Opinión

El planeta se quema, el país se estanca y esta democracia ya no sirve

Troll liberty

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Está todo mal pero todavía podemos solucionarlo. El país está estrangulado entre la deuda, el déficit, la pobreza y la parálisis de una dirigencia mancada por la polarización y el instinto de supervivencia, pero todavía puede desarrollar nuevos sectores exportadores y con esa renta lubricar un saneamiento del sector público. El mundo está quebrado por una nueva reconversión del capitalismo, con sus rebotes sociales y geopolíticos, pero todavía puede ordenar al capital en un nuevo modo de regulación y sobre ese orden cerrar nuevos acuerdos entre personas y naciones. El planeta está quemado por el agotamiento de los recursos naturales y sus efectos climáticos pero todavía podemos emplear nuestra capacidad tecnológica para hacer más eficiente nuestro uso de recursos y gestionar una regeneración de zonas verdes. Podemos hacer todo eso pero no lo vamos a hacer porque no queremos. Porque somos libres y ser libres es hacer lo que queremos. 

¿Cómo se gobierna a gente así de libre? Con democracia, obviamente. Sin embargo, este momento de intensa libertad humana no luce como el mejor de la democracia. «Democracia» es más que una palabra: es un concepto. Las palabras tienen significados más o menos estables, los conceptos tienen sentidos múltiples, cambiantes y conflictivos. Las palabras pueden definirse, los conceptos deben historiarse. Hubo una democracia que debimos olvidar, otra que logramos instaurar, otra que es la que realmente tenemos y quizás otra distinta que necesitemos en el futuro.

Historia de la democracia

“Atenas fue la cuna de la Democracia”. La democracia ateniense fue una experiencia fugaz y contingente, un compromiso conflictivo e inestable entre la aristocracia, los campesinos y la plebe urbana, que excluía a mujeres y esclavos, que carecía de un sistema filosófico igualitario, y que, luego de extinguirse, quedó sepultada durante dos mil años. ¿Cómo puede ser que el término haya sobrevivido con tanta fuerza y prestigio? «La supervivencia de la democracia como palabra–dice el politólogo cantabrigense John Dunn en Setting the People Free: The Story of Democracy–, su entrada del griego antiguo a una amplia gama de lenguas modernas, se origina más en su utilidad para organizar el pensamiento, facilitar la discusión y formar el juicio, que en su capacidad de despertar entusiasmo». 

En efecto, a lo largo del siglo XVIII el término «democracia» resucitó para nombrar a experimentos teóricos de todos los colores. Luego de la Revolución francesa fue el cuco del liberalismo decimonónico: nada amenaza tanto a la libertad individual como dejar la suerte de cada uno en manos de la mayoría. Por su parte, los demócratas de la época no dejaban de oponer su ideal de igualdad al «orden egoísta» de la sociedad liberal. Sin embargo, sigue Dunn, la igualdad ilimitada es una idea demasiado conflictiva para fundar una sociedad: «apela a muy pocas emociones humanas por demasiado poco tiempo, y se hunde». En cambio, «la tranquilidad, el confort, la diversión y sobre todo la seguridad, atraen a demasiados con demasiada fuerza por demasiado tiempo». 

El triunfo de la democracia fue su asimilación al «orden egoísta». Para fines del siglo XIX democracia y liberalismo comenzaron a converger. La representación resolvió el problema de la participación política. John Stuart Mill propuso ampliar el sufragio sobre la idea de que solo se aprende a votar votando. La democracia no puede esperar tener un pueblo educado políticamente, ella debe fabricar a su propio pueblo. Los norteamericanos demostraron que el sufragio ampliado y el capitalismo puro eran compatibles. Y llamaron retrospectivamente «democracia» a eso. 

Ciudadanos del deseo

A la salida de la Segunda Guerra Mundial, el concepto «democracia liberal» ya no sonaba contradictorio, y luego de la Guerra Fría no parecía haber otra alternativa. Los mejores años de la democracia liberal coincidieron con los del capitalismo neoliberal. En esos años, la democracia siguió fabricando a su propio pueblo. Pero ya no se trataba de un ciudadano burgués, trabajador, austero y pacato mirando televisión en pantuflas un domingo a la tarde. No, el sujeto de la democracia neoliberal es deseante, pobre, violento, frágil, intenso y aburrido, inútil e hiperactivo, individualista y tribal, egocéntrico y en deconstrucción, constantemente crítico y esencialmente pelotudo. Un ser saturado de información que apenas puede procesar y compelido a opinar de lo que sea; sobreestimulado a exhibir cada consumo o rasgo trivial de su personalidad como evidencia de sus convicciones más profundas: ducharse dos veces seguidas es increíblemente liberal; a ese policial sueco le faltó peronismo.

Ese es el tipo de humano que la democracia neoliberal forjó, por interés, necesidad o casualidad. ¿Cómo decirle que hay que emitir menos carbono? ¿Cómo pedirle que pague la boleta de luz completa? ¿Cómo hacerle entender que no puede hacer lo que quiere? Todos quieren, quieren y quieren, mientras tanto las corporaciones disponen de medios sin precedentes para monitorear y reconducir esos deseos. Si estos sujetos pudieron ser gobernados hasta ahora fue en gran medida por lo que Benjamin Bratton llama el modelo avatar de representación: «Funciona así: primero, designa un mal que perjudica o daña a la gente, y luego imagina lo contrario de lo malo para convertirlo en lo bueno y que todo el mundo se identifique con ello. A continuación, encuentra avatares humanos que lo personifiquen». Un teatro político destinado a transformar problemas en culpas, culpas en personas y personas en enemigos. El Covid era culpa de los chetos egoístas, los chetos egoístas son el surfista, la política más dura contra el surfista será la más efectiva contra el Covid. Y todos felices hasta el siguiente problema.  Obviamente, la democracia no es solo eso. Pero en la medida en que haya más problemas sin resolver, será cada vez más eso. ¿Cuánto hace que una cuestión no se resuelve claramente? ¿Cuánto hace que no vemos un titular de War is Over? ¿Cuándo terminaron la crisis de 2008, o el Estado Islámico, o la pandemia? Esas frustraciones alimentan al ciudadano deseante que necesita un culpable, una excusa, un like, y siempre va a haber alguien para dárselos. Pero el planeta se quema, el país se estanca y esta democracia ya no sirve. Decirlo en medio del momento crecientemente autoritario que nos envuelve puede ser contraproducente. Ante esa amenaza, es inevitable asustarse y salir a defender los jirones de la democracia. Pero esos proud boys, esas manadas y esos negacionistas son la expresión acabada del ciudadano deseante que no admite no hacer lo que quiere. No por nada, los autoritarismos modernos no se molestan en teorizar contra la democracia, incluso parasitan sus ruinas. Ya no se concibe mejor expresión de la libertad que difamar, agredir, discriminar y reprimir a los demás. El día que los problemas sin resolver lleguen al techo, la democracia deseante será el puente al peor autoritarismo: el autoritarismo de todos.

No faltará quien proponga curar estos males con un remedio de la abuela: un gobierno paternal, contenedor y autoritario que organice a la comunidad. Pero ese remedio venció en 1968. Fue quizás más digna la muerte de Getúlio Vargas, suicidado de un disparo en su despacho presidencial, que la de Nasser, De Gaulle o Perón, llorados por un pueblo que ya no les daba bola. Los émulos de aquel paternalismo en el siglo XXI no han podido ofrecer mucho más que política de avatar, con mejores o peores saldos exportadores. En la tragedia actual, Antígona somete a Creonte.

Desde este solitario rincón, prefiero recordar que ninguna democracia fue plenamente libre e igualitaria. Desde Atenas a Virginia, y de ahí a Plaza de Mayo, todas debieron decidir cuáles ámbitos democratizar y cuáles no. Todas supeditaron su diseño democrático a un plan superior (la preservación de la polis, el desarrollo del capitalismo). Y todas debieron producir a su propio pueblo: hoplita virtuoso, ciudadano burgués, sujeto deseante. La doble crisis local y global nos impone un plan general, habrá que pensar qué ámbitos democratizar y qué pueblo producir. Hace 30 años, con la web recién nacida, Ravetz y Funtowicz se preguntaban «cómo una nueva generación que se ha visto inmersa en la hiperrealidad podrá aún ser capaz de manejar el nivel de destreza que se requiere para operar esta subestructura tecnológica especial». Somos esa generación y necesitamos esa subestructura más que nunca. Si todavía tenemos alguna esperanza en la democracia como concepto y no como reliquia, debemos inventar una que sirva. 

AG

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