Análisis

Francia: el mismo odio, la misma lluvia que en 2017 (o casi)

Emmanuel Macron, político derechista, presidente, candidato, y ex banquero, reacciona con satisfacción a los números de la primera vuelta electoral del domingo, que lo han dejado en primer lugar para el balotaje del 24 de abril.

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Imagínense qué habría ocurrido si en Gran Bretaña se hubieran desmoronado, por completo, y al mismo tiempo, el partido conservador y el partido laborista. O si en EEUU se hubieran derribado, a la vez, republicanos y demócratas. Bueno, proseguía Jean-François Kahn, invitado por TV5 para comentar los resultados, apenas conocidos, de la primera vuelta de las presidenciales del domingo, habría ocurrido lo que ha ocurrido ahora en Francia. Lo que ya parecía haberse adelantado en 2017, cuando en el primer turno quedaron como rivales para el balotaje el entonces neófito Emmanuel Macron y la veterana (pero ya para entonces renovada) Marine Le Pen. Pero, según este ensayista político francés, esto es ahora un hecho consumado, casi irreversible.

Acaso sea reversible, o menos hondamente relevante, que estas dos candidaturas políticas, y las figuras que las representan, hayan vuelto a quedar consagradas como rivales. Son dos formaciones altamente personalistas. En Macron, proyecto político y proyecto biográfico individual parecen fundirse. En Le Pen, el partido es un bien familiar, una herencia de su padre Jean-Marie Le Pen, que ya había sido derrotado rival de balotaje del gaullista Jacques Chirac en mayo de 2002.

Irreversible luce el que las dos fuerzas mayores que en la posguerra europea aspiraron al poder en París, y lo ejercieron, el gaullismo y el socialismo, o, según la jerga gala, la derecha de gobierno, y la izquierda de gobierno, han pasado a la Historia, y sus candidatas, Valérie Précresse, y Anne Hidalgo, obtenido porcentajes fósiles, simbólicos, en esta primera vuelta, y han declarado de inmediato su adhesión a Macron para la segunda. Tanto más así, que la izquierda ni clásicamente socialista ni tradicionalmente comunista de Jean-Luc Mélanchon haya hecho una elección excelente, y casi alcanza a ser la segunda fuerza más votada, desplazando a Le Pen de poder dirimir la presidencia en el balotaje de dentro de un par de semanas.

Sin inexactitud, se llama al ex Frente Nacional, hoy Reunión Nacional, de Le Pen, 'extrema derecha'. Acaso esta misma extremosidad no resulte deficiente en En Marcha, el partido de Macron. Si la derecha de Le Pen es nacionalista, tradicionalista, conservadora, la de Macron es derecha neo-liberal. Aunque uno y otra proclamaron su laicismo radical -y no hay por qué dudar de su sinceridad- en sus arengas del domingo post-electoral, es innegable también la proximidad de Le Pen con el ruso Vladimir Putin, con el húngaro Víktor Orban (fue la primera en felicitarlo el lunes por su victoria abrumadora en la reelección) y aun con el brasileño Jair Messias Bolsonaro y el norteamericano Donald Trump.

La guerra de las desigualdades

Si hay un jefe de Estado europeo que desempeña con regusto y sin miedo escénico el papel de rey filósofo ilustrado que quiere ganar el favor popular y domar el populismo, es precisamente Macron. El presidente francés aspiraba en la primera vuelta de este domingo 10 a un margen de ventaja nítido, a sabiendas de que será todavía insuficiente para concederle la reelección. Es lo que obtuvo.

La rebelión de los chalecos amarillos, esos provincianos sin tren y sin diplomas de educación superior, equivalió a una rabiosa toma del Arco de Triunfo y enconada ocupación de los Campos Eliseos parisinos, infligidas a la casta de familias universitarias engordadas con el gerenciamiento del patrimonio estatal y el ahondamiento meritocrático. Desigualdades para las que cuales se ha desistido hasta del automatismo de fingir, con el esfuerzo de montar alguna verosimilitud creíble, que se les busca remedio.

Macron se había enterado de estos hechos, los primeros después de su aumento desigual de los combustibles, cuando estaba de viaje oficial en el extranjero. De visita oficial en el Argentina, para la cumbre del G-20 que había coreografiado su casi homónimo Mauricio Macri, y que resultó ser la más lograda cumbre de la revolución cultural cambiemita. Macri y Macron se parecen en que han sido, y son, muy odiados por quienes los odian. Aun cuando gane su reelección, Macron es el presidente francés más odiado de la posguerra europea. Ni Charles de De Gaulle fue así de odiado en mayo de 1968. Como Macri, Macron no consigue que dejen de pensar en él como un rico (es ex banquero de inversión) que representa a los ricos y gobierna para los ricos.

Quien en Francia perora contra el egoísmo salvaje y autista de las élites 'progres' desde esa Bastilla en cuyas almenas están instalados los líderes húngaros y serbios que esta semana capitalizaron en las urnas la firmeza del sentir anti-élites, el mismo que encarnaba Trump y que representa Putin, el mismo en nombre del cual piden en Brasil el voto Bolsonaro, para encarnarlo durante un mandato más si las elecciones de octubre le dan la victoria, es la ultra derechista Marine Le Pen. Que ha ido desviando el discurso xenófobo y antiinmigración de su padre, hasta dota a la ultra derecha (a su ultraderecha) de un nuevo fondo de comercio: la ‘cuestión social’. Las desigualdades, la carestía de la vida, la inseguridad de los servicios, del sistema de salud, de la protección policial, de la defensa internacional de la patria, son temas de su campaña.

Esta vez, Marine Le Pen puede llegar a ganar. Es la abanderada de los humildes a los que siempre falta un céntimo. Ella habla, pero no alecciona, a los desposeídos. Sabe que nunca antes ni después sacó más votos Vladimir Zhirinovski, el eterno candidato ultranacionalista ruso y postulante presidencial récord muerto esta semana, que en las elecciones de 1991. Había hecho campaña prometiendo solución urgente a un problema entendido y padecido por todos: el escandaloso aumento del precio del vodka.

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