Facundo Pastor: “Hay sectores conservadores que siempre han tenido una obsesión por los cuerpos peronistas”
Un epígrafe siempre es una señal, un mojón que traza una dirección en la lectura. “Es un cuerpo demasiado grande, más grande que el país. Está demasiado lleno de cosas. Todos le hemos ido metiendo cosas. Todos le hemos ido metiendo algo adentro: la mierda, el odio, las ganas de matarlo de nuevo”. Con ese epígrafe que pertenece a Santa Evita, de Tomás Eloy Martínez, abre El cuerpo de Perón (Aguilar, 2026), el reciente libro del periodista Facundo Pastor.
La publicación, que en efecto busca abordar las disputas alrededor de una de las mayores figuras políticas del siglo XX en Argentina concentrándose en su cuerpo, comienza con los días finales de Perón rodeado de médicos y enfermeras en la Quinta de Olivos, sigue con su funeral multitudinario, se detiene en los vaivenes de sus restos que van de la residencia presidencial hasta la cripta familiar en Chacarita durante la dictadura, repasa el insólito episodio del robo de las manos del líder justicialista en los ‘80 y concluye con los disturbios durante el traslado final a la quinta de San Vicente en 2006.
Valiéndose de testimonios directos, de documentación exclusiva, de hallazgos en hemerotecas y de los recursos del llamado “periodismo narrativo”, Pastor ofrece una reconstrucción vívida, llena de detalles y de pequeñas escenas que intentan recrear un mundo de tensiones, de internas y de intrigas políticas que persisten hasta la actualidad.
– Venías trabajando en tus libros anteriores, Isabel y Emboscada, en zonas que tienen que ver con el peronismo y los años ‘70, en un sentido amplio. ¿Qué te llevó ahora a investigar y escribir sobre el cuerpo de Juan Domingo Perón?
– Sí, yo venía rodeando esa zona, primero con Emboscada y la caída de Rodolfo Walsh y después con Isabel. Justamente cuando terminé Isabel entre otros amigos que leyeron el libro estuvo Pacho O’Donnell. Él me hace una devolución con mucha generosidad y entre otras cosas me dice que creía que Isabel era un libro sobre el silencio. Ahí de alguna manera me di cuenta de que sí: yo había pasado un tiempo tratando de indagar sobre el silencio y que eso siempre me interesó. Ya con el libro publicado seguí pensando en qué había detrás de algunos silencios de Isabel. Una de las cosas que me había cautivado eran unas escenas que habían sucedido después del robo de las manos de Perón, que no habían entrado en el libro. Primero era Isabel enterándose de la profanación de la tumba y el robo y después ella decidiendo venir a la Argentina porque tenía muy buen diálogo con (Raúl) Alfonsín. Isabel viene a la Argentina y abre una causa aquí. A los veintipico de días, decide regresar a España y estando en Ezeiza el avión tiene una amenaza de bomba. Finalmente llega a España. Y ahí se entera de que, mientras ella estuvo en Argentina, habían entrado a Puerta de Hierro a robar. A robar, a profanar, o a desordenar, a dejar un mensaje ahí. Todo eso termina con Isabel junto a una colega y a un fotógrafo del diario El País recorriendo la residencia y un poco posando para la cámara, con todo el desastre de las cajas desordenadas alrededor. Una mucama la llama y le dice que en la cocina había algo que quería que viera. Se acerca y ve que, sobre una mesa redonda, había una estatuilla del Sagrado Corazón de Jesús, que ya estaba en la casa, con las manos cortadas. Ella ve eso y por supuesto que se altera. Un colaborador le dice “señora, ¿qué es esto? ¿quiénes son?”. Y ella dice una frase que bien podría ser el título de una novela: “Son los mismos de siempre”. Intenté profundizar con el entorno de Isabel desde entonces y todo el tiempo recibía la misma respuesta: que ella nunca pudo superar todo lo que le pasó al cuerpo de Perón. Entonces yo decía “¿las manos?”. “No, no, todo lo que le pasó al cuerpo de Perón”, me respondían. Eso por un lado. Después, yo soy de juntar cosas viejas. Hace tiempo que venía buscando un ejemplar original del diario Noticias del 2 de julio del ‘74. En esa tapa, que escribe Walsh y que consigo finalmente, hay una frase que me parecía increíble sobre la muerte de Perón: “la noticia tardará en volverse tolerable”. Con todo eso en un momento pensé que había que seguir dándole vueltas algo al cuerpo de Perón, a su muerte de Perón, al silencio de Isabel. Sobre si el país lo toleró. No lo toleró. Lo superó, no lo superó. Y empecé.
– En ese camino, decidiste que este, como los dos anteriores, iba a ser una novela de no ficción. ¿Cómo describirías a este género?
– Sé que hay un amplio mundo de opiniones respecto al periodismo narrativo y todas sus derivaciones. Justo venía escuchando un podcast donde habla Leila Guerriero. Ella lo llama “periodismo narrativo”, pero la entrevistadora le dice “periodismo corpóreo”, “periodismo de sentidos”, incluso habla del “uso de recursos narrativos”. No lo tengo tan claro o no sé bien cómo se arman esas fronteras. En todo caso creo que son maneras de contar. Sí pienso mucho, cuando escribo, en el pacto de lectura con el lector. Y ahí trato de ponerme generoso con la extensión de los capítulos, con la extensión de las escenas. Por otra parte, nunca parto de un hecho que no exista. Siempre parto de un hecho que existió, que fue un hecho real. No uso la palabra “verdad” porque también en estos días estoy pensando un poco sobre qué es la verdad. Y no te digo esto en relación a lo que hoy se llama posverdad, más bien porque me interesa pensar en la verdad en un libro en el sentido de lo que pasa ahí dentro, en lo que el lector cree que sucede. Por eso creo que esta es una novela de no ficción, una novela histórica de no ficción. A la vez, trato de poner mucho ritmo en lo que escribo. A veces pienso que influye mucho mi laburo histórico en la calle con cámaras, con recorrido, con territorio. Y con el hecho de mirar, ¿no? Walsh decía esto de que escribir es escuchar. Y me parece que también escribir es mirar y encontrar ahí un punto para poder contar.
– El libro empieza con un relato de las últimas horas de Perón, en un ámbito muy cerrado como la Residencia de Olivos. ¿Cómo reconstruiste eso?
– Mirá, a mí siempre me interesa la contracara de lo que en general se cree que pasó o que fue. Si se quiere, Perón es uno de los políticos más encumbrados de nuestro siglo XX, y quise pensar cómo alguien súper poderoso cómo él transita su vulnerabilidad. Ahí tomé el riesgo de escribir ese primer capítulo, en el que la verdad dudé mucho, desde los ojos de él. Con él viendo su muerte y cómo se va apagando su vida. Después, lo que se cuenta, sucedió así. Él pasó varios días encerrado en esa habitación de Olivos. Incluso varios días sin Isabel y sin (José) López Rega porque estaban en una gira por Europa. Y estaba solo. Perón muere un poco en esa soledad, si bien es un presidente que muere en el centro del poder como es la Quinta de Olivos, muere en esa soledad. Después, a la hora de escribir, no fue tan difícil acceder a esos últimos minutos básicamente porque Perón muere rodeado de siete médicos muy jóvenes entonces, que eran médicos del Hospital Italiano. Cuando digo jovencitos digo personas de 23, 24, 26 años. Pude entrevistarlos a tres de ellos que viven. También hablé con dos de las enfermeras y hablé con otra fuente política, que me pidió no identificarla. Así que, a 52 años de la muerte de Perón, hay todavía mucha gente viva que vio el final.
– Contás en el libro que en esa habitación había cables y un sistema para escuchar lo que pasaba. No sé si quedaron esas grabaciones o qué pasó con el material.
– Ese es un dato espectacular. Hay un cable desclasificado de la CIA que lo menciona. Y a eso la CIA llega a través de la información que le dan fuentes del entorno de Perón. Porque sí, dentro del entorno de Perón había personas que hablaban con la CIA. Esto tiene que ver con López Rega. Tanto en Puerta de Hierro como en Olivos él había decidido poner un sistema de micrófono de alta sensibilidad, ubicado entre las pertenencias que Perón solía tener en su mesita de luz. Ese micrófono, según varias fuentes me confirman, replicaba lo que pasaba en esa habitación y lo conectaba con una suerte de parlante que tenía López Rega en su cuarto. Algunos creen que era un sistema similar a lo que hoy conocemos como baby call para los bebés. López Rega estaba muy obsesionado con que los médicos supieran escuchar la manera en que Perón respiraba, ¡como si los médicos no supieran darse cuenta si en esa respiración podría haber alguna afección pulmonar! Así que ese sistema existió. Lo que nadie me pudo confirmar es si quedaron en algún lugar grabaciones de esos audios.
– Después de esa intimidad, vienen los funerales que, a diferencia de lo anterior, se dan en público, con multitudes yendo a despedirse. Ahí reconstruís los preparativos, los tironeos y la decisión que tienen que tomar cuando van pasando las horas y el cuerpo empieza a descomponerse.
– Sí, después de la muerte de Perón empieza una disputa, un tironeo por ese cuerpo. Quizás el primer tironeo simbólico lo tiene el pueblo. Es decir, el pueblo con su presencia en las calles logra que ese velatorio popular se estire y por la cantidad de gente que había adentro no había manera de cerrar el velatorio. Entonces Casa Militar les pide a los médicos que hicieran algo con el cadáver. Quien estaba justo en ese momento era el doctor (Alberto) Tamashiro, que hoy está jubilado y con los años terminó convirtiéndose en un hemodinamista muy prestigioso, Él es el que intervino: pidió que le fueran a buscar algunos elementos al Hospital Italiano. El velatorio se cerró por unas tres horas, y es ahí cuando a Perón le inyectan una solución química de formol con agua destilada. Esto involuntariamente hace que el cuerpo se convirtiera en una figura de piedra. Lo momificaron, de alguna manera. No lo embalsamaron, que es otro proceso muy distinto. A partir de ese momento empieza a aparecer la disputa del cuerpo. Ese velatorio fue multitudinario, se hizo en el Salón Azul del Congreso. Ahí pasaba el pueblo a mirar y ahí estaba Isabel, que cada dos por tres que iba a secarle un poco el rostro. También estaba López Rega. Por ahí pasaban los ministros. Por ahí pasaba la política. Pero básicamente en ese momento el cuerpo era del pueblo. Algo que me interesaba en este libro, con el laburo en la hemeroteca y por ahí para amargarme por cómo laburamos hoy en día, fue rescatar cómo cubrieron los cronistas de la época todo esto. Ahí está Walsh con esa tapa de Noticias. Ahí está Tomás Eloy Martínez, en La Opinión, con una reconstrucción increíble de lo que fue el velatorio. Y ahí hay una figura de un periodista que se llamaba Heriberto Kahn, un tipo que tenía muy buenos vínculos con la Marina, que es el tipo que después se lleva puesto a López Rega con un par de investigaciones para el diario La Opinión. Después no quedó, pero en un momento el libro tenía diálogos entre Walsh y Tomás Eloy. A mí me interesa mucho el vínculo entre ellos porque creo que representaban ideas distintas, pero con una rigurosidad muy parecida. Y bueno, Tomás trae mucho a Walsh en Santa Evita. De hecho lo culpa de haberlo contagiado con la obsesión de la búsqueda del cadáver de Evita a partir del cuento Esa mujer.
López Rega estaba muy obsesionado con que los médicos que lo trataban supieran escuchar la manera en que Perón respiraba
– Siguiendo el relato, después planteás otra etapa, que es la de la cripta en la Quinta de Olivos, donde también van a llevar los restos de Evita. Ahí, también, empiezan estos comentarios o rumores sobre que se escuchan ruidos extraños.
– Sí, a fines del ‘74 Isabel, López Rega y todo el gobierno empezaba a mostrar lo que finalmente fue, un gobierno con mucha falencia de gestión. En paralelo había mucha violencia política en la Argentina, mucho quilombo económico. Entonces sienten que tienen que dar un golpe de efecto. Y ese golpe de efecto, más el sentimiento de un Perón solo en Olivos, los lleva a tramar una operación súper secreta para ir a Puerta de Hierro a buscar los restos de Evita que habían quedado ahí en un altillo, tras la devolución que los militares habían hecho en el ‘71. Dijeron “Traigamos el cadáver de Evita y que estén juntos”. Para eso se arma una operación de inteligencia para llevar adelante ese viaje, se miente con el destino del avión que se usa. Isabel misma rosquea con sus amigos del franquismo porque un avión con López Rega y treinta tipos sacando un cuerpo de España iba a levantar sospechas. Finalmente traen el cuerpo y contratan a un tipo que se llama Domingo Isaac Tellechea, un escultor que completa el trabajo que había hecho Pedro Ara con el cuerpo de Evita. Ahí quedan entonces los dos en la cripta. Sobre los ruidos, son comentarios que surgen primero entre los miembros de Casa Militar que cuidaban la cripta y algunos trabajadores de la Quinta y, después del golpe, de parte de los soldaditos del Ejército que pusieron a custodiar también. ¿Eran ruidos extraños? ¿Eran grillos? ¿Era el viento? ¿Era la imaginación de ellos? La verdad es que no se sabe, pero es lo que le sirve a la esposa de Videla para pedir que los retiren de ahí. Lo que pasa es que con esto se abre la pregunta, es el ruido de la época también.
– ¿Cómo es la negociación entre la dictadura de Videla y las familias de Perón y Eva para sacarlos de Olivos?
– Videla nombra a un tipo de absoluta confianza, de apellido Cerdá, que era como un auditor general del gobierno militar, y la persona que intelectualmente les servía como de cierto soporte normativo de algunas decisiones. Él es el que arma como un grupo de tareas con las dos misiones para no levantar polvareda y sacar esos dos cuerpos de ahí. Se hace en dos operativos. Por un lado, había mucho miedo sobre si llevarla a Evita a la bóveda familiar en Recoleta porque eso iba a demandar agudizar la seguridad del cementerio. Lo mismo con Perón en Chacarita, fue todo en la clandestinidad, sin hacer mucho revuelo. De hecho revisé y en algunos diarios de la época recién publican algo de información veinte días después. Creo que el tema también se diluyó en el miedo de la dictadura, ¿quién iba a ir con un bombo al cementerio, a Chacarita o a Recoleta?
– Cambiando brutalmente de década y yendo a los 80 se registra el robo de las manos de Perón. En el libro hacés un repaso detallado sobre cómo era esa tumba familiar, cómo fue la profanación. Es un episodio realmente muy extraño.
– Sí, es muy extraño. El otro día una colega me decía que hay cierto inverosímil en la historia argentina. Pero el hecho concreto sucedió. No está nítido cuándo, de qué manera exacta, ni quiénes fueron. Sí está nítido que sucedió. Podrían haber sido esos “mismos de siempre” que menciona Isabel, pero ni siquiera es nítido si viene por el lado de la derecha o de la izquierda. Sí ocurre, con el paso del tiempo, que empiezan a aparecer algunas cuestiones en la causa judicial que vinculan al episodio con sectores de inteligencia militar, especialmente del Batallón de Inteligencia 601 que tuvo un desempeño muy fuerte durante la dictadura. De lo que se pudo reconstruir judicialmente se sabe que cerca del 29 o 30 de junio del 87, alguien se mete en la bóveda de la familia Perón y se mete con uno de los famosos juegos de 12 llaves. Logran sacar el cuerpo, sin abrir mucho el cajón, aunque hacen un agujero y rompen la madera de cedro. También rompen un cobertor metálico que tenía y amputan o cortan las manos de Perón. Eso sucede. También se comprueba que roban un poema que le había escrito Isabel y estaba en la tumba y que ese poema reaparece cortado en tres partes cuando los profanadores vuelven a manifestarse tiempo después. Por eso, con el Batallón 601 activo, aunque con un funcionamiento distinto del que tenían en la dictadura, hay varios episodios opacos. Por eso digo que el robo de las manos de Perón para mí es uno de los enigmas más sustanciales de la historia argentina hasta el día de hoy. Es un tema abierto. Y está relacionado con algo que ya había ocurrido con las desapariciones durante la dictadura. Es que en este país hay sectores conservadores que siempre han tenido una obsesión por los cuerpos peronistas. Con apropiarse de ellos. Como si la apropiación de los cuerpos peronistas deviniera en la apropiación del poder. Cuando roban el cadáver de Evita es el Servicio de Inteligencia del Ejército y ese coronel que Walsh bien describe en Esa mujer el que se encarga de la misión con la que después enloquece. Cuando le devuelven a Perón 18 años después el cuerpo de Evita es el coronel Cabanillas el que le toca la puerta, que también era de Inteligencia. Cuando tienen que sacar los cuerpos de Eva y Perón de Olivos porque la esposa de Videla dijo “yo no voy a convivir con esos mugrientos”, el propio Videla le encarga la misión a un integrante del Ejército con muy buenos vínculos con la inteligencia.
El robo de las manos de Perón para mí es uno de los enigmas más sustanciales de la historia argentina hasta el día de hoy. Es un tema abierto. Y está relacionado con algo que ya había ocurrido con las desapariciones durante la dictadura.
– Hacia el final del libro contás el traslado de los restos de Perón a la quinta de San Vicente en 2006 y los disturbios posteriores. Son hechos más cercanos en el tiempo, ¿te tocó cubrir eso como periodista? ¿Cómo lo analizaste veinte años después?
– Sí, me tocó transmitirlo en vivo todo, incluso cuando apareció Madona Quiroz. El libro abre con el pueblo disputando ese cuerpo para poder venerarlo y cierra con los trabajadores, una vez más, disputándose la cercanía a Perón. Tal vez, la tristeza del ‘74 y algo del silencio de entonces deviene en ese bullicio de San Vicente. En esos tiros medio devaluados también, porque si lo pensamos como una reedición de Ezeiza, acá apenas vemos a un sindicalista que custodiaba a Pablo Moyano que saca un revólver y dispara contra otra persona de la UOCRA. Quizás también sea una especie de reflejo o una grieta dentro del peronismo que posiblemente desde ese tiro hasta acá se haya ensanchado tanto que hoy lo lleva a tener que disputar nuevamente sus liderazgos.
– Sos joven pero, por tu trayectoria en los medios, viviste una etapa bastante analógica. De hecho contabas que te gustan los archivos, juntar papeles, indagar en hemerotecas. ¿Cómo atravesás este tiempo que es digital, que te lleva a mostrar en poco tiempo en un reel tu trabajo?
– La verdad es que me quedo mil veces más con el mundo analógico. El mundo digital me angustia sobremanera. Sin caer en lugares comunes de cosas que escuchamos todo el tiempo, siento que lo digital es una nueva forma de la esclavitud y no tengo claro bien a dónde va. Sí tengo claro que atenta contra algo que es sumamente valioso, que es la atención y la concentración. Y con esto no me refiero solamente a lo laboral, me preocupa esta especie de invasión que tenemos que me lleva a preguntarme cómo se construían los vínculos humanos hace 50 años y cómo los construimos ahora, en base a qué calidad de tiempo y de disposición y de entrega. Y creo que eso replicado en el tiempo va a dar error y va a llevarnos algo que es feo. A todo esto, cuando eso estaba empezando a angustiarme, llega la inteligencia artificial. Pero bueno, intento convencerme de que la inteligencia artificial es una oportunidad para volver a depositar esperanza en el ser humano, que creo que se había perdido un poco. Las herramientas tecnológicas son bienvenidas porque no es que soy un necio, obviamente. Cuando llegó internet, también había miedo y preocupación y con el tiempo se incorporó. Pero, ahora, no sé, creo que a las máquinas las tenemos que manejar los humanos y no ellas a nosotros.
– Por estas horas, varias noticias involucraron a periodistas. Leía hace un rato una nota de Martín Rodríguez Yebra, en La Nación, que da cuenta de unos mil insultos o cuestionamientos al periodismo por parte del presidente el fin de semana de Pascua en Twitter. Acaban de anunciar que dieron de baja algunas acreditaciones de periodistas con acceso a la Casa Rosada. ¿Cómo analizás este oficio en este contexto?
– Es muy difícil. Por un lado, creo que desde hace un tiempo el periodismo está como en un permanente ultimátum. Y esto pasa no solo por el ataque sistemático de quien hoy detenta el poder. Creo que también está en un ultimátum por la precarización laboral que hay, por el pluriempleo. Volvemos a lo de antes: si hay algo que tenía el periodismo en otros tiempos era su deber de pensar, de interpretar, de acercarle algo a la gente. Si esa actividad está agobiada por el pluriempleo y por el bullicio permanente que viene del poder, lo que atravesamos es una doble amenaza. Por eso me parece que no es solamente un presidente que, en vez de trabajar, pasa gran parte de las horas del día retuiteando insultos, sino que también estamos afectados por la precarización y la degradación del salario de los periodistas. Son cosas que van de la mano y atentan directamente contra la libertad de expresión.
AL/MF
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