Panorama de las Américas

Las Américas: el año de los lastres y las cuentas regresivas

Gisela Faure

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En líneas generales, el año que a mediados de diciembre se acerca escéptico al solsticio de las estaciones extremas y a su propio fin configura del horizonte futuro una imagen hecha con pequeñas esperanzas y sin ilusiones perdidas. Mañana luce mejor que hoy porque hoy luce peor que ayer, pero sobre todo que anteayer. Lo que se va, se teme. Lo que viene, se añora. Lo que se queda, se deplora. 

A las buenas o a las malas, el próximo mes Donald Trump se irá de la Casa Blanca. Con las vacunas nuevas y la renovada domesticación de nuestras conductas, la pandemia del coronavirus retrocederá más o menos significativamente. Con las nuevas aperturas, dejaremos atrás la recesión de las cuarentenas. China, que nunca dejó de crecer del todo, volverá a crecer, nos entusiasmamos, ¡a tasas chinas! Los precios de los hidrocarburos y de los commodities a los que atamos en América Latina nuestro crecimiento, nuestras inversiones en infraestructura y nuestras cuentas más corrientes volverán a subir, o ya están subiendo. 

FECHAS, PLAZOS Y CONDICIONES. Entramos a la tercera década del siglo XXI con la razonable expectativa de liberarnos de lastres pesados. Sabíamos que eran duraderos. Aunque la fecha de su caducidad se hubiera esfumado, o nunca hubiera sido estampada, sabíamos que ni se eternizarían ni se volverían perdurables. Algunos ocurrirán en un momento futuro y cierto y aun cercano. Otros tienen plazos, son hechos futuros ciertos, pero ignoramos cuándo ocurrirán. 

Así, por ejemplo, sabemos que el 1° de enero Cuba abandonará el sistema bimonetario, lo que equivale a decir que dejará atrás la convertibilidad de ‘un peso cubano convertible, un dólar’. Y se quedará sólo con el pobre peso inconvertible que vale 24 veces menos que la moneda de Estados Unidos. Y sobre este país, sabemos que el 20 de enero un demócrata, Joe Biden, jurará en Washington como sucesor del actual presidente republicano.

LA PESTE DIFUSA. Lo que no sabemos para Estados Unidos es cuándo, cómo, dónde, para quiénes primero comenzará la vacunación contra el COVID-19. Apenas si acaban de darle el visto bueno a la fórmula de la farmacéutica Pfizer. Un visto bueno que inicia, de norte a sur por las Américas, aunque después de Canadá, el dominó de una serie de autorizaciones primero y de consiguientes campañas de vacunación después. Sabemos que las fichas se irán encadenando. No sabemos cuándo, pero algo sabemos sobre el cómo. Lo anticipó el ministro de Salud argentino Ginés González García. Todas las aprobaciones de los institutos nacionales de profilaxis –la que han otorgado esta semana los Emiratos Árabes a la vacuna china, la que la Argentina rubricará también este diciembre para la vacuna rusa- son ‘de emergencia’. Vale decir que sin el largo año de pandemia los procesos de certificación habrían sido más largos, tal vez más fastidiosos; vale decir que el lastre de la pandemia es gravoso, y seguirá gravitando. 

LA SOMBRA OSCURA DE TRUMP Y LA SOMBRA BLANCA DE OBAMA. En 2017, muchas situaciones políticas se diluían por entero, como la administración demócrata y progresista del presidente norteamericano y doctor en leyes Barack Obama, primer negro al frente de la Casa Blanca. Lo que seguía, se sabía, era la imprevisible, inasible administración republicana del multimillonario Donald Trump, que había hecho campaña populista y antipolítica y que los medios pintaban como un payaso siniestro salido de la peor televisión chatarra. En 2021, no parece que vayan a disolverse en los aires ni el populismo ni la antipolítica ni el protagonismo del candidato presidencial derrotado. 

El miércoles 20 de enero, ante un Capitolio probablemente todavía con mayoría republicana, el presidente de la Corte Suprema, el republicano John Roberts, le tomará juramento a su correligionario católico Joe Biden. Es el presidente No. 46, sucesor en línea ininterrumpida del primer presidente, George Washington, general en la guerra de independencia contra el Imperio Británico, presente en cada billete de un dólar. Biden, que fue dos veces vice de Obama y llenó ya los cargos de su futuro gobierno con muchos ex funcionarios de aquellas dos administraciones demócratas, tiene 78 años y no buscará la reelección. Su buen conocimiento de América Latina ha dado lugar al sur del río Grande a todo tipo de expectativas, ilusiones y cuentas ábaco en mano. Las que se vieron aduladas porque analistas, observadores, periodistas, y buena parte de la opinión pública se empeñaron durante la campaña y la elección presidencial norteamericana en elogiar la imparcialidad de un sistema político que trataba por igual a los candidatos a la vez que representaba la contienda electoral como una lucha en la que el Bien acabó imponiéndose sobre el Mal.  

ROSAS QUE EMPALIDECEN. También en Venezuela se celebraron elecciones legislativas, que también fueron representadas por los medios y el oficialismo local como imparciales y a la vez como lucha y triunfo del Bien sobre el Mal. También en Venezuela gobierna un heredero, Nicolás Maduro. ¿Es un gobierno? ¿O hay que hablar de régimen? El shibboleth del liberalismo latinoamericano es dar respuesta a la pregunta sobre si en Caracas hay un dictador. Hay que decir que la respuesta afirmativa a esta pregunta parece contribuir a que las cosas sigan como están, que es lo que quienes así responden dicen no tolerar. A lo mismo contribuye la acción concomitante de reconocer en el asambleísta Juan Guaidó a un presidente provisorio o de reserva permanente. Las posiciones de México o Bolivia, adoptadas por motivos diferentes, o solapados, tienen por delante un camino menos infructuoso. (Que era también hasta su última presidencial de un año atrás la postura del republicano Uruguay, donde ahora también gobierna –una coincidencia más- otro hijo y heredero, Luis Lacalle Pou). Occidente y América Latina parecían haber aprendido algo de la Guerra Civil Española. Reconocer a gobiernos que no ejercen el monopolio de la fuerza sólo trae más sangre. Resultó preferible poner embajada en Madrid y esperar y trabajar hasta que algún día llegara un pacto de la Moncloa aceptable para todas las partes. Por otro lado, el precio del petróleo, ‘monocultivo’ de la República Bolivariana, que ha descendido a récords históricos, no promete aumentar significativamente. El rojo carmesí del que fuera el más arrogante, orgulloso, exportador de los socialismos del siglo XXI se destiñe acaso en su imagen exterior, pero se vuelve más indeleble en el interior de sus fronteras. En la Nicaragua sandinista, en las elecciones de noviembre, todo hace creer que la exguerrillera y colorida poetisa Rosario Murillo Zambrana será otro caso de sucesión designada y familiar, y que heredará, vía unas urnas que no dirán otra cosa, la presidencia de su marido Daniel Ortega.  

LOS ANDES NO CREEN EN DIOS. Dentro del cuadro de fracasos resquebrajadizos y caídas y deslizamientos por planos inclinados de las centro-izquierdas sudamericanas en la última década y media, existían dos excepciones, de dos países que en vez de trasladar el superávit a gastos de la cuenta corriente de sus tesoros lo invirtieron en infraestructura. 

La excepción relativa fue el Ecuador de Rafael Correa (2007-2017), que había sabido cuidar una economía que ya le había llegado, de gobiernos anteriores, completamente dolarizada. Acusado de corrupción y condenado in absentia en los tribunales de su sucesor (y antes también heredero) Lenín Voltaire Moreno, Correa no podrá presentarse a las presidenciales de febrero. Aunque espera que en ellas triunfe su candidato, el joven economista Andrés Arauz. Que tiene muchas chances contra Guillermo Lasso, un banquero conservador que ya supo perder las elecciones, y el líder indígena Yaku Pérez. 

La excepción absoluta también era andina, y fue el Estado Plurinacional de Bolivia fundado por Evo Morales Ayma. Un país que los catorce años anteriores al golpe de Estado de noviembre de 2019 no había hecho más que mejorar sea cual fuere el rasero con que lo midamos: alfabetización, combate exitoso a la indigencia y la pobreza, alimentación soberana, capitalización, reservas de divisas en el Banco Central, Producto Interno Bruto… Entre las cuentas regresivas ya cumplidas y los lastres ya soltados de este año figura conspicua la victoria del binomio del Movimiento al Socialismo (MAS) en las elecciones bolivianas del 18 de octubre. Esta semana cumple un mes en la presidencia Luis Arce Catacora, antiguo ministro de Economía del ‘milagro boliviano’, sombra blanca de Morales, primer indígena en ser elegido democráticamente presidente en su país. Los desafíos que dejó el desastre de la mala administración sanitaria y económica del año de gobierno golpista son enormes, pero quizás a este técnico le resulten más afines que las demandas de los movimientos sociales: Lucho es y no es Evo. 

En el otro país indígena andino, Perú, al que este año tocó un papel protagónico regional propio en la catástrofe pandémica y inestabilidad política, las presidenciales de abril pueden consagrar a figuras por fuera de un sistema partidario que cada día que pasa merece menos el nombre de sistema. 

Siguiendo la cordillera al sur, en Chile, las campañas para la elección presidencial de noviembre irán en paralelo con las discusiones y debates de la Asamblea que votará una nueva Constitución que atribuirá al Estado una función más determinante y responsable en salud y educación pública y en las jubilaciones y pensiones. Los partidos y el electorado de la antigua Concertación, hoy en la oposición, pueden recuperar el poder. Pero no hay que descartar una retardada victoria del eterno postergado Joaquín Lavín, alcalde del rico municipio de Las Condes en el próspero oriente de Santiago, y populista de derecha moderado. 

Del otro lado de la cordillera, habrá legislativas en Argentina en octubre, y muy al norte en los mismos Andes, las habrá México y en junio. Ni en uno ni en otro caso es hoy de esperar un voto confirmatorio del mandato de los oficialismos, y ni siquiera es seguro que la derrota, de llegar, sea moderada como suele corresponder a las elecciones de medio término.  

LA EXCEPCIÓN GUARANÍ. Primer país hemisférico oficialmente bilingüe de castellano con una lengua amerindia, primer importador mundial de whisky y primer exportador mundial de energía eléctrica, Paraguay había atravesado los meses de pandemia con menos casos y menos muertes que sus vecinos. Al menos en parte, gracias a la juventud demográfica: la mitad de sus siete millones y medio de habitantes tiene menos de 25 años. Hasta que esta semana se quedó sin camas de terapia intensiva en el sistema público. 

“La pandemia en Paraguay tiene el rostro del estado poco presente –escribe el periodista de investigación Jorge Zárate-. Hace eclosión el déficit estructural de la salud pública paraguaya que no es universal y gratuita”. La intervención estatal en la economía fue mínima y poco eficaz. Se calcula que las ayudas económicas sólo llegaron a la cuarta parte de los informales que necesitan salir para trabajar. Esto hizo que la gente volviera a las calles y el número de casos se dispare desde agosto pasado. Las ciudades fronterizas fueron líderes de la protesta. En la Triple Frontera, Ciudad del Este logró la apertura con la brasileña Foz, lo que significó una alerta amarilla permanentemente encendida porque el Brasil de Jair Bolsonaro, como el de su aliado el populista Trump en Estados Unidos, encabezan los casos, los contagios, y las muertes por coronavirus. Encarnación pelea la apertura con la argentina Posadas porque las pérdidas de los comerciantes fueron importantes. 

Los despidos fueron masivos. Las suspensiones de trabajadores con mínimas compensaciones estatales fueron también en números exponenciales, al punto que llevó al gobierno del colorado Mario Abdo Benítez a presentar un proyecto de ley para la creación de un seguro de desempleo por primera vez en la historia.

LAS QUE NO VOLVERÁN. Cuando este 10 de diciembre, en la ex ESMA, la expresidenta y actual vice argentina Cristina Fernández de Kirchner evocó nostálgica en el día de los Derechos Humanos que en los tiempos en que ella y su difunto marido dirigían directamente el destino del Estado la ciudadanía de su país vivía vidas más ordenadas, y sabía de antemano cuánto pagaba por el agua, la luz, el gas y el transporte, la suma de ex situaciones no podría ser más verdadera, más flagrante, y más definitiva. No se le escapaba a la compañera de fórmula del presidente de una fórmula que ella misma había acuñado y consagrado la clave no tan secreta del paraíso perdido; ella misma pronunció la palabra y reivindicó la noción de “subsidios”. 

Uno de los poemas más famosos de la lengua castellana recita “Volverán las oscuras golondrinas / del balcón sus nidos a colgar”. Pero el sevillano Gustavo Adolfo Bécquer no sería romántico si no fuera funesto. Volverán, sí, con el verano a migrar hacia acá las golondrinas, pero aquellas que en pleno vuelo se detenían “tu hermosura y mi dicha a contemplar/ aquellas que aprendieron nuestros nombres”, ésas, ésas “no volverán”. La filosofía está viva, la historia del festivo superávit latinoamericano, sin estar para siempre muerta, espera resurrecciones y transfiguraciones cuyas formas efectivas aún desconocemos, por más que otra vez nos animemos a delinear, en el aire, sus perfiles ideales. Estas cuentas regresivas son las de un rosario que no se termina de desgranar, como parecía que nunca iban a llegar a desgranarse en el país que dio media sanción a la legalización del aborto, en lo que promete volverse otro dominó latinoamericano, pero este de sur a norte. 

Alfredo Grieco y Bavio trabaja como escritor, traductor y periodista. Ha sido editor de Política Internacional en los diarios Página/12, Crítica de la Argentina, Tiempo Argentino (Argentina) y La Razón (Bolivia) y columnista en el semanario Veintitrés (Argentina).  

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