La época de las víctimas

La época de las víctimas

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Días atrás una amiga me contó que, mientras caminaba por un barrio acomodado, se acercó un hombre y le dijo que acababa de padecer un robo. Le preguntó si, acaso, no había visto a dos encapuchados pasar en moto y, luego, en su desconsuelo, le pidió algo de dinero. Mi amiga le extendió un billete, ante el cual el hombre sugirió un esfuerzo mayor; era demasiado poco y él debía realizar un tedioso viaje, además de comer algo en el camino.

No tendría sentido preguntar si el hombre en cuestión fue robado, o no, porque lo que sí es claro es que alcanzó con que representase el papel de víctima de un robo para que no fuera necesario recurrir a una maniobra más drástica. Luego de unas cuadras, mi amiga se encontró con otras dos personas con las que este hombre había dramatizado el mismo rol. Cuando nos encontramos y conversamos del asunto, la conclusión cayó por su propio peso: el ladrón no necesitó robar, le alcanzó con actuar como víctima de un robo.

En su libro El tiempo de las víctimas, la psicoanalista Caroline Eliacheff y el jurista Daniel Soulez Larivière se preguntan por qué la victimización se convirtió en una nueva estrella en el cielo de las relaciones sociales. Cabe aquí una aclaración: no es lo mismo una víctima que alguien que se victimiza. En efecto, por lo general las víctimas no se victimizan ni tienen esa aspiración al reconocimiento que –como sostienen los autores– es propia del individualismo de las democracias actuales, en las que alguien puede pasar a conseguir un estatuto heroico solamente por el daño que acusa.

El problema de la victimización es múltiple. Por un lado, la voz de quien se declara víctima se pronuncia con verdad. En los discursos públicos esto es evidente; plantear un compás de espera puede caer en la objeción y, quien lo ose, ser tildado de cómplice. El resultado es conocido, si la víctima habla con una verdad incuestionable, ¿para qué tomarse el trabajo de establecerla? Así no son pocos los procesos judiciales que quedan derribados, cuyo sentido es menospreciado ante el espectáculo que más se necesita: el escarnio inmediato. El dedo de la víctima puede ser como el de un Emperador Romano.

Así llegamos a un segundo aspecto, la versión del agresor que consolida el discurso de la victimización. Se trata de un otro malo, deliberadamente maligno, que se regocija en su maldad. Que la redundancia sirva para situar el esfuerzo con que se justifica la necesidad de que ese otro malo sea eliminado o, para usar términos actuales, cancelado. No por nada los discursos de la victimización proliferan de la mano de esos libros que nos enseñan a saber (anticipar si no diagnosticar) si nuestro jefe, nuestra pareja, nuestros padres o hijos son psicópatas.

Todos víctimas y, los que no, psicópatas. Hoy se vuelve imperioso hacer una suerte de paréntesis en cuyo interior se pueda plantear un gesto crítico ante esta coyuntura. El lazo social corre el riesgo de reducir su conflictividad intrínseca al juego morboso de quien acusa primero. Esto aplica a la vida privada, pero también a la manera en que políticos puede construir una carrera. Lo más interesante es que la victimización supone una enorme capacidad de ficción, pero ¿para quienes? ¿Qué clase de espectador supone la victimización?

En principio, la victimización es un artefacto complejo, porque no se presenta como tal, esconde sus propios hilos. Goza de la verdad de la ficción, asociada al placer de la seducción. El espectador cae rendido ante una pasión compasiva cuyo resorte último es una identificación sin reflexión. Así es que “Todos somos”, de un momento a otro; y no es que este efecto de masificación sea deleznable, pero sí puede ser peligroso si no va de la mano de un movimiento complementario de recuperación de la distancia. Distintos autores (entre ellos, Eva Illouz) tematizan cómo en el mundo actual la vida emocional de las personas se encuentra tan empobrecida que a veces pueden apenas reaccionar a lo que una pantalla les ofrece como sucedáneo.

Desde el punto de vista del psicoanálisis, esa identificación irremediable puede ser considerada un tipo de locura, en la medida en que la posición auto-justificada de quien se victimiza, su inserción sin dialéctica (que recuerda al “alma bella” hegeliana que denuncia de los males del mundo, pero desde una posición de excepción inexpugnable e impune) aspira a una reconocimiento que no admite la posibilidad de que su ser pueda encontrar matices –todo lo contrario del ser quebrado de las víctimas. No por nada la victimización suele ir acompañada de la declaración y la infatuación como estrategias discursivas.

La otra cara de esta locura es la textura del discurso que solo puede ver psicópatas en los demás. Su condición paranoide apenas necesita ser subrayada. El otro malvado suele ser la excusa para desconocer un derecho mucho más eficaz que el que impondría una ley: la víctima tiene la potestad de la venganza. Curiosa paradoja la de esta época en que victimizarse puede ser una vía facilitada para castigar a los demás: si las verdaderas víctimas requieren reparación, quienes se victimizan se inclinan mejor por la represalia. Lo paradójico es que esta usurpación puede hacer de quien se victimiza un victimario.

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