De Lugones a tener que pagar las cuentas: qué es una escritora, qué es un escritor en 2021

En el Día del escritor, nueve autoras y autores de la Argentina reflexionan sobre su rol

Cada 13 de junio, en homenaje a la fecha en la que nació el poeta, cuentista, novelista y ensayista Leopoldo Lugones, la efeméride marca que en la Argentina se celebra el Día del Escritor.

Nueve apuntes sobre la literatura y los escritores: irreverencia, fe en el lenguaje y un gesto vital

Nueve apuntes sobre la literatura y los escritores: irreverencia, fe en el lenguaje y un gesto vital

Desde la muerte en 1938 de una figura como Lugones, que además fue el fundador y primer presidente de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE), el imaginario alrededor de la tarea de qué es un escritor o una escritora en la Argentina se expande, se estira y sigue mutando. Para algunos tal vez todavía persista la idea de los escritores como seres apartados de todo, como bohemios, como personas que llegan al mundo con un talento o con una vocación que se ejerce como sea o en contra de algo, que se dedican a su tarea como una especie de hobby, que se deben formar de una u otra manera, que deben ofrecer gratis a los demás lo que hacen a partir un supuesto don.

Lo cierto es que hay un buen trecho entre aquella figura algo sacralizada y también cuestionada –Lugones tuvo un rol muy activo en los inicios del socialismo argentino, fue un vanguardista que con el tiempo terminó vinculado con el gobierno de facto de José Félix Uriburu y defendió ideas políticas autoritarias y elitistas–, a las personas que hoy publican todo tipo de libros, comparten sus días en las redes sociales, hablan mano a mano con sus lectores, dan talleres, corren de un trabajo a otro para llegar a fin de mes, enseñan en la universidad, escriben guiones para series de Netflix o luchan por sus derechos en distintos espacios.

Consultados por elDiarioAR, nueve referentes de la literatura argentina reflexionan sobre la tarea de escribir hoy, sobre los mitos que circulan alrededor de su práctica y sobre dedicarse a la literatura en los tiempos inciertos de la pandemia.

“Yo creo que antes, ahora, siempre, escritor es quien tiene una pasión por escribir que no es comparable con ninguna otra de las pasiones de la vida. Lo pienso en el sentido de que esa persona le roba tiempo a lo que sea para escribir porque hay una necesidad hasta física de hacerlo. Después, en medio de eso, puede estar quien lo haga bien o quien lo haga mal, quien sea publicado más o menos veces. Pero hay una actitud hacia la palabra escrita que me parece que es lo que te define como escritor”, apunta la escritora Claudia Piñeiro, autora de más de una decena de novelas, muchas de ellas traducidas en numerosos idiomas, además de obras de teatro, cuentos y guiones televisivos.

“Una vez me contó Rosa Montero que tuvo que ir a Estados Unidos a entrevistar a un escritor sumamente famoso, uno de esos superventas. Ella fue con mucho prejuicio, porque sentía que iba a entrevistar a alguien que no era un escritor sino un productor de libros en serie que tenían una venta millonaria. Cuando lo pudo escuchar se dio cuenta de que se trataba de una persona apasionada por la escritura, que lo único que le interesaba era escribir, que lo único que le importaba eran las historias que contaba. Después, que lo hiciera mal o bien, o lo leyeran millones de personas era casi accesorio a ese deseo, a esa voluntad. Me pareció interesante eso porque, ¿cómo definís quién es más o menos escritor? Obviamente hay figuras como Borges, que uno sin dudas considera escritores. Pero también aparecen personajes que uno puede considerar que son malos escritores, ¡que también son escritores! Porque no te define la calidad de lo que producís, sino justamente una pasión, ese deseo de escribir, esa necesidad incluso física. Después, los adjetivos que van al lado de la palabra escritor son de otra categoría y tienen que ver con su obra. Buenos, malos, rigurosos, no rigurosos, interesantes, olvidables, lo que quieras”.

Autor de una vasta obra, centralmente dedicada a la literatura infantil y juvenil, Martín Blasco es un escritor premiado internacionalmente que obtuvo un enorme éxito de ventas con la novela La oscuridad de los colores de 2015. “La idea del escritor como figura sagrada y voz de la sabiduría ha quedado muy atrás, nadie ve ya en los escritores a seres iluminados (excepto, quizás, algunos escritores)”, señala y agrega: “Hoy cualquiera escribe y por lo tanto cualquiera es escritor. Tengo la enorme suerte de poder vivir de mis libros, lo que en Argentina es un milagro, pero tampoco creo que sea eso lo que define a un escritor, porque sino tendríamos que dejar afuera  a la mitad de la historia de la literatura. Con ese criterio, yo sí soy un escritor pero Kafka no, una locura”.

"No te define la calidad de lo que producís, sino una pasión, ese deseo de escribir. Después, los adjetivos que van al lado de la palabra escritor tienen que ver con su obra. Buenos, malos, rigurosos, no rigurosos, interesantes, olvidables, lo que quieras"

Claudia Piñeiro — Escritora

En este sentido, la escritora Eugenia Almeida, novelista destacada y autora del ineludible libro/ensayo Inundación (Ediciones Documenta, 2019), apunta: “Con mis colegas luchamos por romper esos viejos mitos que todavía siguen, como flotando, del escritor o la escritora como un ser aislado en su torre de cristal que se inspira ahí. Todas esas cosas que en realidad son una operación de apropiación, de poder, de quién tiene la palabra”

“Espero que podamos seguir combatiendo los mitos y esos lugares comunes de una imagen de los escritores que no es acorde a la realidad. Si uno pregunta de golpe por la imagen del escritor en general la gente va a nombrar a un varón, un varón blanco, muerto y en lo posible heterosexual, muchas veces de clase alta. O de clase acomodada, cuando la realidad es mucho más heterogénea. Creo que esos estereotipos se rompen también en la medida en que aquellos que trabajamos en la difusión de la cultura propongamos otras cosas, hagamos circular otras identidades”.

Sobre este punto, Antonio Santa Ana, escritor y editor con una vasta trayectoria en el mundo editorial, reflexiona: “Los escritores no somos seres aislados de todo. Lo que yo noto, después de trabajar casi cuatro décadas en la industria del libro, es que no hay tanta gente tratando de construir esa figura del intelectual, como podría ser Lugones o Borges o Piglia, el que sea. Hay gente que escribe y se divierte. Las redes hoy permiten que conozcas a los perros, a los gatos de los escritores, que hagan chistes, que estén más cercanos. Eso creo que ayuda a desacralizar una figura que parecía intocable”.

"La idea del escritor como figura sagrada y voz de la sabiduría ha quedado muy atrás, nadie ve ya en los escritores a seres iluminados (excepto, quizás, algunos escritores)".

Martín Blasco — Escritor

DESEO Y DESPUÉS

Todos las personas consultadas, con distintos matices, señalan que en algún momento de sus vidas notaron que tenían una pulsión muy marcada.

“El deseo de escribir existió. No puedo decir que sé cuándo nació. Quise ser escritora. Sé que mi mamá me puso en las manos Mujercitas de Alcott y que con Jo March entendí que quería ser escritora. Pero fue entender algo que ya existía. Que el deseo exista no significa que allí termine el camino, al contrario, fue el comienzo de una lucha. Junto con la biblioteca Robin Hood y la Billiken empecé a leer autores clásicos, sobre todo del siglo XIX. El problema de leer a los clásicos es que son… clásicos, y, por lo tanto, lo más extraordinario que ha dado la literatura europea occidental”, afirma la escritora e historiadora Gabriela Margall, autora de numerosas novelas en las que se combina el romance con la historia y agrega: “Así que crecía bajo la protección de los clásicos, pero también bajo su sombra. La batalla, en ese momento era ‘nunca voy a ser tan buena como tal o cual escritor’. Y no. Esa era la verdad, que aprendí muchos años y muchos libros después. Solo voy a poder ser la escritora que habito”.

La escritora Cynthia Edul, autora de las novelas La sucesión (Editorial Conejos, 2016) y La tierra empezaba a arder: Último regreso a Siria (Lumen, 2019), suma una dimensión más: la de patrones hasta ahora conocidos que empezaron a desintegrarse: “¿Qué es ser escritor hoy? ¿qué es ser escritor, todavía, y más específicamente, en el 2021, en el momento en el que probablemente los paradigmas conocidos hayan empezado a desplomarse?. Por supuesto que la pregunta me inspira muchas ideas. Podría hablar de la historia del escritor y del intelectual en la Modernidad y me sería grato pensar que por suerte tantos mandatos que se proyectaban sobre la figura del escritor también hayan caído. Pero últimamente vuelvo a La literatura y la vida de Gilles Deleuze. En un momento, Deleuze define al escritor, o a la posición del escritor. Dice: ‘Igualmente, el escritor como tal no está enfermo, sino que más bien es médico, médico de sí mismo y del mundo. El mundo es el conjunto de síntomas con los que la enfermedad se confunde con el hombre. La literatura se presenta entonces como una iniciativa de salud: no forzosamente el escritor cuenta con una salud de hierro (se produciría en este caso la misma ambigüedad que con el atletismo), pero goza de una irresistible salud pequeñita producto de lo que ha visto y oído de las cosas demasiado grandes para él, demasiado fuertes para él, irrespirables, cuya sucesión le agota, y que le otorgan no obstante unos devenires que una salud de hierro y dominante haría imposibles’”.

"Luchamos por romper viejos mitos que todavía siguen flotando del escritor o la escritora como un ser aislado en su torre de cristal que se inspira ahí. Esas cosas que en realidad son una operación de apropiación, de poder, de quién tiene la palabra"

Eugenia Almeida — Escritora

Por su parte, Santiago Craig, autor de algunos libros de cuentos y de la reciente novela Castillos (Entropía, 2020), afirma: “Escribir siempre me sostuvo. Me hizo saber por qué todo lo demás. Pero no fue fácil ser, además de todo lo que fui siendo (hijo, alumno, empleado, amigo, novio, esposo, padre) escritor. Sobre todo, antes de publicar. La escritura es mi vocación y mi oficio, es algo que se me impone como necesario y es, a la vez, una actividad marginal. Muy marginal. Es algo que hice y hago cuando tengo un rato. Pero no me quejo: desde los trece años, siempre tengo un rato”.

Para la escritora Magalí Etchebarne, que en 2017 sorprendió al mundo editorial con los cuentos que integran su libro Los mejores días (Editorial Tenemos las Máquinas) que ya lleva ocho ediciones, escribir implica un gesto íntimo y algo de riesgo: “Yo escribo porque me gusta leer, y porque un día descubrí que había algo ahí, en ese pasaje de la lectura a la escritura que me resultaba y me resulta muy atrevido. Nadie espera que yo haga esto, no gano plata escribiendo, no vivo de esa ‘gloria’, entonces escribir para mí, muy en la intimidad, es una irreverencia”, dice y agrega: “Después está la época, para la cual las escritoras venden mucho y eso hay que aprovecharlo, y también hay que estar atentas porque ya sabemos que el mercado y sus tendencias te mastican y te escupen al mismo tiempo”. 

Sobre esto último, Claudia Piñeiro responde: “En los últimos años hubo una revalorización de algunos textos escritos por mujeres. Una revalorización que tiene que ver con empezar a leerlas. Porque básicamente el problema por el cual no eran valorados algunos libros tenía que ver con que directamente no se entraba en los sistemas de poder de la literatura no eran leídas. Si los jurados eran todos varones o si los académicos eran todos varones, era difícil que un texto de una mujer pudiera romper esa barrera. En la actualidad tenemos una generación de escritoras destacadísimas ganando premios por todo el mundo. Así que si pienso en qué es ser una escritora en 2021, pienso que este muestrario de talento como no hubo en otras épocas. Y no hubo en otras épocas porque no se las veía, a lo mejor estaban pero no circulaban. Hoy se las ve, y tenemos un muestrario muy interesante donde se pueden elegir distintos tipos de voces de una altísima calidad literaria”.

"La escritura es mi vocación y mi oficio, es algo que se me impone como necesario y es, a la vez, una actividad marginal. Muy marginal. Es algo que hice y hago cuando tengo un rato. Pero no me quejo: desde los trece años, siempre tengo un rato".

Santiago Craig — Escritor

¿ASUNTO SEPARADO?

¿Existe, entonces, algún tipo de tensión entre la idea de dedicarse a una disciplina artística, de ir detrás de ese deseo vital y pensar en costearse una vida? ¿Se puede vivir de a la hora de pensar la literatura? ¿Qué pasa a la hora de pagar las cuentas? ¿Libros y trabajo remunerado, asunto separado?

Florencia Canale, autora de numerosas novelas históricas, propone una distinción: “Me parece que ser una escritora en el siglo XXI, a diferencia de lo que fue en el siglo XX o el siglo XIX, tiene tal vez más que ver con formar parte de la división del trabajo. Me parece que ya no es más, para mí, aquel oficio de personas adineradas que lo hacían sin esperar nada a cambio, salvo que los leyeran o por una cuestión casi narcisista de reconocimiento. Creo que hoy ocurre otra cosa, hoy es un trabajo y, como tal, algo remunerado”.

“Por otra parte, yo escribo lo que quiero escribir y, en todo caso, eso que quiero escribir me elige. Porque para mí el gesto de la escritura es un gesto vital. Si yo no escribo estoy muerta. Para mí la escritura es mi vida, es mi salvación. La escritura me constituye. A mí me va bien y puedo vivir de mi escritura. Pero siento que soy bastante intransigente: yo escribo lo que yo quiero, no hago nada a pedido”, sostiene.

Pese a haber escrito una novela como Los ojos del perro siberiano, que fue y sigue siendo un suceso de ventas en el país y en el exterior, Antonio Santa Ana asegura: “Yo nunca pensé que iba a poder vivir de la literatura, jamás, pero se dio así. A algunos privilegiados nos pasa. Porque además nadie tiene la fórmula, nadie puede decir: ‘Si escribo tal tipo de libro, voy a vivir de eso’. Por lo general pasa que de pedo que vas construyendo y podés hacer una carrera alrededor de la literatura”. 

Con el surgimiento de algunos colectivos como la Unión de Escritorxs, que nació en 2017 y desde 2019 se constituyó como una asociación civil y otros espacios que buscan preservar los derechos de quienes se dedican a esta actividad, el debate persiste.

“Aquellos que luchamos por el reconocimiento de los escritores como trabajadores luchamos también por la posibilidad de que todos puedan escribir. Si el trabajo de los escritores no es reconocido en tanto trabajo, solo pueden escribir aquellas personas de clase alta, que tengan tiempo de trabajo para regalar, que puedan regalar su tiempo. Eso nos dejaría en el callejón de una literatura escrita por una sola clase social”, señala Eugenia Almeida.

“Los escritores y escritoras que conozco trabajamos como locos todo el día. Si tenemos mucha suerte trabajamos con algo que se relaciona con los libros, damos clase, damos talleres, trabajamos en una biblioteca, hacemos clínicas. Pero corremos como todos los otros, tenemos las mismas dificultades económicas que otros trabajadores, las mismas dificultades laborales, el mismo cansancio, el mismo agobio y además, en algún momento, tenemos que construir ese tiempo interno para poder escribir”, concluye.

Claudia Piñeiro, por su parte, suma la idea de movilidad social a la hora de pensar quiénes se dedican en la actualidad a la escritura. “Tiempo atrás al arte solamente se podían dedicar quienes tenían mecenas o quienes tenían dinero. Ahora vemos que hay una democratización de la escritura y del arte en general que me parece que es muy bienvenida y tiene que ver con la movilidad social. Creo que esa vergüenza que tienen algunos de cobrar por hacer un trabajo artístico se va diluyendo y que cada vez más somos todos conscientes de que esto también es un trabajo. Porque, además, esto que hacemos después entra en un circuito económico en donde todos ganan plata. La editorial gana plata, la librería gana plata, el imprentero gana plata, el que hace la tapa, el que hace el diseño. Y al único que parecería sentir vergüenza por ganar plata o el que está mal que se queje porque no se le paga es el escritor. Me parece que se trata de las trampas del capitalismo, que siempre tener gente que trabaja gratuitamente o por poco dinero”.

Sin embargo, a algunos escritores les cuesta esa autopercepción como trabajadores. “A diferencia de muchos colegas, me cuesta pensar en el escritor como un trabajador. Aún a quienes vivimos de eso. He tenido trabajos de verdad y eran otra cosa. Casi diría que, en mi caso, escribo para no tener que trabajar. Uno escribe por una búsqueda personal, nadie escribe su primera novela, cuento o poema, pensando que está trabajando. Todos empezamos a escribir sin que nadie nos lo pida y sobre todo, sin que nadie nos pague. Entonces ¿Qué somos? ¿Artistas, trabajadores, vagos, monotributistas? Cómo dijo el gran Abraham Simpson: Un poco de esto, un poco de aquello”, afirma Martín Blasco.

"Yo escribo lo que quiero escribir y, en todo caso, eso que quiero escribir me elige. Porque para mí el gesto de la escritura es un gesto vital. Si yo no escribo estoy muerta. Para mí la escritura es mi vida, es mi salvación. La escritura me constituye".

Florencia Canale — Escritora

LOS AÑOS DE LA PESTE

Cuando la pregunta fue hacia la pandemia y la incertidumbre mundial que supuso, además del confinamiento de numerosas reconfiguraciones, las escritoras y los escritores consultados coinciden en afirmar que atravesaron distintas etapas. 

Lo que para muchos se vislumbraba como una posibilidad única (esto es, por fin tener más tiempo encerrados para poder escribir y leer) se convirtió, con el paso de los meses, en un problema.

Para Magalí Etchebarne, el anuncio del confinamiento, al principio de todo, se presentó como una promesa idílica, que se derrumbó con el paso de los días: “Cuando empezó la pandemia, creí que sería lo más cerca que iba a estar en mi vida de una beca de escritura. Con sus características, a mi manera, pero pensé: no tengo hijos, tengo trabajo, voy a estar en casa editando y escribiendo. Pero nada estuvo más lejos. En mi caso se convirtió en una suerte de paseo por el infierno. El trabajo que tenía se multiplicó y mi mamá se enfermó y después de unos meses falleció. Cualquier persona que haya pasado por momentos de burocracia médica e internaciones en este tiempo sabe de lo que hablo. Así que leí mucho, por suerte, pero nunca estuve más lejos de la escritura que en pandemia”.

Sobre la producción de materiales por estos días de incertidumbre, la escritora agrega: “Me llamaba mucho la atención la cantidad de diarios de encierro, diarios de cuarentena. Incluso los y las escritoras que decían que no se podían concentrar escribieron textos larguísimos sobre estar encerrados y no poder concentrarse. Me pareció admirable. Yo tengo una forma de procesar la experiencia muy lenta, no veo del todo cuando lo tengo encima, necesito distancia para pensar y para contar. Supongo que por eso tardé ocho años en armar un libro de cuentos. No encuentro nada satisfactorio en la inmediatez, soy insegura, obsesiva, si no estoy convencida no puedo avanzar, quizás por eso no comulgo demasiado con la época, una época que pide publicar ya, una cosa atrás de la otra, construir a un autor. Yo trabajo de eso, así que también son cosas que pido, ¡escriban!, me deben odiar”.

Antonio Santa Ana, por su parte, todavía tiene que adaptarse a los cambios que trajo la pandemia en la vida hogareña: “Yo estaba acostumbrado a estar solo, leyendo y escribiendo y de pronto la casa se me llenó de gente y no pude volver a escribir. Fuimos refaccionando la casa como para que yo tuviera un lugar aparte. Pero esa tranquilidad que tenía antes ya no la poseo. Además me agarró en el peor momento porque saqué una novela en diciembre de 2019 después de ocho años sin sacar ninguna, entonces tenía giras y presentaciones programadas a Colombia, Perú y México que no pude hacer”.

"Yo nunca pensé que iba a poder vivir de la literatura, jamás, pero se dio así. A algunos privilegiados nos pasa. Porque además nadie tiene la fórmula, nadie puede decir: ‘Si escribo tal tipo de libro, voy a vivir de eso’".

Antonio Santa Ana — Escritor

“Todos hemos tenido que volver a reconfigurar nuestro espacio o nuestra forma de relacionarnos con otros, nuestra forma de trabajar, el manejo de los tiempos, la invasión de las pantallas para quien tiene conexión y trabajo y la desesperación para quien no lo tiene –afirma Eugenia Almeida– Eso hace que haya más presiones a la hora de buscar un espacio de creatividad, para lo que sea. Para mí ha sido por etapas, hay épocas en que escribir ha sido más sencillo y épocas en que escribir ha sido realmente muy cuesta arriba”.

¿Cómo fue escribir pensando en un mundo que se llenó de interrogantes, de miedos, de muerte? ¿Fue posible aislarse dentro del aislamiento general?

Florencia Canale dice que de alguna manera los libros que leyó y escribió se convirtieron en un refugio: “Publiqué un libro el año pasado y estoy por publicar una nueva novela este año. Yo no tuve ningún problema en ese sentido. Diría, es más, que a mí la lectura y la escritura me han salvado definitivamente de la angustia monumental que trae este acontecimiento brutal que es esta pandemia”.

“Para mí fue muy difícil escribir al principio porque había una incertidumbre sobre el futuro que me impedía imaginar cuál iba a ser el mundo al cual saldrían mis personajes a encontrarse, a matarse, a amarse, a lo que sea”, sostiene Claudia Piñeiro, quien asegura que durante el confinamiento estricto sí pudo terminar algunos trabajos por encargo y corregir guiones de la serie El reino, que escribió junto a Marcelo Piñeyro para Netflix. “Recién pude pensar en encarar una ficción nueva cuando entendí que esta es la realidad. Una estaba esperando que pase esto para ver cómo sigue el mundo y en realidad el mundo es este. Es como que ya sabemos que es esto lo que nos está tocando ahora y hemos aceptado que tenemos que seguir viviendo como podemos. Para los escritores seguir viviendo en medio de todo esto implica seguir escribiendo, así que en eso estamos”, concluye.

AL

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