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Isol y el desafío de ilustrar a Julio Cortázar en pandemia: “Cuando sos más grande no sentís tan lejanas sus zonas oscuras”

En el libro "Animalia", la artista gráfica Isol ilustró una selección de cuentos de Julio Cortázar.

Hay cocodrilos que irrumpen en fotos antiguas, conejos hechos de papeles arrugados, canillas que se convierten en la cara de un oso, camellos que se meten adentro de juguetes. Solo se necesita mirar con atención. Con una atención plástica, con una intención lúdica. Cuando le propusieron ilustrar cuentos de Julio Cortázar, la artista visual argentina Isol primero dudó: le gustaba el reto, pero no sabía si iba a conseguir plasmar en imágenes todo lo que ella recordaba de esos relatos, llenos de bestias a veces muy concretas y a veces imperceptibles. Pero se puso manos a la obra y, durante el confinamiento más estricto en los días en los que la pandemia paralizaba al mundo, releyó primero y luego buscó, con distintas técnicas, acompañar los veintiún relatos que hoy componen la versión ilustrada de Animalia (Alfaguara, 2022), un conjunto de cuentos con una fauna particular recopilados por Aurora Bernárdez, la albacea literaria del escritor argentino.

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“A mí siempre me gustó mucho Cortázar. Y me pasó que, mientras fui haciendo esto, me di cuenta cuánto tenemos en común. Por un lado él es una referencia en mi trabajo y también hay elementos que tengo en común en cuanto a una cosa medio corrida, en cierto extrañamiento de lo cotidiano, en eso de poder también jugar con los lugares comunes del lenguaje de la gente. En eso de encontrar lo fantástico en una situación que parece que no o de buscar un poco ese otro lado que no se ve”, señala por videollamada la ilustradora ante elDiarioAR. En efecto, las historias que exhibe Isol en sus libros más conocidos y celebrados tanto por niños como por adultos (entre otros, Tener un patito es útil, El globo, La bella Griselda) se combina eso que parece natural o de todos los días con lo inesperado, con lo fantástico. También en los distintos proyectos musicales que encaró: desde la banda electropop Entre Ríos, hasta el dúo experimental que integró con su hermano, el luthier y músico Zypce.

Ganadora del Astrid Lindgren Memorial Award, un premio considerado como el equivalente del Nobel para la literatura infantil, y con publicaciones editadas por todo el mundo, la artista necesitó encontrar una clave, “una idea englobadora” en las historias del autor de Bestiario y a partir de ese momento pudo avanzar para ofrecer un libro inquietante, tanto desde las palabras como desde la imagen.

“De pronto pude percibir que Cortázar en muchos de sus cuentos muestra una fachada, algo detrás de la realidad, o mejor dicho cosas que pueden estar escondidas en esa misma realidad. Bueno, de alguna manera eso es el cuento fantástico. Y esto se aplica a todo: a las personas, a nuestra visión del mundo. Siempre hay algo. Entonces en este libro pensé en jugar con algunos objetos que son reales pero medio extrañados dentro de su espacio. Me gustaba esa cosa de que vos podés percibir algo, pero no está o en todo caso no sabés si está”, afirma.

Vos tenés un universo muy personal y a la vez te ibas a meter con la obra de un autor que también lo tiene. Una vez que aceptaste el desafío y releíste los cuentos, ¿cómo pensaste tu rol?

Cuando vos como ilustrador te relacionás con un texto tenés que encontrar un punto de diálogo en el que te sumás a la propuesta del autor y a la propuesta del texto. El ilustrador se acerca quizás a lo que suele hacer el lector ¿no? Para pensar qué es la evocación que quiere hacer la otra persona, qué sensación te quiere dejar. Me sentí muy libre, en este sentido. Por suerte lo primero que propuse le gustó primero a la editorial y después a los herederos de Cortázar. Les gustó la idea de conectarse un poco con la parte más vinculada con el humor y también la parte tierna que tiene Cortázar. En definitiva fue buscar en algo cotidiano para verlo con una lente deformada. Como hace por ejemplo en el cuento Cefalea. Ahí él trabaja un libro de homeopatía y describe toda una situación muy angustiante en cada uno de sus personajes. Yo misma empecé a hacer asociaciones con cosas que veía y de pronto ahí usé frasquitos que tenía de cuando yo misma alguna vez fui por el lado de la homeopatía. Después es como que el propio objeto te va llevando a estar encerrado, entonces decidí poner todo eso en una caja. Probé miles de opciones, agarré hueveras y las metí con globos. Todo hasta que alguna cosa te lleva a pensar “esto va a comunicar algo que es interesante”. La verdad es que son angustiosos varios de los cuentos. Y leyéndolos durante la cuarentena, de pronto noté que algunos eran mucho más angustiantes que cuando leí a Cortázar de adolescente. Quizás porque, cuando sos más grande no sentís tan lejanas sus zonas oscuras.

Cortázar es una referencia en mi trabajo y también hay elementos que tengo en común en cuanto a una cosa medio corrida, en cierto extrañamiento de lo cotidiano, en eso de poder también jugar con los lugares comunes del lenguaje de la gente.

En la mayoría de los relatos aparecen, se traslucen o se perciben animales. ¿Cómo era tu vínculo con lo animal y qué te pasó al tener que incorporarlo en este proyecto?

Yo creo igual que este libro es de animales, pero también es muy de personas. Y yo hice un montón de libros que muestran relaciones de animales y niños. Perros con elefantes o un niño que se convierte en gato, por ejemplo. En ese sentido hay muchas cosas que no me resultan nada ajenas. Los animales son muy fascinantes. Eso de no saber si piensan, qué piensan, eso de que se supone que viven un eterno presente. Siempre me llamaron la atención esas cosas que tienen los animales, como los gatos, de pronto, que cuando se van a morir se esconden. Hay mucho muy desconocido del mundo de los animales. Y a la vez nosotros somos animales también de alguna forma. No sé, todo lo que es de la naturaleza para mí es algo muy increíble. Nosotros mismos somos increíbles, que vivamos con esta forma, con este cerebro. Cualquier ser vivo, si uno se pone a mirarlo, es como un universo de posibilidades. 

¿Pensaste en un público puntual a la hora de planear estas ilustraciones?

Sabés que no tengo muy claro nunca nada en ese aspecto porque en mis propios libros tampoco sé. Pienso que en este caso al libro lo va a ver gente grande. Pero en general me pasa que tengo que tener un código en común con el lector al que quiero hablarle. Muchas veces sí trabajo pensando que con mis libros lo pueda pasar bien un adulto y un niño leyendo juntos. En esto caso pienso en alguien que lea los cuentos de Cortázar, y sin dudas son cuentos que por lo general se leen a partir de la adolescencia. Pero a mí me encanta en general relacionarme con textos y contar historias. Entonces es como medio natural que si la historia va para un lado yo voy a ir para donde va la historia. Entonces vamos juntos, el cuento y yo. Quizás hay gente que no entienda por qué yo hice algún dibujo para algún cuento, pero bueno, la gracia también es sumar algo que no sea lo mismo que ya está en el relato. Además sería imposible hacer lo mismo y que eso fuera interesante como propuesta gráfica. La ilustración siempre es una opinión, es una opinión gráfica de la lectora que soy yo sobre el material.

Decías que este proyecto surge en un momento inicial de la pandemia, en 2020. ¿Cómo atravesaste desde lo laboral y desde lo creativo estos tiempos tan extrañados, tan raros, tan novedosos?

Por un lado siento que decantó un poco mi trabajo y que pude producir mucho porque tenía menos cosas que hacer. Aunque estaba en casa con los nenes, al no salir la rutina se hizo un poco más simple. Después me di cuenta de la necesidad de estar siempre en un proyecto para que la cabeza no se te vaya a la mierda. A mí me ayudó un montón tener algo que hacer, porque además me ordenaba el día. De hecho, trabajé en otros dos libros, que presento en la Feria del Libro. Uno es La costura (Fondo de Cultura Económica, 2021) que lo hice en paralelo a Cortázar, y otro que hice también en 2020 y se llama Se siente un perro sentado (Ojoreja, 2020) que es un texto de David Wapner, un poeta argentino que vive en Israel. Entonces me fueron ofreciendo y fui aceptando cosas. Por suerte justo antes de la cuarentena nos habíamos ido a nuestra casa de campo que está cerca de San Miguel del Monte y pasamos ahí ocho meses: ahí me hice mi tallercito, me iba comprando por correo las cosas para laburar. Y nada, era como una vida mucho más simple en un sentido. Pude seguir laburando afortunadamente y eso me ayudó también a transitar situaciones que no estaban buenas. ¡De alguna manera tener algo para hacer que te gusta te sana tanto! Y encima eso, en este caso fue conectarme con desafíos que vienen de afuera. 

¿Creés que algo de la angustia de esa inquietud mundial que atravesamos sobre todo durante esos primeros meses pandémicos se puede meter en algo de lo que vos hacés de alguna forma?

Bueno, en esos días que empecé a releer a Cortázar dije “esto es terrible”. Y antes yo no pensaba eso. Por ejemplo, leí el cuento Axolotl y dije “esta persona tiene un problema mental tremendo” (risas). Qué sé yo, todo estaba más sensible. Yo siento que tenía, y tengo todavía, menos resistencia a los bajones. Me pasó que justo se murió gente de mi familia, no por Covid, pero en situaciones muy incómodas todas y todo muy abrupto. Entonces de algún modo me servía estar haciendo esto, salían algunas cosas más allá del dolor. Cuando yo trabajo me permito un lugar que abre mundos. Porque el arte me parece que habilita espacios en los que algo se destraba, porque uno está usando su espíritu y su cerebro para trabajar. Entonces salen las cosas y a mí me ayuda mucho también el sentimiento de estar haciendo algo y terminándolo. Obviamente cuando estás en este laburo te hace bien y te ayuda a salir del cotidiano o de la tele, que todo el tiempo te está diciendo cuántos muertos hubo. Es realmente nocivo estar todo el día en contacto con los medios, o con un presente que tampoco es quizás tu presente real. Porque es un presente en donde todo decanta por lo más terrible. 

Hablabas de proyectos en los que viene una propuesta externa. ¿Qué pasa cuando es al revés, cuál es el primer paso para decir “bueno, esto es lo que yo quiero contar en este libro o hacer en este proyecto”? ¿Tenés estudiado eso o es distinto cada vez?

Lo primero es que digo es “tengo ganas de hacer un libro”. Y ese deseo empieza a buscar por dónde. A veces estoy con el cuaderno, escribo cosas, miro y dibujo bastante. Me pasa que al dibujo realmente lo controlo menos que a las palabras, como que baja directamente. Estás jugando con la lapicera y aparece un personaje, aparecen cosas. Después empieza una asociación más libre y después aparece quizás un texto. Mucho tiempo después siempre me doy cuenta de que yo estaba diciendo cosas que me importaban en esos momentos, que se me ocurrió eso y no otra cosa porque pasaba algo. Pero lo primero es como si dijera “bueno, ahora voy a abrir el canal a ver qué pasa”. A veces también busco cosas viejas, proyectos, tengo carpetas llenas de dibujos. Lo fomento también porque para eso están las técnicas. Y en un momento empieza a salir algo que no es el cotidiano directo. A veces esto aparece probando algún material. Alguna vez dije “quiero hacer un libro con estos pasteles flúo”. Y pensé, “¿qué tipo de historia iría con un pastel flúo?”.  Así salió mi libro Nocturno que es un libro que brilla en la oscuridad. Después fue preguntarme qué se podía hacer con algo que brillaba en la oscuridad y eso me llevó a encontrar esa historia. Y ahí está el deseo. Lo que me pasa después es que siento que si a mí me divierte o a mí me entusiasma a alguien más le va a entusiasmar. Hasta ahora funciona (risas). 

En los últimos tiempos, uno de tus personajes más célebres, Petit, llegó a la televisión como personaje animado en una serie que se emite por el canal infantil Paka Paka y también en otros países. ¿Qué implicó para vos esto y cuál es tu rol mientras la serie sigue teniendo más y más capítulos?

¡Petit está muy bien! Estamos terminando la tercera temporada. Me encanta porque es un proyecto donde trabajan un montón de personas. Yo superviso guiones y dibujos, pero los textos los hacen cincos guionistas. Además parte de la producción y la animación se hace en Chile en una productora que se llama Pájaro. Es toda una aventura porque todo el tiempo aparecen cosas que a mí no se me hubieran ocurrido. A los chicos se les ocurren unas ideas que son buenísimas y discutimos mucho acerca también de cómo plantear ciertas ideas. Porque no queremos tener una moraleja en la serie. Y, en ese sentido, la historia sigue siendo muy coherente con las cosas que yo hago. Ahora estamos pensando en tomar algunos capítulos para volverlos libro. Sería hacer el camino inverso. Estamos viendo cómo quedaría. Pero el material es tan hermoso y son un montón de cuentos porque ya llegamos a los 64 capítulos. Son esas cosas que si fuera por mí no sé si se dan, ¡soy re quedada! (risas). Cuando me lo ofrecieron dije “¿para qué?, ¿les parece con un libro que tiene 32 páginas? Por suerte hay gente con un vuelo que yo no tengo en ese aspecto. Siempre aporta más estar con otros, es como darle fertilizante a una idea.

¿Sabés qué opina el público de Petit en la tele?

Los nenes quieren mucho a la serie y a los personajes. Y creo que es porque Petit es un nene que también se preocupa, que también se angustia, que es muy curioso y que quiere ver más o saber justamente sobre lo que no le están diciendo. Es muy difícil a veces escribir la serie porque es un nene, no tiene poderes, ni nada. Pero justamente el que sea más un nene que en otras series es lo que lo hace más interesante. A veces me dicen mis personajes se preocupan mucho (risas). Y a mí me interesa cuando hay un tipo de preocupación, porque en realidad ahí sale el conflicto que es el que mueve las historias. En la mayoría de mis libros y en proyectos como Petit hay algún tipo de angustia o de conflicto que hay que resolver y eso te lleva a encontrar soluciones diferentes que implican una investigación, que implican un proceso que es tanto salvador como de crecimiento.

Cuando yo trabajo me permito un lugar que abre mundos. Porque el arte me parece que habilita espacios en los que algo se destraba, porque uno está usando su espíritu y su cerebro para trabajar.

¿Y la música? ¿Tenés algún proyecto musical dando vueltas?

Yo siempre tengo muy presente la música. De hecho, en todas mis participaciones durante la Feria del Libro voy a cantar. Trato de inventar algo musical o para tocar en los eventos que van surgiendo. Porque no tengo en este momento un proyecto de banda sostenida en el tiempo, lo que tengo es más bien proyectos que aparecen en colaboración. Durante 2020 hicimos canciones y en marzo de ese año presentamos un mini show para un festival que era en streaming y que quedó muy lindo que se llamó Pequeño concierto en casa. Yo voy fluyendo, viendo por dónde puede pasar el agua. Cuando me emperré en que quería tener una banda la tuve con mi hermano. Estuvimos ocho años, pero hay un momento en que las cosas cambian, la gente se mueve. Y la idea de una banda por lo general es que sean siempre los mismos. Y que hay que tocar, y hay que ensayar y si no lo hacés de alguna manera es como que se muere la banda. Qué sé yo, está bueno también, pero hay que mantenerlo. Nada, como una pareja.

AL

Isol en la Feria del Libro: la autora presentará Se siente un perro sentado, junto al poeta David Wapner, el martes 10 de mayo a partir de las 18.30. Luego firmará ejemplares en el stand 629. El 12 de mayo presentará La costura a las 18.30 con una lectura y canciones a su cargo y también firmará ejemplares en el stand de Fondo de Cultura económica. Por último, también participará de una "lectura musical" de La costura, el sábado 14 de mayo a las 17, en el stand del Ministerio de Cultura.

AL

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