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Panorama Político
Imperialismo home office en Venezuela

Goce cínico del liberalismo trumpista y melodías gastadas del nuevo-viejo kirchnerismo

Javier Milei, el canciller Pablo Quirno y la presidenta de la Comunidad de Madrid y referente trumpista del PP, Isabel Díaz Ayuso, reunidos en Casa Rosada el 8 de enero de 2026.
11 de enero de 2026 00:02 h

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La imposición de un esquema colonial en uno de los principales países de Sudamérica y el desmoronamiento del mando madurista tienen consecuencias en el escenario argentino, a derecha e izquierda, en el peronismo y el antiperonismo.

El habla de Donald Trump “sin hipocresía”, “con sinceridad”, del que suelen hacer alarde protagonistas de la ola de ultraderecha, tiene un costado positivo.

En una época en la que se niegan hasta asesinatos policiales filmados y viralizados, se reinterpretan genocidios en un loop infinito de falacias, y usinas estatales, redes y grandes medios desinforman bajo el maquillaje estadístico y el “dato”, el hecho de que el mandatario republicano estadounidense defina por todo lo alto que su prioridad es el petróleo de Venezuela y repeler a China, que dirigirá ese país sine die y que el límite para sus decisiones en política internacional es su propia “moralidad”, quita hojarasca del debate público.

Alguno le llamará imperio, otro colonia, un tercero transición democrática, Liberation Day o tutela home office, pero está claro quién manda, qué quiere y cómo se produjo la “extracción” de un presidente sudamericano.

La historia dilucidará si los hermanos Rodríguez (Delcy y Jorge) traicionaron a las huestes de Nicolás Maduro, o si intentan preservar el mando con pragmatismo, como quien transita un campo minado bajo las órdenes directas —según Trump— del secretario de Estado (canciller), Marco Rubio, porque se saben sin capacidad de resistencia militar ni operativa. No hay todavía elementos para determinar una cosa o la otra.

Ultraderechistas, conservadores y liberales argentinos en su vertiente más reconocible y difundida —la de la impostura republicana— están a punto de quedarse sin su fetiche internacionalista. Más temprano que tarde, esas voces sabrán disimular el ostracismo de su heroína María Corina Machado, como ya olvidaron al módico Juan Guaidó, “el presidente legítimo”.

Alguno le llamará imperio, otro colonia, un tercero transición democrática, liberation day o tutela home office, pero está claro quién manda, qué quiere y cómo se produjo la “extracción” de un presidente sudamericano.

Por ahora, Trump puso en cuarentena a la turbia Premio Nobel de la Paz y teledirige Venezuela a través de estamentos del madurismo. Se produjo la liberación de una decena de presos políticos, sobre una cifra denunciada de más de 800, pero las mismas ONG reportan un recrudecimiento de la coerción y los arrestos entre la población de a pie.

Pesan sobre “la gente a cargo de Venezuela” que ahora agrada a Trump órdenes de arresto y recompensas emitidas en Washington con cargos de narcoterrorismo. La nueva legalidad basada en la moralidad del millonario republicano sabrá disimular si se necesita que Delcy sea recibida en el Salón Oval en las próximas semanas.

Desde que Hugo Chávez llegó al poder a fines del siglo XX, Venezuela fue para la impostura republicana argentina y latinoamericana un comodín excluyente para expresar preocupación por los derechos humanos. Sobre Colombia, Honduras, México o Perú, donde hubo matanzas y graves violaciones a los derechos humanos en el último cuarto de siglo, las voces implacables con el chavismo —mediante denuncias certeras o inventadas— se han probado en su mayoría incapaces de mencionar siquiera un informe internacional, un episodio atroz, el nombre de una víctima o de un perpetrador de una matanza. Sólo existió un rostro del mal, el chavismo, que sirvió como ariete para extender la invalidación democrática del kirchnerismo. La dialéctica operó con rasgos similares en las políticas nacionales de Brasil, Chile o España.  

De izquierda a derecha, ministro del Interior, Justicia y Paz, Diosdado Cabello; ministro de Defensa, Vladimir Padrino López; presidenta interina, Delcy Rodríguez; diputado Nicolás Maduro Guerra y presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez, en Caracas, el 5 de enero de 2026

En ese punto, cuenta el antecedente de las elecciones legislativas de 2021. Varios liberales, tanto orbitantes del macrismo como progresistas, firmaron una solicitada para alertar que una hipotética victoria del ya entonces deshilachado Frente de Todos de la pandemia, sometido al liderazgo disfuncional Alberto-Cristina, vaciaría “hasta la última gota de democracia”. El rumbo a evitar era, cuándo no, la Venezuela de Nicolás Maduro.

De aquellos firmantes, se sabe que algunos se transformaron en defensores a ultranza y/o funcionarios de La Libertad Avanza, aunque otros manifiestan preocupación en Twitter por retóricas de impronta fascista que emanan del Mundo Milei. La sutura de las diferencias entre el Presidente y su vice, Victoria Villarruel, a la hora de expresar alegría por el fin de la dictadura “narcocomunista” en Venezuela, mientras ambos niegan el terrorismo de Estado en Argentina, no es algo que merezca alguna atención particular de la vertiente “gota de democracia”, sea por coincidencia sentimental, o por “hartazgo” del tema, como dejara asentado hace quince años su máximo referente periodístico, el fallecido Jorge Lanata.       

Festejo y lastre

Es hora de festejo para la derecha. Milei acaba de obtener una victoria rotunda tras un  bienio con motosierra enarbolada sin escrúpulos y dos salvatajes financieros monumentales de EEUU, cuando el experimento tambaleaba. En la región, Chile, Honduras y Bolivia se sumaron recientemente al club trumpista, mientras gobiernos europeos centrales —Reino Unido, Francia, Alemania—, surgidos como oposición o alternativa al posfascismo, caminan atontados, sumergidos en la impopularidad y la impotencia absoluta ante los hechos consumados que dictamina Washington. Se abre una incógnita sobre el destino de los cuatro países más poblados de Iberoamérica —Brasil, México, Colombia y España—, todos ellos con Gobiernos de centroizquierda, en algún caso bajo acoso, pero con margen para dar pelea. El devenir de la historia no se detiene.

El encarcelamiento de opositores, la represión ilegal de protestas y la designación de jueces de la Corte Suprema por decreto acontecieron en la Argentina del siglo XXI bajo el Ejecutivo de Mauricio Macri y sus herederos radicalizados, los Hermanos Milei

El cambio de status es significativo para la derecha argentina. No es lo mismo posar de víctima en un hiato de preocupación por los derechos humanos, instancia favorecida por la característica dictatorial del régimen de Maduro, que actuar como coro festivo de las andanzas de Donald Trump. El compromiso del mandatario estadounidense con los principios liberales queda demostrado en su aval al asesinato de una pacífica mujer en Minneapolis o al genocidio en Gaza. ¿Y si Trump despoja a los impecables daneses de Groenlandia? Habrá que hacer un acto de contrición y celebrar la mano dura global ante la amenaza comunista-terrorista-islamista-populista. No hacerlo —dice la narrativa— es “hipocresía woke.

La ola trumpista-mileísta transita una fase ascendente. Cuenta con “fierros” reales y simbólicos para acomodarse al nuevo escenario e imponer su visión. En el campo opositor, las cosas son distintas.

La magnitud del fracaso chavista conlleva un lastre insoslayable para el kirchnerismo. La operación persistente que intentó asociar a los Gobiernos de ese signo con el ciclo Chávez-Maduro tuvo como contracara una rendición intelectual y política de Néstor y Cristina Kirchner, y sus liderados. A la falta de voluntad y capacidad para marcar las diferencias en países con culturas, prácticas y realidad socioeconómica muy distintas, en tiempos del primer Chávez, le siguió un silencio cómplice cuando el paso de Maduro en el Palacio Miraflores devino en dictadura, descripta con precisión en informes internacionales.

Chávez enfrentó a una oposición golpista con una práctica autoritaria y legitimidad electoral. Maduro pasó al encarcelamiento masivo de opositores y disidentes, copamiento definitivo del Poder Judicial y fraude electoral. Nada de eso es comparable a lo ocurrido bajo Gobiernos kirchneristas. Por el contrario, el encarcelamiento de opositores, la represión ilegal de protestas y la designación de jueces de la Corte Suprema por decreto acontecieron en la Argentina del siglo XXI bajo el Ejecutivo de Mauricio Macri y sus herederos radicalizados, los Hermanos Milei. Pero el kirchnerismo cometió uno de los peores errores de la política: se dejo relatar por el rival/enemigo.

No sólo se trató de relatos. Hubo vínculos económicos y conexiones paraoficiales entre los Kirchner y Chávez. La épica de la Patria Grande se transformó en una farsa cuando Maduro pasó a animar actos esperpénticos mientras arrestaba a opositores y la economía venezolana, sometida a un bloqueo atroz de Estados Unidos, se desplomó y expulsó a ocho millones de habitantes.

Cristina Fernández de Kirchner junto a Nicolás Maduro, Axel Kicillof y Héctor Timerman en una cumbre del Mercosur en 2014

El de Venezuela también es el fracaso de la intervención estatal despojada de mirada estratégica, abandonada a la inercia de la expectativa de que lo que funcionó ayer —primera década del sigo—, con la exportación primaria al alza y un margen amplio para redistribuir e incorporar a millones de personas al mercado y a la vida cívica, en un país saqueado por los herederos del Pacto de Puntofijo, podría funcionar para siempre. Y allí sí, en la forma en que se llevó a cabo el “Estado presente”, aun con diferencias históricas profundas de una economía más diversa y desarrollada como la argentina, el chavismo y el kirchnerismo tienen un espejo en el que mirarse.

El secuestro de Maduro en una madrugada encontró a Cristina y Axel Kicillof en modo autómata.

“Se puede estar a favor, en contra o no importarte el Gobierno de Nicolás Maduro, pero nadie puede negar que la administración Trump volvió a cruzar un límite”, opinó la expresidenta. El gobernador condenó “una grave violación a principios elementales del derecho internacional”, y apeló a los principios de paz, soberanía e integridad territorial. El ministro de Gobierno y mano derecha de Kicillof, Carlos Bianco, pidió mirar a los métodos de Trump si se habla de “dictadura”.

Lo no dicho

Ante una invasión como la ocurrida en una capital sudamericana, las de Cristina y Kicillof son expresiones de defensa de un marco civilizatorio básico, acordes a principios democráticos y respeto de la legalidad internacional que rigieron la política exterior de los Kirchner y Alberto Fernández. El problema es lo no dicho y lo no reflexionado.

A favor de la expresidenta cuenta alguna referencia escueta y puntual sobre la no vigencia del estado de derecho en Venezuela y la sustracción de las actas que habrían validado el resultado electoral que se robó Maduro en 2024. A todas luces insuficiente para una líder regional de la magnitud de Cristina, que cuando se trató de otros países, fue mucho más asertiva y en algún caso imprudente. En el caso de Kicillof, el portador de las potenciales  “nuevas melodías”, la postura conservadora y descomprometida con los derechos humanos en el caso de Venezuela fue incluso más marcada.

Cada vez que fue consultado al respecto, el gobernador bonaerense apeló a clichés y lagunas que hoy, cuando el régimen chavista se entregó al mandato de Trump y queda expuesto con toda su precariedad y venalidad, suenan mucho menos aceptables.

Podría argumentarse que el momento adecuado de encender alarmas por la pérdida de la democracia en Venezuela no es cuando un comando estadounidense invade y secuestra a su Presidente. Es cierto. Pesan entonces la falta de claridad y el silencio cuando Maduro cometió el fraude en 2024 y encarceló a quienes salieron a protestar. El chileno Gabriel Boric, el español Pedro Sánchez y el Frente Amplio uruguayo, por caso, no cayeron en semejante incoherencia entonces, por lo que su voz ahora, cuando denuncian el ataque imperialista de Trump, suena más legítima y contundente.

Si rige el principio de que “los problemas de los venezolanos deben ser arreglados por los venezolanos” como respuesta estelar, lo mismo cupo para los hondureños, paraguayos, brasileños y ecuatorianos cuando sus respectivos presidentes (Manuel Zelaya, Fernando Lugo, Dilma Rousseff y Rafael Correa) fueron víctimas de asonadas policiales, militares o gavillas enquistadas en sus parlamentos. Y sin embargo, allí el kirchnerismo, acorde a la altura que se le reclamaba, no se sintió inhibido por el palabrerío de ocasión y protagonizó la presión internacional para intentar preservar la democracia.

Las variantes del kirchnerismo, aquella ensimismada en el eje San José 1111-La Cámpora (madre-hijo) o la del liderazgo emergente de Kicillof, muestra enormes dificultades para encontrar un texto, más allá del llamado a la “resistencia” al experimento posfascista.

A la añoranza nostalgiosa del “salario más alto de América Latina” que hace años dejó de interpelar a millones de votantes, la caída del madurismo suma un ingrediente para la derrota. Tanto por el exitoso relato de la derecha, que logró identificar al kirchnerismo como la versión argentina del chavismo, como por la prueba no superada de la coherencia a la hora de defender la democracia y los derechos humanos.  

SL/MF

slacunza@eldiarioar.com

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