Soy gorda (Esegé) Narraciones

Hambre emocional

Jade Destiny

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¿Sabías que la cultura gordofóbica que enzalza la flacura como la única posibilidad de ser feliz promueve una ilusión falsa ya que la dicha, el estar bien con uno mismo y con los demás, depende de múltiples factores, no del cuerpo que se tiene? Somos mucho más que un cuerpo y, como diría el filósofo Spinoza nunca se sabe lo que puede un cuerpo.

La delgadez aspiracional de estos tiempos funcionaría más como la zanahoria que hay que alcanzar… para que la industria de la dieta se siga fortaleciendo con la venta de medicamentos y tratamientos de belleza. Incluso, el deseo excluyente de flacura estaría desplazando la indagación sobre otros objetivos personales y colectivos que pueden colaborar para un mayor bienestar individual y social general.

Esta cultura en cierto modo bidimensional es la misma cultura que genera el sentimiento de culpa al instar a la restricción de ciertas comidas por “engordantes”. Y si pudiéramos tomar, aceptar, amigarnos con la idea de que el comer, una de nuestras más primitivas relaciones con el mundo, es entre otras cosas una necesidad emocional, “una herramienta para lidiar mejor con nuestros sentimientos”, ¿qué podría pasar? Tal vez seríamos mejores, más plenos con nosotros mismos, más solidarios y empáticos. Es cierto que todas las personas a veces comemos para sentir y a veces para no sentir, para dejar de sentir dolor, para desplazarlo, por miedo al vacío. Te recomiendo que, para sentirte acompañadx, escuches los podcast de Ana Arizmendi, gratis en Spotify, Apple Podcast, Youtube o dequetienehambretuvida.com 

Por otra parte, más allá de la necesidad, por qué no sentir emociones con los alimentos y el entorno del acto de comer. Como dice en su Instagram desaprendiendo_con_ chary, “no nos dijeron que siempre hay emociones cuando se tata de comer: el pan calentito, el compartir, cuando entrás por primera vez a un restaurante y descubres su decoración y su olor, hay recuerdos en colores y sabores, hay comida que se siente como un abrazo y otra que reconforta, hay emoción cuando llega el plato que pediste por primera vez y compartes una charla con gente que quieres, hay comida que te transporta a otro lado del mundo con un solo ingrediente. La comida es más que sólo gasolina y nutrientes para tu cuerpo. Nos han hecho creer que está mal el comer emocional. Sentir placer por comer está bien y que nadie te haga creer lo contrario”.

Las estadísticas indican que a más del 90 por ciento de las mujeres no les gusta su cuerpo y que un 97 por ciento ha odiado su figura en algún momento de su vida. Como dice en su Instagram nutri.paurejon, la nutricionista inclusiva, que trabaja con una alimentación flexible, Pau Rejón: “Ni odio ni adoración tóxica, neutralidad, un lugar de descanso de la constante lucha caótica y de la crítica, un espacio de un poco de paz sin presión para ayudar a bajar el estrés. Requiere, claro, un cambio de perspectiva para la reconciliación corporal, que partiendo del odio, el asco, la aversión nos permita arribar a la apreciación y el respeto por nuestra vida”.

Tenemos dificultades para estar y transitar por el espacio público porque la sociedad no ha pensado en nuestros cuerpos. Se adora la delgadez como un sistema de pensamiento que equipara salud, virtud y felicidad. Se promueve la pérdida de peso haciéndonos gastar tiempo y dinero tratando de alcanzar un imposible. Se demoniza y avergüenza a los cuerpos distintos de la norma.

Se adora la delgadez como un sistema de pensamiento que equipara salud, virtud y felicidad. Se promueve la pérdida de peso haciéndonos gastar tiempo y dinero tratando de alcanzar un imposible. Se demoniza y avergüenza a los cuerpos distintos de la norma.

En ese transcurrir, hay ficciones con las que no sólo podemos entretenernos, sentir placer, divertirnos y emocionarnos sino sentir proximidad afectiva con sus personajes, identificarnos, incorporarlos a nuestro pequeño universo. Leo:

“Me gustan los seres que se arrastran por sus pasiones. No hagas dieta. Tu cuerpo es un parque de diversiones”, le dice Emilio a María Bernabé, la protagonista de la novela “Muerta de hambre”, de Fernanda García Lao. 

Se trata de “una historia desaforada que refleja algo de la nuestra”, señala la narradora Esther Cross. “Reímos y la risa se transforma en algo más”. El relato también pone en escena la brutal tragedia en que esta sociedad convierte a la carne humana, sobre todo la de las mujeres (aunque no sólo), tan cosificada y expuesta a las miradas y opiniones de quienes gozan hablando de los demás con absoluta impunidad.  

Rara, como encendida, García Lao encuentra en el terreno gastronómico “un símbolo fértil de temas tan heterogéneos como las luchas sociales, el erotismo, la locura y la muerte. Su personaje principal es una adolescente tardía a quien la vida hizo dura o, más precisamente, gruesa…Vive para comer, come para escribir y escribe para vivir”, escribe el crítico Juan Pablo Bertazza.

“Me gustaba su autodeterminación y original sentido de la justicia. Además, descubrir esa maldad en él, acallaba las denuncias de alguna parte de mi cerebro. Aquella que me enviaba mensajes poniendo en tela de juicio mis sentimientos. Hay gente que se anima a exteriorizar lo que le pasa. Debemos imitarlos”, dice María Bernabé sobre Emilio, uno de los personajes a quienes ama con intensidad. Y ella, personaje principal que busca un regalo y baila para su padre el día en que su progenitor cumple años, se sorprende. Al día siguiente, cuando se despierta a las siete de la mañana en su habitación, un hombre la mira y se presenta: “Soy el nutricionista” El especialista en salud quiere empezar rápido un tratamiento que Bernabé no ha pedido ni elegido hacer. Entran a su cuarto dos operarios con un gran espejo para que no deje de mirarse, “hasta en sueños”. Ella no quiere hacerlo, no es ese su deseo, pero el médico se impone. Además, el hombre determina que las virtudes que moderan el apetito son la pureza, el pudor, la sobriedad. Virtudes, también, como la abstinencia, la virginidad, la cortesía, la moderación. Y señalándole el espejo el especialista en salud y enfermedad remata: vemos a una obesa, mientras le quita con violencia la sábana con la que Bernabé se tapa. A partir de hoy vamos a desayunar, almorzar y cenar juntos. Seré su sombra“. 

La chica del libro desenmascara los enigmáticos mecanismos de esa máquina siniestra que puede ser la familia, como representación nuclear de una sociedad nada amable y tremendamente controladora. Bernabé despliega una energía inconmensurable para soportar su entorno hostil sin someterse a la mudez, en un tiempo donde los cuerpos indóciles conviven con la hipocresía de ciertas relaciones parentales que pretenden imponer un poder absoluto mediante los artificios de un lenguaje agresivo erigido como verdad. Una primera persona ficcional que se confiesa frente al lector en un mundo donde el ideal es el cuerpo famélico con todos los sacrificios que conlleva y ante la amenaza permanente del disciplinamiento y el encierro en una institución médica.

La “Muerta de hambre”, que anhela comerse la vida con su abanico de sensaciones y la maravilla de sus posibles peripecias, no logra su cometido porque nadie logra, a fin de cuentas, contener su hambre y el exceso, mientras disputa un lugar donde su singularidad reciba el reconocimiento a su existencia, tal y como es, sin pretensión de cambiarla.

No tiene descanso, está cercada por una confrontación caótica y crítica contra su persona. Rodeada de contrincantes, aún en su propio hogar. Es “la que hace esfuerzos para ser normal y nunca lo consigue”. Habrá que ir al libro de García Lao para deleitarse con su escritura bella y conocer el discurrir de su narrativa y el desenlace. 

Mientras tanto, esta cultura se reproduce casi sin discusión lo que considera un problema: la existencia gorda. Se glorifica la delgadez y se denigra su contrario, se promete alcanzar un estatus más alto perdiendo peso. Son ideales alejados de la posibilidad real de la mayoría de la población. Se aplaude el saltearse comidas, el ayuno, no escuchar al propio cuerpo, desterrar ciertos alimentos sabrosos. Se asocia el bienestar con un número en la balanza. Resistir a una necesidad tan vital como comer convierte al cuerpo en un enemigo.

Pero están las afinidades afectivas, los activismos de las corporalidades diferentes que abrazan y tienen mucho para decir y transformar. También están los libros que ofrecen lecturas gozosas y amigables. Como escribe la autora de “Muerta de hambre”: “Mi cuerpo trascenderá la carne, mutando en papel impreso”. Bienvenidas las narrativas, otra manera de abrazar lo gordo.

                                                                                                       

LH

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