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Música

Cassandra Wilson: la vidente del jazz

Cassandra Wilson
3 de septiembre de 2026 10:18 h

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La vida musical de Cassandra Wilson empezó varias veces. Con sus estudios de piano, entre los 6 y los 13 años; con su abordaje del clarinete, como miembro de la banda de su escuela media; con el estudio del método de guitarra de Mel Bays, que le aconsejó su padre (guitarrista y profesor de música); con las primeras canciones que compuso, de adolescente, cerca del folk y en las reverberaciones de Joni Mitchell; en sus noches trabajando en bares como cantante de rhythm & blues, funk y pop, mientras estudiaba Comunicación en la Universidad del Estado de Jackson; en su primera aproximación al bop, gracias a la Black Arts Music Society, fundada por John Reese y Alvin Fielder.

Pero su gran comienzo, es decir el de la cantante que fue, tal vez, la última en crear un estilo y un universo absolutamente propio dentro del jazz, tuvo que ver con la mudanza de su Jackson natal, en Mississippi, a Nueva York, con su práctica de improvisación con el gran trombonista Grachan Moncur III, y con su encuentro con el saxofonista y compositor Steve Coleman, a quien conoció en las jam sessions conducidas por el pianista Sadik Hakim. Coleman había creado el colectivo M-Base, un proyecto que, a partir de líneas estilísticas desarrolladas por la AACM (la Asociación para el Avance de la Música Creativa) de Chicago, y del BAG (Grupo de Artistas Negros) ampliaba sus límites al territorio del soul y el funk y produjo mucha de la música más intensa y original de mediados de los ochenta. Allí estaba, además de Coleman, la genial pianista Geri Allen (otra gran artista muerta tempranamente, en 2017 y con 60 años recién cumplidos). Y allí se integró Wilson como una más.

“Ideas sutiles tras la máscara de la música pop”, sintetizó The New York Times. En los primeros álbumes de Coleman y de su grupo Five Elements, entre 1985 y 1987, fue donde se escuchó a Cassandra Wilson en disco por primera vez. Y, por supuesto, en su debut solista, Point of View, de 1986, donde tocaban Coleman y Moncur. Hubo también, en esos primeros años, otro encuentro extraordinario, plasmado en Air Show Nº 1, de 1987, donde Wilson se suma al notable trío Air, conformado en esa ocasión por Henry Threadgill en flauta y saxos alto y tenor, Fred Hopkins en contrabajo y Pheeroan AkLaff en percusión.

Casandra, en la mitología griega, había sido premiada por Apolo con el don de la adivinación, a cambio de su amor. Y luego, ante la negativa de ella de entregársele, el mismo dios la había castigado haciendo que sus palabras no pudieran ser entendidas. En Agamenon, de Esquilo, por ejemplo, predice la muerte del protagonista a manos de Clitemnestra pero, por supuesto, nadie sabe qué es lo que está diciendo. La joven Wilson, que compartió con ella su nombre, fue una vidente de características totalmente diferentes. Como ella, vio el futuro –o uno de ellos– pero no hubo maldición alguna: ganó dos premios Grammy, fue distinguida con el doctorado honorífico en Música de la Escuela Berklee y en Artes de La Milsaps School, en varias oportunidades sus discos fueran elegidos por las publicaciones especializadas como los mejores del año en su género y entre 1994 y 1996 la revista Down Beat la coronó como la mejor cantante de jazz.

Con su voz gravísima, reminiscente de la de Sarah Vaughan aunque sin manierismo alguno, su capacidad para la improvisación y para integrarse en un grupo, que recuerda a Betty Carter, su cercanía con el mundo de Joni Mitchell, su conociemiento profundo de los standards, el talento como compositora y la naturalidad para transitar con fluidez por las fronteras entre géneros menos predecibles –incluyendo el funk y el folk, en un extremo, y las vertientes más osadas de las vanguardias del jazz en el otro–, Cassandra Wilson tuvo mucho de muchos pero no se pareció a nada.

En 2009 actuó en Buenos Aires y en su luminosa carrera quedan, como mojones, Blue Skies, de 1988, dedicado enteramente a standards y con un grupo que incluye a la baterista Terri Lyne Carrington, el bajista Lonnie Plaxico y el pianista Mulgrew Miller, Blue Light ‘til Down, una fascinante lectura el sur profundo de los Estados Unidos, el premiadísimo New Moon Daugther y Travelling Miles, su homenaje a Miles Davis en 1999, con letras propias, y un elenco que incluye a Pat Metheny en guitarra (en “Sky and Sea”), Dave Holland en contrabajo, Steve Coleman en saxo alto (en la pieza que da título al álbum), la violinista Regina Carter y el cornetista Olu Dara.

Su último disco, Coming Forth by Day, fue un homenaje a Billie Holiday, coincidente con el centenario de su nacimiento, en 2015. Lo separaba del anterior, Another Country, un hiato de tres años. Sus producciones recientes mostraban una inclinación más evidente hacia el country y el blues tradicional y, en una entrevista publicada en ese entonces por la revista Down Beat, la cantante hablaba de su “necesidad de no grabar por grabar y sentir que tengo algo nuevo por decir”. Después de un silencio de más de diez años, Cassandra Wilson murió anteayer, 1 de septiembre, en su casa de Jackson, Mississippi. Tenía 70 años y, en el comunicado de su familia, que no informa la causa de su muerte, dice que falleció en paz y rodeada por sus seres queridos. Lo más importante, desde ya, es que vivió. Y que sus discos, esos fantasmas, siguen allí.

Diego Fischerman es autor del blog Apuntes (https://diegofischerman.blogspot.com/)

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