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Ensayo general

Hablar de plata

La escritora Samanta Schweblin, durante una conferencia de prensa del Premio Aena de Narrativa Hispanoamericana

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Supongo que si una estuviera en el business de los clics lo lógico sería escribir, esta semana, alguna reflexión (idealmente “en contra”; lo saben todos los noticieros, ser opositor siempre es más fácil que ser oficialista) sobre el premio Aena que acaba de ganarse Samanta Schweblin: orgullo nacional, la mejor cuentista de nuestra época, la heredera absoluta del fantástico rioplatense. Lo que yo tengo para decir sobre ella es eso: leyendo Pájaros en la boca hace unos quince años entendí lo que era la técnica, el significado de una frase como el oficio del cuentista. Sobre el premio, qué hay para decir: todos nos merecemos todo y nadie se merece nada. Todos nos merecemos un millón de dólares, y nadie se lo merece. Que se lo den a una escritora que trabaja tanto y tan bien y que, encima, es argentina, no puede parecerme otra cosa que una buena noticia. Samanta, además, usó su plataforma para hablar lindo y claro. Me gustó que recordara el desfinanciamiento de la Universidad de Buenos Aires, quizás porque sé, de leerlo en algún lado, que ella estudió Diseño de Imagen y Sonido, y representa una de esas trayectorias no lineales que hay que defender cada vez que hablan de la gente que se cambia de carrera tres veces como si fueran ellos los culpables de alguna tragedia educativa.

Pero si algo me interesó de todo el revuelo fue, bueno, justamente, el revuelo. Me divierte que haya gente que piense que es obsceno recibir tanto dinero, que use esa palabra; gente de buen pasar, gente a la que le va bien, gente que podría pensar también que es obsceno ser propietario de un departamento de 100 o 150 mil dólares mientras otros viven en la calle. Me divirtió, también, en el contexto de la otra discusión tuitera de las últimas semanas, la de la importancia de “hablar de plata” entre mujeres y ahorrar e invertir en lugar de gastar en tonterías. Más allá del sesgo de género (que dudo que se verifique en datos: al menos en principio una puede suponer que los videojuegos o las plataformas de contenido erótico mueven tanto la economía como los zapatos y las pulseras), es notable que el lenguaje del dinero siga tan atado al medioevo: lo obsceno, lo sucio, lo ominoso. Lo interesante es que el polo opuesto (el de obtener placer en hablar de dinero, que en el siglo XXI es hablar de “inversiones”) en el fondo participa de la misma moral: de hecho, me recuerdan a la acusación de Foucault contra los hippies y las feministas en el primer tomo de la Historia de la sexualidad. Foucault dice allí que los cultores de la liberación sexual que se autofelicitan por “romper tabúes” se engañan. Hablamos de sexo todo el tiempo, y en mil registros: la pregunta, en cualquier caso, es cómo lo hacemos, qué mundos inventan o subrayan nuestros discursos. Con el dinero pasa exactamente lo mismo: no solo es falso que hoy no hablamos de dinero, es falso cien veces, y más en la Argentina. Nos la pasamos hablando de plata. Es agotador todo el tiempo y la energía que le dedicamos los ricos, los pobres y los de mitad de tabla a hablar de plata. Préstamos de Mercado Pago, plata en negro y plata en blanco, deudas de tarjetas, fondos comunes de inversión, cuánto pagás de expensas, de alquiler o de prepaga. Que me lo merezco, que guardar para la urgencia, que si dejás la plata quieta desaparece, que si no diversificás tu inversión estás expuesto. En todo caso, la pregunta es cómo deberíamos hablar de estas cosas; qué influencia tiene sobre el mundo si hablamos de una manera o de otra, si tiene alguna, o si en el fondo son todos espejitos de colores para jugar a qué podemos tocar estructuras intocables. Como siempre, la responsabilidad individual es un terreno pantanoso. No es cierto que no exista; todos conocemos gente que gana lo mismo que uno y se maneja mejor o peor, lo que sea que eso signifique. Gente que gasta más porque ahorra menos, y entonces parece estar disfrutando más; gente que ahorra más y gasta menos y un día cambia el auto cuando vos todavía no juntaste para cambiar el calefón. Dicho eso, casi nadie se hace rico o pobre por manejarse bien o mal, de nuevo, lo que sea que eso signifique para cada cual.

Lo que es yo, a mí me encanta hablar de plata porque me encantan los chismes. Esa pregunta que hizo viral Oriana Junco, de qué viven, es una ventana a los secretos más oscuros y patéticos de las personas; ya lo decía Discépolo también, en Cambalache, cuando hacía referencia a “el que vive de las minas” como arquetipo humano. Es gracioso, me doy cuenta, cuando se trata de gente de una escala social parecida a la de uno: el que tiene un laburo que oculta en la empresa del hermano mientras pone en la vidriera de las redes sus kioscos más glamorosos, la que alquila una cochera de los padres, el que no recibe nada en la mano pero tiene una extensión de la tarjeta que nadie le controla, la que lleva un par de años invirtiendo una indemnización. Siento que se pone menos divertido cuando las diferencias se vuelven demasiado grandes; es profundamente incómodo hablar de que te aumentaron la prepaga con gente que jamás tuvo una. También es incómodo estar del otro lado; se siente una vergüenza extraña cuando alguien mucho más rico que vos te cuenta, por caso, sus historias con el manejo de un campo heredado; una no sabe si hacer como que entiende o dejar en claro que ni idea, pero de todos la sensación es rara, como un pudor que no se sabe de dónde viene. Supongo que eso es porque el verdadero tabú es el de la desigualdad, no el del dinero. El dinero es simpático si estamos todos en la misma, pero cuando nos confronta con diferencias injustas la incomodidad es única e inconfundible, como siempre que un chusmerío divertido desemboca en una historia violenta.

TT/CRM

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