ANÁLISIS

Masacre de la favela: Bolsonaro elogia a una policía fuerte con licencia para matar

"Al tratar como víctimas a traficantes que roban, matan y destruyen familias, los medios y la izquierda ... ofenden gravemente al pueblo, que sigue siendo el rehén de los criminales",  tuiteó Bolsonaro.

Con Lula libre y sin cargos pendientes, con la pandemia liberada pero sin absorberse jamás en los detalles de una coordinación sanitaria unitaria, al presidente Jair Bolsonaro  parecía faltarle un tema y un problema donde su guerra a muerte con la oposición fuera limpiamente ideológica, y donde la beligerancia pudiera desplegarse sin someterse a una servil discusión de los hechos de su gestión. Parece haberlo encontrado sin desplazarse para ir a buscarlo, y sin alterar el ‘fondo de comercio’ que le ha dado ante el público una identidad que jamás zigzagueó  desde su actuación como diputado: la Seguridad, la lucha contra la delincuencia y el crimen organizado, y la indefensión de las familias ante el asesinato y el robo.

El Brasil de Bolsonaro: el Senado investiga la gestión de la pandemia mientras el Gobierno deja de controlar la deforestación amazónica

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La histórica decisión del martes 5 en Brasilia de la Cámara de Diputados de revocar la Ley de Seguridad Nacional de la dictadura,  y las condenas en los medios y en organismos y movimientos sociales al accionar policial que el jueves significó nueve horas de terror y una masacre de tres decenas de personas en una favela carioca -la más mortífera en democracia-, demostraban que los enemigos de Bolsonaro existían y actuaban, y que su electorado podía contar con él. Desde sus redes sociales, el presidente condenó los avances de la “izquierda” que desprotege  a la víctima que es “el ciudadano que respeta la ley”, protege a los victimarios que son los delincuentes “que roban y matan”. Y lo que es todavía peor, persigue como violadores de los DDHH a los policías, “esos guerreros que diariamente ponen en riesgo su vida para proteger a las personas de bien”.

Dios, Patria y Hogar

En su perfil de Twitter, por donde difundía estos mensajes que fueron ampliamente comentados el lunes, Bolsonaro se define, en este orden, como “Capitán del Ejército Brasileño” y “Presidente n° 38 de la República Federativa de Brasil”. O en realidad, como un militar que fue “elegido” presidente. La defensa de las Fuerzas Armadas y de Seguridad ha sido un constante de su discurso en un país donde esta defensa no es ni un sentir minoritario, ni extremo, ni siquiera sectorial, sino transversal aunque pueda ser oblicuo. El domingo era un día particularmente adecuado para mostrarse como candidato de las familias, porque en Brasil, como en muchos países europeos y americanos, el segundo domingo de mayo, en que el hemisferio boreal es una fecha primaveral, es del Día de la Madre.  

Los hijos y la esposa de Bolsonaro son evangelistas, pero él sigue siendo católico, entre cuya grey resonaba la felicitación del papa Francisco de esa mañana dominical a las madres: Parabéns mamães! era el eco en el tuit. El otro lema identitario de las campañas de Bolsonaro, venía inmediatamente después. El candidato de la Ley, el Orden (y el Progreso económico, sin mención acá), y la Tradición, la Familia y la Propiedad, es el candidato nacionalista que sólo a Dios subordina la Patria: Brasil acima de tudo! Deus acima de todos! es la línea que sigue a la felicitación a las madres. Al saludo a todas las madres antecede el agradecimiento a su madre, Obrigado Dona Olinda! (Bonturi), que le puso Mesías de segundo nombre, porque cuando nació -en 1955- consideró milagroso el parto). Y por encima de todo, la garantía de todo esto corona el tuit, las felicitaciones a la Policía Civil de Rio de Janeiro (PCERJ), la policía estadual, cuyo lema oficial es el segundo verso de su himno,  “En defensa de quien nos necesite”.

En las elecciones del 2 de octubre de 2022, en Luiz Inácio Lula da Silva tendrá el Partido de los Trabajadores (PT) un candidato competitivo y Bolsonaro un rival a su pugnaz altura y  extemporáneo a sus cálculos. El segundo mandato se veía tan poco amenazado, que, inadvertidamente, dotó de una serenidad pocas veces conocida a las relaciones entre Ejecutivo y Legislativo. Se llegó a decir que era una reforma política de hecho, de la que uno y otro estaban satisfechos: un presidente que después de entrar en funciones abandonó el Partido Social Liberal (PSL) que le había prestado su nombre a su candidatura en las presidenciales de 2018, y partidos llamados de ‘centro’ que no presentaban candidaturas presidenciales. La situación única de un presidente sin bancada oficialista en el Congreso y partidos aliados (o indiferentes) sin aspiraciones presidenciales dotaba de una inercia de conveniencias mutuas a una situación a la cual la pandemia puso fin en 2020, por la diversidad de reclamos de estados afectados de distintas maneras, y con distintas orientaciones sanitarias.

La armonía del Congreso con el Presidente sufrió una nueva conmoción con el fin del Lava Jato y la restauración de Lula en sus derechos políticos. Las encuestas empezaron a dar como ganador en 2022 al dos veces presidente ya desde la primera anulación de los juicios por corrupción en su contra (declarada la incompetencia de Sérgio Moro, el juez federal de Curitiba que llevó adelante los procesos), en una tendencia que se consolidó y ensanchó al ratificar el pleno del Supremo Tribunal Federal (STF) la no culpabilidad de Lula (declarada ahora la parcialidad del juez Moro, guiado por móviles políticos), que no sólo era inocente sino que además había sido víctima de la arbitrariedad y violencias del magistrado y del sistema judicial que buscaban su perjuicio y lograron su mal.

El lawfare había privado al PT de su candidato natural para las elecciones de 2018. Bolsonaro podría elegir la vía de enfrentar al STF, y denunciar, para su electorado, el desmantelamiento del Lava Jato y el desprestigio del más mediático de sus ex jueces como otra maniobra de la izquierda. Esta vía, sin embargo, le alienaría para siempre el apoyo del centro en el Congreso, de partidos cuyos legisladores, autoridades, gobernadores, intendentes, concejales, están todavía en procesos, o fueron condenados en el Lava Jato, y esperan que el escarnio de Moro arroje un manto de duda sobre la imparcialidad con la que instruyó y sentenció en las otras causas.

La economía desnuda no exhibe signos prominentes de crecer o mantenerse gracias a que se la guareciera cierres y cuarentenas, y el tesoro sufre penurias como para transferir a los particulares  tantos, tan automáticos y tan sustanciosos estímulos en reales como en 2020. Sin la rentabilidad política del Lava Jato, sin el apoyo de un público que agradeciera el haberle sido ahorrados las miserias de las cuarentenas (que conceptualmente pudieran separarse a los estragos de una pandemia considerada flagelo natural invencible, y contra la cual, como terremoto o huracán, resultaba artificial luchar a sabiendas de que sólo se podía esperar), Bolsonaro  está demostrando que ha identificado un sitial reconociblemente propio, donde afincarse para reconquistar relevancia y proyectarse a la elección presidencial del 2 de noviembre.

La posición tienen una ventaja indiscutible, y es, precisamente, la de que nadie le va a disputar ese lugar: pueden buscar derribarlo, pero no sacarlo para instalarse ahí. No es un territorio en conflicto, porque ni el PT ni el Partido de la Socialdemocracia Brasileña (PSDB) que gobernó antes que el PT, van a declararse más legítimos para ocuparlo, sino que van a recusar la legitimidad de la posición en su raíz, que buscarán arrancar. Bolsonaro va a ser el paladín de la seguridad, el único que va a defender a una población “rehén” de la delincuencia cotidiana de una violencia que ha aumentado en relación directa con los confinamientos y cierres. Es una guerra justa, y quienes la libran son guerreros justos, que, cuando caen, son héroes. De las 29 personas que murieron en la masacre de Jacarezinho, una sola era un policía, André Leonardo de Mello Frias. Bolsonaro dedica un tuit a su memoria, porque “perdió su vida en combate contra los criminales” y “será recordado por su coraje, como todos los guerreros que arriesgan su propia vida en la diaria misión de proteger a la gente de bien”.  La PCERJ lo llama “uno de los verdaderos héroes, que luchan en medio de las adversidades”

El culto y el sueño de los héroes

En el operativo que mereció el encomio de Bolsonaro, durante nueve horas se ocupó una favela, con apoyo de helicópteros, se suspendieron las clases, las vacunaciones, y la población vio cómo buscaban a cómplices o asociados con el Comando Vermelho, la principal banda narco de Río, acusados de reclutamiento de menores para colaborar en las actividades delictivas, y otros delitos. De los 28 muertos, 25 tenían antecedentes policiales, pero sólo contra 3 de estos había orden de arresto de la Justicia, y otros 3 de los buscados están entre 15 detenidos. En la orden de arresto, no se menciona qué cargo se les formula a las personas cuya captura se pide a la policía. La Comisión de Derechos Humanos y Asistencia Judicial del Colegio de Abogados de Brasil- Río de Janeiro (OABRJ) denunció que el operativo hubiera sido realizado estando vigente una decisión del STF que ordena la suspensión de tales incursiones en las comunidades (barrios, favelas) en tiempos de pandemia, salvo motivos excepcionales y con presencia del Ministerio Público. Más todavía, según Álvaro Quintão, que preside la Comisión, el hecho de que todos los muertos ya estuvieran muertos al llegar las ambulancias al céntrico Hospital Municipal Souza Aguiar, contribuye a sostener la narrativa que propone la Policía, que vincula a todos con el delito de que se acusa a los pocos cuyo nombre figuraba en la escueta orden de detención.  

Todas las circunstancias del episodio, que se conocen cada vez más exactamente en sus rasgos exteriores, con mayores detalles locales, que la prensa y los medios reproducen en una atención que a lo largo de los días no desfalleció, lejos de matizar o cuestionar el apoyo del Presidente, lo vuelven más nítido, y es mejor escuchado su mensaje.  El juez del STF Luz Edson Fachin alertó sobre un posible auto-golpe de Bolsonaro, que amenazó con suspender las elecciones si se suspenden las boletas en papel y se las sustituye por el “fraudulento” voto electrónico y que también amenazó intervenciones en los estados con cuyas políticas sanitarias está en desacuerdo.  

Dada la relación de prudente distanciamiento actual de las FFAA brasileñas del ex capitán del Ejército que dice ser su mejor amigo, el autogolpe tendría dificultades prácticas, que limitarían tal golpismo presidencial. El candidato que en 2018 venció en segunda vuelta al PT con el 55% de los votos, aspira a triunfar otra vez, a ser otra vez “el capitán elegido”. El ex militar de 66 años enfrentará al ex obrero de 77, una década mayor. En pandemia, hay marchas en su favor. Las especulaciones deploran o ironizan al pronosticarle a Bolsonaro que saldrá indemne de la Comisión Parlamentaria de Investigación (CPI) del Senado que investiga su gestión de la pandemia. Incluso, esa exoneración de culpa lo favorecería: privaría a los adversarios de filo en la que quieren que sea la impugnación más hiriente.  Mientras tanto, la popularidad de Bolsonaro creció de 35% a 40%, según la encuesta Atlas dada a conocer el lunes, y ganaría la primera vuelta. Aunque Lula todavía le gane la segunda. 

AGB

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