Manos de pianista

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Como un iceberg o un cubito de hielo, como algo que se derrite, con lo que queda cuando todo se deshace, con eso que queda debajo, así están hechas las memorias. Una madre es un piano triste, de María Malusardi, editado por Las Furias, está hecho de ese agua derretida. Las pianistas son un imán: La pianista, esa película volcánica de Michael Haneke a partir del libro de Elfriede Jelinek; el documental de Martha Argerich sobre su vida y el vínculo con su hija, artífice de esa película. Sobre esta constelación el libro construye a esa pianista, de la que todo el tiempo se quiere saber más. Hay algo adictivo en esa pregunta: ¿quién es esta mujer? ¿quién es esta madre? Como si la escritura estuviera montada sobre un misterio. Leer y preguntarse: ¿por qué? ¿Por qué? Retumba el eco de esa interrogación. La caída en picada que produce la lectura. No hay respuestas ni por qué. Hay lenguaje. 

Pero volvamos. La pianista, esa mujer, esa madre, ese personaje descripto como “una fiera” es capaz de coquetear con el salto por una ventana; está cansada, se lo menciona muchas veces, y se dice de ella: “mi madre al volante es perfecta”. La madre es el paisaje de la infancia: su belleza, su tristeza. Una madre es una música. Algunos dispositivos organizan al personaje: la máquina de coser Singer, el piano. Esa escena casi cinematográfica en la que la madre toca una pieza por teléfono. Todo pasa por las manos. La costura, la partitura, la gestación, la pérdida. Las manos son el centro de operaciones. En el principio fue una madre y una palabra. El origen del mundo, de todos los mundos. La composición: escribir es un ajuste de cuentas familiar. 

“Todos somos hijos”, se lee. Pero algunos/as son adultos/as sin hijos/as. ¿Qué hacer para habitar una pregunta imposible? La hija no reivindica, transita. Una constelación de literatura sobre la decisión y el deseo de ser madres, otra sobre la decisión y el deseo de no serlo. Este libro desliza que no todo es deseo ni todo es decisión. Malusardi se inscribe en esa serie incierta –como No tengo tiempo, de María Pía López–, la de quien agarra esa papa caliente y la convierte en un huracán, un filo, una lágrima negra, un “arañazo” en la espalda, pero sobre todo en un conflicto. Después de poner en jaque el imperativo de maternidad, después de que Elisabeth Badinter, entre otras, advierte que ser mujer no es sinónimo de ser madre, después de la sanción de la Ley de interrupción voluntaria del embarazo, la pregunta que no se puede sacar de encima es: ¿qué hacer con ese deseo de maternidad? 

Una madre es un piano triste más que un libro de misterio es un policial fallido. Porque no se devela nada, sólo se hace preguntas: a la infancia, al cuerpo, a la poesía, a las preguntas de otros libros en su curaduría de citas. En una época tan asertiva, toma el enorme desafío de permanecer en estado de pregunta, pero eso no implica liviandad; es atreverse a afrontar la incertidumbre. Una madre es un piano triste agarra ese manojo, casi ese tabú, sobre cuando hubo deseo de maternidad y no pasó, o cuando ni siquiera se sabe si hubo. Y en especial, cuándo empieza y termina el deseo de maternidad: ¿se impone, escasea, brilla, ata, enloquece, conmueve, condiciona? Adentro de cada una de estas preguntas hay miles de historias, miles de cuerpos, miles de condiciones. Para las otras, aquellas que son hijas sin haberse convertido en madres, Malusardi hace del paso por el yo algo que vale la pena hacer con el yo: asumir algún riesgo. Hacia el final, Malusardi toma la parábola universal de las ovejas. Su arrojo es pensar más allá de las ovejas blancas y negras. Una madre es un piano triste es sobre una hija y una madre. No todas son esa hija ni esa madre. Aunque desde relatos inciertos como éste podemos seguir preguntándonos quiénes somos y qué hacemos con lo que nuestro deseo nos hace. Es una escritura para ese campo minado.

El origen del mundo

Una madre es un piano triste es un libro para el día de las que no fueron madres. El día de las que no fueron madres (aún). Durante los años de debates y luchas para lograr la sanción de la Ley de la interrupción voluntaria del embarazo circuló la frase –vuelta a ver este fin de semana–: “la maternidad será deseada o no será”. La intervención fue eficaz porque recuperaba la maternidad desde los feminismos –quizás uno de los lugares más complejos para los feminismos sea el de pensar a las madres– y porque incluía el deseo. Esa frase buscaba deslindar la maternidad vinculada a la imposición, al mandato, al “instinto” y mostrar que no todo destino es maternidad. Aunque la maternidad siga teniendo algo de destino. Porque en esa frase queda chueco lo incontrolable. No hay Estado que pueda garantizar ese deseo. La frase arroja ese límite irreductible, tan fuera de cálculo. Las circunstancias de la vida, las posibilidades, las historias, los cuerpos. El “no” existe. Quiénes desean la maternidad, pero no la conquistan. O no la conquistan aún. 

Una vez una mujer borracha me dijo que de noche tajeaba rellenos de almohadones. Panzas de plumas. No hay conversación más salvaje que sobre la maternidad. Un lugar de ojos blancos, de palabras rarísimas, de suspensión. Lo que se es capaz de hacer por ese sueño. Hay un momento de la vida que se vive con el reloj hacia atrás de una bomba. Desactivar esa bomba tiene mil caminos. Pero que la palabra “deseo” no tape el bosque. 

No hay conversación más salvaje que sobre la maternidad. lo que se es capaz de hacer por ese sueño. Hay un momento de la vida que se vive con el reloj hacia atrás de una bomba. Desactivar esa bomba tiene mil caminos.

La pandemia llevó la maternidad al extremo. Ojalá este fin de semana se reconozcan esas historias, esas fortalezas, maternar en dos ambientes alquilados, muchas veces solas, oficiar de maestras, enfermeras, médicas, policías, cocineras. Pero estas líneas son para quienes este domingo quieren tajear almohadones: porque no pasó, porque no saben si va a pasar, quienes sufren porque sus nenes les dijeron “mamá” primero a la niñera, las niñeras que extrañan este domingo a los bebés que aúpan en la semana, las madrastras de niños/as que no vieron más, quienes congelan óvulos, quienes están en lista de espera para adoptar, quienes ya no tienen chances biológicas, quienes alquilan sus vientres, quienes ofician de madres de sus madres y les cambian los pañales pillados XL, enamoradas que cuidan entre sueños a niños/as que ni conocen, quienes tuvieron guardas y no pudieron, quienes apadrinan niños/as en provincias, quienes cargan con secretos familiares sobre aborto o filiación, quienes enterraron a sus hijos/as. Detrás de cada persona que este día no tiene el festejo de la foto hay un imperio, un exilio, una pregunta; a veces un deseo, a veces una decisión. 

FA

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