aislamiento vi a mis amigas sacar una fila de bolsas de basura, meter la ropa interior en el lavarropas o limpiar la mugre. Ahora tengo en la cocina los trofeos de esa batalla, tuppers y tuppers donde viajaban los pedazos de alimento. Quizá fue un regalo ante mi mayor rotura: no sé pelar ni cortar. Un mes viví comiendo así, en ese reinado, la comida no sólo cocinada sino fraccionada por los demás. Estás a merced de un bicho que te saca fuera de pista, te enoja porque nadie puede venir a hacerte ni un té, te angustia no generar guita, te toca seguidilla de chequeos y consultas médicas, te pone de a ratos en una película de terror y otros en una edulcorada donde nada más ves gratitud. Lo descarnado del amor, lo que se guarda, también es parte. Descubrí en ese quilombo que los que la pasaron se vuelven camaradas de guerra: rezo por ellos cada noche y sólo por eso escribí esto.

Me dicen que un día te despertarás y habrás vuelto. Fue un año roto, o mejor: un helado de dos gustos

Buen día, 2022.

FA

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