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TEATRO

La Odisea en una audaz y muy aggiornada recreación teatral que te puede volar la cabeza: “Las traiciones”

Iván Moschner, inefable Pene, Penélope, pistola en mano

Moira Soto

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Casi 3000 años desde que fue escrita –luego de ser recitada rítmicamente por rapsodas de prodigiosa memoria–, La Odisea, atribuida a Homero, se sigue leyendo, vendiendo, adaptando, citando… En estos días de 2026, acaso más que en ninguna otra época gracias al descomunal suceso del film de Christopher Nolan. Enésima versión para la pantalla que –a partir de aquel episodio que elige Georges Meliès (L’Île de Calypso ou Ulysse et le géant Poliphème, 1905)– demás de atraer a millones de espectadores terrícolas, entre otros efectos, reanimó a editoriales y a librerías gracias al gran incremento de las ventas de este clásico cuya existencia casi todo el mundo, de alguna manera, conocía.

Ulises al volante y la señora de los baños, enredada

Hasta que llegó en julio la arrolladora versión fílmica todavía en cartel, superproducción de más de tres horas tan elogiada como reprobada por la crítica internacional, y buena parte del público que la vio está queriendo leer el libro en tinta y papel, saber más de mitología griega –anterior a H–, inclusive –los menos– aprender griego. Así, mientras la película en cuestión supera los mil millones en la taquilla global, en Reino Unido y países europeos, la importante cadena Waterstones subió el 1400 por ciento sus ventas del poema homérico. Preferida, la muy celebrada traducción de la especialista Emily Wilson, que vio aumentar a sus compradores en un 1000 por ciento con respecto a 2025.

Homero, por Philippe Laurent Roland, Museo del Louvre

Y para cerrar este recorrido apretado sobre las bienvenidas secuelas de La Odisea nolanesca, hay que decir que se expone nuevamente en el neoyorquino Museo Metropolitano de Arte una de las copias más antiguas que se conservan: un fragmento del papiro egipcio, época ptolomeica temprana que incorpora tres versos que no aparecen en las ediciones canónicas difundidas. Documento fundamental que prueba que ya, en el siglo III AC, circulaban versiones y variantes antes de que los filólogos unificaran la estructura de La Odisea. Dicho papiro ofrece refinadas inscripciones en agua y carbón realizadas con estilete.

Lo que la Musa habló, e inspiró

“Háblame, Musa, del hombre de múltiples tretas que por muy largo tiempo anduvo errante, tras haber arrasado la sagrada ciudadela de Troya…”, invoca Homero de acuerdo a la traducción del destacado erudito español Carlos García Gual. Y la diosa, hija de Zeus, no se sabe bien en qué momento y a quién escucha, y acude: el resultado fue La Odisea, el poema sobre el viajero errante que dio inicio a la literatura occidental, y que a tantísimos escritores, dramaturgos, poetas, músicos –amén de pintores y escultores– extendió su numen.

Paula Fernández Mbarak como Ulises, al volante de su nave

Apenas unos pocos nombres, como muestra y por si acaso les sirvan para acercarse mejor a la obra Las traiciones, de Juan Andrés Romanezzi, recién estrenada: “Feliz quien como Ulises/ ha hecho un bello viaje…”, arranca el conocido soneto elegíaco que compuso Joachim du Bellay a mediados del siglo XVI, al que le puso música y voz Georges Brassens en el XX. Previamente, empero, en el XIV, Dante había condenado a Odiseo (Ulises en su forma latina), precisamente por sus tretas y fraudes.

Juan Andrés Romanazzi, soñador de mitos que se humanizan

Bastante más adelante, el prolífico Niko Kazantzakis escribe los 33.333 versos de La Odisea. Una secuela moderna (publicada en 1938). “Cuando emprendas tu viaje a Ítaca,/pide que el camino sea largo,/ lleno de aventuras, lleno de experiencia…”, alentó Konstantinos Kavafis en 1911, en el arranque que de su universal poeta Ítaca. Y James Joyce hacia 1922 logra publicar la en extremo radical, discutida y renombrada novela Ulises, donde su protagonista, un burgués pequeño, pequeño llamado Leopold Bloom atraviesa detalladamente, minuciosamente un día de junio de 1904 la ciudad de Dublín; persiguiendo el modelo del relato de gesta homérica, este Ulises fue publicado gracias a la visión y el apoyo de Silvia Beach, la dueña de la librería Shakespeare and Company.

Una plegaría frente a los sanitarios, quizás atendida

Entre las numerosas alusiones de Borges a La Odisea, el Otro Poema de los dones (1964) en el que se lee: “Gracias quiero dar al divino/ laberinto de los efectos y las causas (…) por el rostro de Helena y la perseverancia de Ulises”. Y en El desterrado (1977), en primera persona: “En el confín del orbe yo, Ulises, /descendí a la casa del Hades/ y vi la sombra del tebano Tiresias,/ que desligó el amor de las serpientes”. Para ponerle final a este breve rincón borgesiano, Nubes (1), 1985): “No habrá una sola cosa que no sea/ una nube (…) Lo es La Odisea/ que cambia con el mar./ Algo hay distinto/ cada vez que la abrimos”.

Una sonrisita provista por Brassens, y de paso no dejar afuera a la habitualmente santificada como prudente y fiel esposa de Ulises que, no sin encantadora malicia es humanizada en la chanson del cantautor francés que se dirige a ella: “Tú, la esposa modelo,/ el grillo del hogar,/ que tienes intachable tu traje de novia./Tú, la inflexible Pénélope,/ ¿no acunas nunca/ bonitos pensamientos incorrectos?/ Detrás de las cortinas,/ inclinada sobre tus telares, esperando el regreso de un Ulises arrabalero,/ en los atardeceres de melancolía,/ ¿nunca soñaste con el cielo de otra cama,/ contando nuevas estrellas?”.

Poniendo la mano sobre el corazón

Con inaudita libertad, con una poesía que refresca el oído, la vista, el entendimiento (que, por momentos se puede quedar en ayunas, pero ya sabemos que no hay que entenderlo todo si algo nos despierta nuevas emociones); con un humor desfasado tanto desde el texto como en las actuaciones, desde la escenografía –en parte dibujada con luces– al vestuario, Las traiciones nos convierte en pasajeros/as del micro del Ulises, que se detiene regularmente en el parador donde reina la señora de los baños, a quien el conductor llama la Pene, Penecita… Finalmente, Penélope. Pero ella se autodenomina La Tora. Es decir, Minotaura, cuerpo de ser humano, cabeza de toro. Ella se ha ganado en su ley el lugar donde limpia y distribuye papel higiénico, disputándoselo a la Lena, previo mordisco en el tobillo. Muñeca brava La Tora, que se siente emprendedora, autónoma. Aunque tiene encuentros íntimos con el Ulises, dice que no quiere comprometerse: “Antes muerta que enamorada”, le retruca al ofrecimiento de trabajar en micro propio de él con baño incluido, atender a los pasajeros.

Minotauro, por Auguste Rodin, Museo Nacional de Bellas Artes

La Tora no quiere ser inquilina, no le gusta el micro de dos pisos, la hace llorar a chorros. ¿Un caballo de Troya ese nuevo vehículo de gran tamaño? No lo sabemos, a Seguro lo llevaron preso, este texto no propone cosas previsibles en su escritura de verso libre libérrimo donde los personajes se pueden describir a sí mismos en tercera persona mayestática. ¿Por qué no? Sus ancestros muy lejanos, 2800 años y pico ha, fueron el rey y la reina de una islita pedregosa, allá en Grecia.

“Avanzar, qué queda/ sino avanzar,/ atravesar el camino”, declara el viajero que lleva viajeros en su micro. “Y hablar con una voz que ni siquiera reconozco.! Avanzar para sentir que se llega a algo”.

Penélope La Tora se autodefine como una mujer de armas tomar. “Una vida de plantarse y resistir”. Ella enrosca metros y metros de papel higiénico esperando la llegada del mayor proveedor de clientela para esos retretes que ella rige con mucha autoridad, casi manu militari. Y no le gusta que él la llame Penecita. Sin embargo, es capaz de ese llanto como un río cuando él le ofrece compromiso. Pero la Pene se niega y abandona los baños, se da a la fuga. El la espera largamente. Ella tarda en regresar. Y claro, en ese interín reaparece la Lena con su tobillo desencarnado. La madura y redondita Lena que se levanta al Ulises.

(He)Lena (Laura Silva), una azafata guaranga que rapta a Ulises

Luego de su estadía en el desierto, La Tora, la Pene, la Penecita vuelve. Y aquí habría que decir el más común de los lugares: arde Troya. ¿Qué podría hacer Lena, Helena frente a la decisión de Pene, ahora Penélope, de retomar su lugar, de darle el sí al Ulises? ¿Ir a llorar al santuario, o a otro trabajo con lo que le disgusta el laburo?

Ulises Odiseo, conductor de un micro, siempre de viaje

A Helena la hace una actriz con harta polenta: Laura Silva, un tornado rubio pero, para no variar, juguete del destino. Al Ulises, la siempre magnifica Paula Fernández Mbarak, una señora actriz que tanto te hace un antihéroe como una antiheroína. Aquí es un mesurado Ulises frente a los desplantes de semidiosa de Penélope, una loca linda a cargo de Iván Moschner, actor más que humano que se juega todo su oficio en una escena final que deja de piedra (pero no la de Ítaca) y sin aire a cada espectador/a. Holá, ¿Tiresias anda por ahí? ¿Cómo era eso de ser un tiempo varón, un tiempo mujer, volver a ser varón y tener el don de la profecía? ¿Qué sería definitivamente lo femenino, lo masculino?

Así rezan los últimos versos del antes citado poema de Kavafis: “Aunque la encuentres pobre, Ítaca no te ha engañado./ Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,/ entenderás ya qué significan las Ítacas”.

MS/MG

“Las traiciones”, 70’, los martes a las 20,30 en El Portón de Sánchez, Sánchez de Bustamante 1034, barrio de Almagro, hasta el 29 de septiembre.

En la misma sala, los viernes a las 22,30, otra muy recomendable obra de Juan Andrés Romanazzi, “Los secretos”, también con Paula Fernández Mbarak e Iván Moschner. Hasta el 25 de septiembre

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