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Literatura

Joan Didion aborda las dudas sobre la maternidad en sus diarios inéditos: “Usted no cree que pueda amar sin preocuparse”

La escritora Joan Didion

Cristina Ros

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La noticia saltó a principios de año: poco después de su muerte, encontraron unos documentos inéditos en el estudio de Joan Didion (Sacramento, 1934-Manhattan, 2021). Entre estos papeles había un diario que recoge las sesiones con el psiquiatra Roger MacKinnon, un “freudiano de la vieja escuela, un firme defensor de la terapia de conversación” al que visitó desde finales de 1999 hasta al menos el año 2012, aunque los textos detallan sobre todo el comienzo, a lo largo del año 2000. Gracias a la voluntad de los herederos de la autora, ahora ven la luz por primera vez.

Apuntes para John (Random House, 2025, trad. Gabriela Elena Castellotti) consta de una serie de informes en los que detalla las sesiones con el doctor acompañándolas de reflexiones, que Didion dirige a su marido, el también escritor John Gregory Dunne (Hartford, 1932-Nueva York, 2003). Juntos habían adoptado a su única hija, Quintana, en 1966, recién nacida. Es la preocupación por ella lo que llevó a Didion al psiquiatra: Quintana, que sufría adicciones y tenía dificultades para encarrilar su vida como adulta, asistía a terapia a su vez con otro médico y le pidió que comenzara a acudir ella también. Didion, además, temía que su hija pudiera suicidarse.

Al pensar hoy en la célebre escritora y periodista, resulta inevitable ligar su vida con la tragedia: en apenas dos años perdió a su marido y a su hija, experiencias que inspiraron sus libros más conocidos, El año del pensamiento mágico (2006), una obra fundamental de la literatura del duelo, y Noches azules (2011). En el momento del inicio de la terapia, aún faltaban unos años para que eso ocurriera (John Dunne murió en diciembre de 2003; Quintana, en agosto de 2005), de modo que la Didion de Apuntes para John está en una etapa diferente, no exactamente con esperanza (siempre fue muy escéptica), pero aún no marcada por la desdicha, acompañada por sus seres más queridos.

Por aquel entonces, el matrimonio Didion-Dunne se acercaba a los setenta años, tenían a sus espaldas una importante carrera periodística y continuaban escribiendo guiones para el cine –estaban detrás de filmes como Pánico en Needle Park (1971) y Ha nacido una estrella (1976), entre otros–, que les proporcionaban la mayor parte del sustento. Su hija, por otro lado, era una treintañera emancipada que trabajaba en una revista, pero soñaba con ser fotógrafa y tenía talento para ello. Pese a no vivir ya con los padres, aún dependía de ellos; y la insatisfacción profesional, sumada al abuso del alcohol y las derivas depresivas, la convirtieron en una adulta disfuncional. Dejó su empleo.

En principio, Didion acude al psiquiatra por su hija, pero, como suele ocurrir, la terapia, y por consiguiente estas anotaciones, termina versando sobre ella, en concreto sobre ella como madre, aunque a lo largo del proceso explora otros episodios, como el cáncer de mama que padeció y sobre el que no contó nada a sus allegados hasta cinco años después, o sus propios trastornos de salud mental, de los que en algunos pasajes incluso detalla la medicación. Teniendo en cuenta que para su generación no era fácil admitir estos problemas, este testimonio, con este grado de honestidad (son unas confidencias a su marido, al fin y al cabo), tiene un inmenso valor, más aún por la calidad de su escritura, siempre sagaz y penetrante.

Romper el cordón umbilical

Según el psiquiatra, Quintana no logró convertirse en una adulta funcional: no se trata solo de cumplir años ni de marcharse de la casa de los padres, también es necesario encauzar el rumbo, enfrentar sus miedos y desprenderse de la adicción que la constriñe. Cree que heredó un trauma a través de la madre. Didion, que admite haber sentido inseguridad desde siempre en cuanto a la crianza –tiene una de esas personalidades que anticipan los obstáculos: “En su mente la preocupación está mezclada con el amor. Usted no cree que pueda amar sin preocuparse”–, podría haber contagiado esos temores a la hija, que por eso sería incapaz de autoafirmarse y soltar amarras.

Se habla también de la conexión entre madre e hija. El matrimonio la educó con la distancia con la que los criaron a ellos; no hay duda de que están pendientes de ella, pero esto crea ciertas dificultades de entendimiento. En este sentido, se señalan algunos sucesos en la familia que se trataron con la misma mesura, como la muerte de una prima muy querida para Quintana. De manera inconsciente, se tratan los unos a los otros con distancia, pero tal vez no sea lo más recomendable. Por otra parte, el doctor recalca la importancia de que padre y madre ejerzan como figuras independientes para la hija, para que pueda establecer una relación particular con cada uno (es posible que con uno sienta más confianza para determinados temas, y viceversa). Se podría decir que están haciendo terapia familiar, aunque John solo participe de forma puntual.

Sobre la depresión y la sombra del suicidio, el médico aconseja a Didion que sea sincera con Quintana y no evite el asunto, que le exponga tal como lo siente el daño que le haría de llevarlo a cabo. Según el doctor, las personas en riesgo de quitarse la vida creen de verdad que sus seres queridos vivirán mejor sin ellos y es necesario recordarles cuán importantes son para sus familias y amigos. Discuten acerca del componente genético y el social-cultural. Esto lleva a abordar, por supuesto, la adopción y un acontecimiento que sin duda afectó a la joven unos años atrás, cuando su familia biológica contactó con ella.

El expresidente Barack Obama otorga la Medalla Nacional de Humanidades a Joan Didion

En cuanto al alcohol, se analiza el cambio de costumbres en el consumo –para la generación de Didion no se consideraba problemático– y se pormenorizan algunos aspectos del funcionamiento de Alcohólicos Anónimos, a cuyas reuniones acude la propia Didion por petición de su hija. Por ejemplo, aun admitiendo su utilidad, a Didion no la convence que la organización esté tan encerrada en sí misma, que recomiende a sus asistentes alejarse del mundo exterior y de algún modo limite su identidad a la de “alcohólico”, una opinión con la que el psiquiatra coincide.

Trabajo, dinero, independencia

Teniendo en cuenta que el dinero suele ser un tabú, es llamativa la transparencia con la que médico y paciente se refieren al tema. El psiquiatra es rotundo: ellos, como padres, deben mantener a su hija para que pueda prepararse para encarrilar su carrera. Didion explica que, aunque lo hacen con mucho gusto, resulta incómodo hablarlo con ella, plantearse cuánto, con qué frecuencia. Además, a medida que pasa el tiempo y al ver que la hija no evoluciona, cambia de enfoque: aunque ellos estén ahí para cualquier eventualidad, deben conminarla a trabajar, o no será nunca una mujer independiente.

El trabajo es fundamental, porque según el médico y la propia Didion otorga seguridad en uno mismo. Cuando es vocacional, más todavía, pero aun así el doctor recalca que debe aceptar cualquier empleo que le permita subsistir mientras no encuentre nada de lo suyo. Didion, trabajadora abnegada, a menudo saca a colación su actividad: para ella también es clave; la falta de motivación es lo que la haría caer en el tedio. Ella y John se labraron una carrera en el periodismo y la literatura, pero siguen dedicados al guion por las ganancias. A ellos se los invita a reconsiderar qué tareas asumen en ese momento vital: quizá deberían limitarse a las que de veras los estimulen.

Hay algo muy interesante, y es que madre e hija comparten una vocación humanística o artística, ligada al mundo del freelance. Didion está convencida de que Quintana no se lanza a mostrar sus fotografías por temor al rechazo. Sin embargo, ella sintió lo mismo con sus escritos y venció ese miedo. El médico le hace ver que debe contarle a su hija su experiencia: la imagen que Quintana tiene hoy de ella no se corresponde con la que Didion tiene de sí misma (de mujer insegura), por lo que debe abrirse: eso la ayudaría. También reflexionan sobre la naturaleza del freelance. En esto no hay salvación: si se va a dedicar al arte, Quintana debe aceptar los altibajos, los trabajitos de poca monta entre encargo y encargo, como tantos actores, cantantes, escritores y demás.

Seguir descubriéndose en la madurez

Estas notas funcionan como un autorretrato indirecto de la escritora en su madurez: sus inquietudes en este punto de su vida, junto con su evolución a lo largo de la terapia, que la hace sincerarse más con el médico, son una forma de conocer más a Didion, la misma Didion íntima de El año del pensamiento mágico, pero a la vez con algo más, particular de este nuevo libro. Aunque ella sea en apariencia la más frágil de la familia, no solo por su físico sino por su emotividad, el psiquiatra la considera la más resistente, como si al atreverse a sentir a flor de piel deje de ser fácil de erosionar; está curtida en los embates de la vida.

Sale el tema de los amigos: es básico mantener las amistades en la madurez, que el ocio del matrimonio no se centre en la familia. Los amigos proporcionan un enriquecimiento recíproco y no hay que renunciar a ellos en ninguna etapa. De ahí viene la cuestión del cáncer y la controvertida decisión de Didion de ocultarlo a los amigos: el matrimonio se alejó de toda propuesta social mientras duró el tratamiento. Cuando lo reveló, años más tarde, se quedaron desconcertados. Hacer terapia es una forma de examinar el pasado, revisar ciertas decisiones y preguntarse cómo actuaría hoy.

Estos Apuntes para John constituyen otra pieza brillante para la ya excelsa bibliografía de la autora, que destaca en la no ficción por sus memorias y sus crónicas periodísticas. Cuando un manuscrito inédito aparece de la nada tras la muerte del autor, el lector tiende a desconfiar, muchas veces con razón: ¿estará a la altura o será solo una estrategia de los herederos para exprimir el nombre de Didion? La respuesta es que, aunque pudiera haber una parte de interés, el texto no solo está a la altura, sino que aprueba con nota: la inteligencia de sus reflexiones, el modo en el que va al meollo, con esa precisión, sin pudor, pero sin exhibicionismo, son extraordinarios. Por si fuera poco, aunque de entrada interese por ser de ella, en la práctica el lector también se descubre a sí mismo al leerla, como si la terapia se extendiera más allá del papel. Y conseguir hacer de la experiencia personal algo que ataña al colectivo solo está al alcance de muy, muy pocos.

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