ArteBA 2025: El arte como experiencia y la búsqueda de lo real

Bajo el lema “El arte como lenguaje humano”, la 33ª edición de esta feria que funciona como punto de encuentro para el sistema del arte en su conjunto –desde artistas y galeristas, hasta curadores, coleccionistas y público general-, deja como siempre una impronta significativa en la escena cultural argentina y latinoamericana. Reafirma la ciudad como foco artístico, promueve puentes entre lo local y lo global, y despliega decenas de estrategias para enriquecer la experiencia artística y comercial.
“En un contexto de transformación global, donde los avances tecnológicos y la inteligencia artificial reconfiguran nuestras formas de vida, ArteBA 2025 pone en el centro a las personas. Reivindica el arte como una forma singular de pensamiento, una experiencia profundamente humana que no puede ser automatizada ni replicada”, explican los organizadores sobre la propuesta curatorial de esta edición, que intenta poner en debate el modo en que la AI transforma la creación y la circulación de las obra. Aún cuando se trata de un ecosistema que, a diferencia de otros y hasta ahora, no se ve amenazado por la tecnología y tampoco necesita de su ayuda para limitar su campo de acción. La propia economía del país, el énfasis sobre el aspecto corporativo y la escasez de propuestas novedosas que cuestionen -al menos de manera irónica-, el orden establecido, parecen lograr ese objetivo sin soporte digital. En definitiva, el sistema del arte se basa en los equilibrios entre todos esos componentes. O como morder la mano que alimenta para que siga alimentando.
Las palabras de Larisa Andreani, presidenta de la Fundación ArteBA, parecen ir en ese sentido: “ArteBA no es solo una feria, es un punto de encuentro. Una plataforma que reúne escenas, proyecta trayectorias, impulsa nuevas voces, activa colecciones y conecta territorios. No solo refleja lo que sucede en el arte contemporáneo: lo potencia”.
La tensión económica que atraviesa la Argentina se retroalimenta entonces con la incertidumbre que impera en el escenario del arte global y las consecuencias son lógicas. La renovación de las propuestas se dificulta y se consolidan las figuras consagradas como claros ganadores. Una apuesta segura para los coleccionistas y también el principal atractivo para los visitantes. La comparación entre lo nuevo y lo viejo también podría ser otro eje que divide aguas en el recorrido. Y no solo en el plano conceptual. La propia estructura de la feria está dividida en dos grandes áreas. La principal, para los espacios consolidados y con altos precios. Aninat Galería, Calvaresi, Constitución, Hache, Herlitzka, Moria Galería, Nora Fisch, Pasto, Roldan Moderno, Rolf Art, Rubbers, Selvanegra, Subsuelo, Vasari y Via Margutta, entre otras. La línea imaginaria que separa estos metaversos, ubica de ese lado nombres como Xul Solar, Berni, Maldonado, Torres García, Deira, Macció, Penalba, Batlle Planas, Martha Boto, Del Prete, Seguí, Suárez. En el otro, se encuentra Utopía, más experimental, con precios accesibles y menos de cinco años en el circuito. Ahí se encuentran, Grasa, Komuna, Casa Proyecto, Pólvora, Pionera, Satélite, Fulana, Espacio218 y La Mesa, donde sobresale “La acción humana, el mal del siglo”, del chaqueño Julián Matta.
Como transitando la ancha avenida del medio, las galerías internacionales invitadas: Galería Vermelho (São Paulo), Carmen Araujo Arte (Caracas), Galería Jocelyn Wolff (París) y Dot Fiftyone Gallery (Miami). En esta zona hay artistas con propuestas superlativas, como el caso de Nicolás Robbio, Leandro Lima, Magdalena Fernández, Diego Bianchi, Franz Erhard Walther, Gian Paolo Minelli y Jorge Miño, entre otros
Entre las obras que se destacan, vale la pena detenerse a ver la de Flavia Da Rin en la Galería Tomás Redrado, las de Noé, Porter y Ferrari en Centro de Edición, Jazmín Berakha en Galería Mite, La Virgen de Richard de Itatí en la Galería Imaginario, el uruguayo Iturria en Galería Sur, los monitores floreados de Julieta Tarraubella en Galería Rolf Art, la serie de la carne de Carlos Alonso en Vía Margutta y la sorprendente Rosa Martínez González en Galería White Lodge. El mural de arcilla de Gabriel Chaile en Barro, la monumental pieza en mármol de Alexis Minkiewicz, la escultura de Adrián Villar Rojas proveniente del Museo Mori de Tokio, en Ruth Benzacar. El crossover de espacio y tiempo parece condensarlo la Galería Del Infinito, con el retrofuturismo de Kosice y Le Parc. Y merece especial atención la obra realizada por el marplatense Mariano Ullúa, en un verdadero acierto curatorial de Florencia Cherñajovsky.
El crecimiento de la feria trae como siempre una preocupación que atraviesa al sector: el riesgo de que el protagonismo lo tomen las marcas patrocinadoras de los premios por sobre los artistas y galerías emergentes. La escena necesita oxigenarse y renovarse, y para eso resulta clave que la feria siga siendo un espacio donde los nuevos nombres puedan instalarse. Intrínsecamente, es ese mismo oxigeno el que también nutre a los artistas emergentes. Se trata entonces de encontrar un equilibrio, entre los sponsors, las instituciones y el poder con aquellos artistas, curadores y galeristas dispuestos a desafiarlos. La ausencia de mensajes contundentes en esa dirección podría ser una señal de alarma para mantener el espíritu vivo. Una feria como ArteBA no es simplemente un espacio de compraventa de obras. Es un ritual donde se condensan -o deberían condensarse-, las tensiones existentes en una sociedad, donde las luchas de poder y el capital simbólico intentan legitimarse. Y es esa obra única la que tiene la capacidad de arrojar algo cierto, algo real, algo verdadero, en un contexto de consumo. Los artistas buscan visibilidad y ventas. Las instituciones, los coleccionistas y los patrocinadores, buscan prestigio. La feria es una vidriera, pero también el campo de una disputa, que va más allá de la existente entre los establecido y lo emergente. La feria funciona entonces como un laboratorio social. Un catalizador donde se puede ver de cerca la circulación del valor, donde lo que hoy es marginal, mañana puede ser el canon.
Tampoco hace falta ir a Theodor W. Adorno para advertir los riesgos que implica el arte como mercancía pura, ya sin su capacidad de resistencia y transformado en un objeto de decoración. La pregunta que subyace es si esos patrocinios que oxigenan la escena otorgando financiamiento, no genera una fantasía de la armonía que sofoca el riesgo estético. En cualquier caso, ArteBA continúa siendo una experiencia democrática, donde miles de visitantes circulan y ejercen la ciudadanía. Y es eso precisamente es lo que hace valiosa a una feria. El lugar donde se negocian valores también se disputan sentidos y se construyen identidades. ArteBA 2025 cumple finalmente ese objetivo y transforma al arte en espectáculo, para reinventar o mantener el orden establecido.
MR/MF
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