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OPINIÓN

Diciembre de 2001: cuando el cuerpo estaba en la calle

Reparto de comida en un supermercado Coto de Ciudadela para evitar los saqueos en diciembre de 2001.

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Nos pareció bien ir un viernes por la noche al cine a ver un documental sobre Diciembre del 2001 en la República Argentina. La película también se llama así, Diciembre, y es del director Lucas Gallo, quien también dirigió otro documental que se llama 1982, sobre los reveses de un país que no estaba ni remotamente preparado para llevar adelante una guerra y sin embargo. La función fue en la terraza de Arthaus, ya que la sala de proyección de este Centro de Creación Contemporánea está armada así, al aire libre, en reposeras contradictorias y calefactores de exterior en Bartolomé Mitre y Reconquista. Desde nuestros asientos podíamos ver la luna llena, que estaba quieta y blanca detrás de la pantalla de proyección.

La película empieza con un video de prensa formato MiniDV de un almuerzo de poca gala de Carlos Saúl Menem junto a su esposa Cecilia Bolocco y colaboradores, periodistas, etc. A comienzos de diciembre del 2001, Carlos Menem ya se encontraba en libertad, después de haber pasado 167 días de arresto domiciliario en una quinta en Don Torcuato —Cristina Kirchner ya lleva 442 en un departamento en Caba—. Menem sonríe a la gente que le habla en ese almuerzo, y les responde cosas sobre sus costumbres de alimentación, sobre qué cosas prefiere porque le gustan más y cuáles son si o si una obligación por restricciones de salud. Y nosotros ahí estamos, con nuestros cuerpos curvados sobre reposeras modernas, mirando la cara de un hombre que ya está muerto y que nos provoca infinitos campos asociativos excepto la indiferencia. Al rato, la película nos zambulle en la pasarela infinita de imágenes del saqueo, familias enteras entrando a grandes cadenas o a pequeños almacenes para llevarse lo que sea, lo que les viniera en suerte, por ejemplo, treinta paquetes de sal gruesa Dos Anclas, quince latas de pomadas Wassington para lustrar zapatos, servilletas Elite, quizás una botella de Sidra La Victoria. Vemos etiquetas de productos, recipientes reconocibles, y rostros húmedos por el calor, inyectados en adrenalina de la mala, ojos humedecidos de felicidad porque se pudo y a la vez de agonía, también porque se pudo. Un grupo de policías de la Bonaerense restringen el paso a un grupo de vecinos mientras vacían las góndolas de un supermercado en plena calle. Una vez que les dan el paso, las personas que aguardaban con bolsas vacías se abalanzan sobre la mercadería, apta para el consumo o no. Fuera de contexto podría ser una actividad festiva, donde algunos ganan, otros no tanto, y otros directamente se van como llegaron, con las manos llenas de aire. El 19 de diciembre por la noche un grupo de manifestantes rompe las cadenas que cierran las puertas de hierro del Congreso Nacional y lo abren. Algo impensado hoy. Los ciudadanos sin remeras entran al Salón azul –contiguo al de Pasos Perdidos y al recinto de Diputados– y tiran sillones y paneles por las escalinatas hacia la avenida Callao y empiezan una fogata. El incendio empieza adentro, también, y los civiles se abrazan y por momentos hasta se emocionan. ¡Lo logramos! parece que se dijeran entre sí, aunque haberlo logrado sea tan victorioso como terrible. Un helicóptero surca el cielo para no volver nunca más. El despegue es elegante. Las condiciones de vuelo, óptimas. Las piedras que se arrojan desde la tierra no lo llegan a tocar. Que se vayan todos, no queremos ningún político, grita una mujer con un bebé que juega con una cuchara en su cochecito. Y nosotros acá, veinticinco años después, intentando recuperar ese sentimiento, admirando y lamentando también, esa evidente capacidad de acción que tenían las personas en el pasado. ¿Usaban el cuerpo? Lo usaban. ¿Hasta el hartazgo? Hasta que sus reclamos fueron oídos. ¿Sobrevivieron todos? Por supuesto que no. ¿Estaríamos dispuestos ahora a hacer algo así? Lo dudo. El cuerpo ahora es algo relativo.

Somos ciudadanos argentinos mirando nuestras hazañas en reposeras. Estamos horrorizados por el pasado que nos constituye pero también podría reconocer cierto grado de arrogancia en este gesto contemplativo. Como alguien que mira hacia atrás y piensa: ¡mirá todo lo que hice!

La película cierra en los primeros días de enero del 2002, cuando asume la presidencia que nadie quería, un casi kamikaze Eduardo Duhalde de sesenta años. Da la sensación de que durante treinta y un días corridos, incluso más, las calles de Argentina no se vaciaron ni de día ni de noche. No se vaciaron nunca.

Si bien no identifiqué la pulsión del presente que llevó a los creadores de Diciembre a volver a narrar los hechos con tanta minuciosidad —porque coincidencias en el hoy, hay, y muchas—me gustó ver esas imágenes inmensamente proyectadas a metros del Banco de la Nación, de la Avenida de Mayo, de la Casa Rosada, hoy tan silenciosa y protegida como un tesoro útil. Me gustó más el hecho que el acto. Prestos a observar así: como si todos los espectadores de esta función estuviéramos viendo una autobiografía. O mejor dicho, un autorretrato en el que ya no nos encontramos del todo. Hoy somos más bien estas versiones barnizadas o incluso, ignífugas, de nosotros mismos. Ni tan ambulantes, ni tan aguerridos.

CF/MG

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