Último día del festival Futuro Imperfecto: defender el periodismo es defender la democracia
Futuro Imperfecto Volumen 3 convocó voces de Argentina, México, Brasil y Colombia para intentar responder una pregunta que en otro momento hubiese sido catalogada de ridícula: por qué defender el periodismo es defender la democracia. Que la pregunta necesite ser respondida en 2026, con una sala repleta escuchando, dice algo sobre el momento.
Michael Reed, de Guernica 37, trazó una cadena simple: para que la democracia funcione tiene que haber elecciones libres, para que haya elecciones libres tiene que haber información, para que haya información tiene que haber periodismo con compromiso ético. “El periodismo ético cumple una función fundamental en la democracia –dijo– cuando un gobernante no responde preguntas, no solo agrede al periodista sino a la sociedad entera”.
Chico Regueira, periodista de TV Globo, lo confirmó desde la experiencia concreta. En Brasil, durante el intento de golpe de la ultraderecha en 2023, fueron los periodistas los primeros en reaccionar y denunciar. Los políticos estaban inmovilizados, fuera de la capital. La transmisión en tiempo real permitió que las fuerzas del gobierno se movilizaran con velocidad. “No hay periodismo sin democracia y es imposible la democracia sin periodistas libres”, dijo Chico.
Julia Mengolini, de Futurock llegó al mismo lugar desde su experiencia como abogada. La libertad de expresión es en definitiva la libertad de informarse. Y para informarse con libertad hay que tener fuentes que hablen desde un lugar honesto. “El pacto social que existe con los medios de comunicación es que no te mientan –dijo Mengolini– y ese pacto hoy está totalmente roto”.
Micaela Cuesta, coordinadora del Laboratorio de Estudios sobre Democracia y Autoritarismo en UNSAM, fue la única en poner un pero: “No afirmaría sin más la idea de que defender el periodismo necesariamente defiende la democracia. Ciertos periodistas responden mecánicamente a los dueños de las plataformas y a los productores de riqueza concentrada. La pregunta, entonces, no es si hay que defender el periodismo sino qué tipo de periodismo vale la pena defender”.
El diagnóstico
Los cuatro invitados conversaron coordinados por Silvina Heghy, parte del equipo de dirección de Anfibia. Casi toda la mesa coincidió en una cosa: el problema no empezó ahora. Reed lo ubicó en los ochenta, cuando la lógica del espectáculo empezó a colonizar el discurso público: “Cuando se degradan las condiciones en las que circula la información, la información se vuelve irrelevante”. Y señaló algo que cambió la forma de pensar la censura: ya no es el autoritarismo que mata periodistas, lo que amenaza la profesión. En Argentina ya no hay periodistas muertos. La represión hoy opera de otra manera, degradando las condiciones en las que circula la información hasta volverla irrelevante.
Mengolini puso fecha más precisa: 2014. Esa década de trolls y odio que muchos ubican en los últimos años empezó antes, y lo subestimamos, porque al principio las redes sociales parecían una pradera de expresión democrática utópica. “Al final se convirtieron en el lado feo, un mundo espejo oscuro y horrible”, dijo Mengolini. Lo que cambió con el tiempo no fue la violencia sino su normalización: ya no hace falta ser un troll anónimo. Ahora son funcionarios de la Casa Rosada.
Cuesta aportó la dimensión estructural: lo que se ataca cuando se ataca al periodismo es su estatuto epistémico, el valor de verdad que todavía persiste en ciertas prácticas. No es casual que las derechas globales ataquen simultáneamente a periodistas y universidades. Son los dos espacios donde el conocimiento se produce y se falsea con pruebas, no con fe.
La pandemia agudizó todo eso: “Generó un vuelco masivo de los sujetos a las redes sociales, produciendo una inmensidad de datos para el algoritmo –dijo Cuesta– en una dimensión que nunca alcanzaron los medios tradicionales, nunca se manejó con tanto detalle el gusto de sus consumidores. Cambridge Analytics es un chiste en comparación con lo que pasa hoy”.
A pesar de esto, la mesa marcó a la pandemia como acelerador, no como el origen. La excepción en ese diagnóstico la puso Regueira. En Brasil, el recorrido fue distinto: la campaña de desinformación de Bolsonaro era tan agresiva y tan contradictoria con los hechos que terminó por fortalecer al periodismo en lugar de debilitarlo. “La prensa pasó a ser una luz para la sociedad abandonada por su presidente”, dijo. Los números de muertos subían y quedaba cada vez más claro quién estaba mintiendo. Brasil como caso singular: el único país de la mesa donde la crisis política derivó en una revalorización concreta del periodismo.
Qué hacer
Reed propuso tender puentes. En un ecosistema de polarización creciente, el periodismo tiende a la insularidad: hablar siempre con los mismos, leer siempre lo mismo, se genera un sesgo de auto confirmación. Su propuesta fue la contraria: en los problemas complejos de la sociedad es fundamental hablar con los que piensan distinto: “Es útil leer periodismo de derecha para encontrar puntos en común”. El pluralismo, insistió, es una herramienta, no una concesión.
Mengolini no estuvo del todo de acuerdo. La asimetría entre los espacios progresistas y la ultraderecha es demasiado grande para ignorarla, argumentó. Los primeros tienen menos recursos, no tienen granjas de trolls, y tienen una tendencia mucho más institucionalista. La ultraderecha, en cambio, rompe las reglas de juego sistemáticamente. Tender puentes en ese contexto no es pluralismo: es ingenuidad. “Medios de comunicación concentrados, gobiernos autoritarios y redes sociales en tándem son los que hoy amenazan la libertad de expresión”, dijo Mengolini. Y fue más directa sobre las responsabilidades: los medios de derecha tienen una deuda por haber construido a Milei. Lo invitaban porque subía el rating. “Eso es banalizar el mal sin medir los costos.”
Cuesta planteó una pregunta: ¿Quién dirime qué es verdad en el periodismo? La respuesta tiende a ser el mismo periodismo, dijo, pero eso no alcanza. Las universidades son los espacios donde se produce y se falsea el conocimiento con pruebas. No es casual que sean atacadas al mismo tiempo que los periodistas. “El escepticismo es el que alimenta la religiosidad y los dogmatismos”, dijo. “El periodismo y las universidades son los garantes de la democracia”.
Regueira cerró con una pregunta que no tenía respuesta fácil: ¿Cómo entablar una relación, en tanto periodistas, con el grupo fundamentalista que niega sistemáticamente los hechos? Hay un veinte por ciento va a repetir la defensa a los gobiernos libertarios, mentiras sin importar la evidencia. La pregunta no era retórica: era el límite real donde se termina la discusión sobre tender puentes y empieza otra conversación que la mesa dejó abierta.
También las universidades
Si el periodismo está siendo atacado por su capacidad de establecer qué es verdad y qué no, las universidades nacionales son el otro frente de la misma batalla. Cuesta lo dijo con precisión: son los espacios donde el conocimiento se produce y se falsea con pruebas, no con fe. Atacarlas simultáneamente no es coincidencia.
En un festival que cumple catorce años apostando por el periodismo narrativo, performático y de largo aliento, la pregunta con la que abrió la mesa seguía en pie al final: por qué defender el periodismo es defender la democracia. La respuesta que dejó la sala del Picadero no fue una sola. Fueron varias, en tensión. Que esa tensión se pueda sostener en público, con una sala llena, es también parte de la respuesta.
Continuidad
El Festival Futuro Imperfecto cerró con una conversación de Danila Saieg con Elizabeth Duval (las dos charlas pueden verse aquí) y el estreno de la tercera perfo del Laboratorio de Periodismo Performático, Percepción Expandida.
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