Quieren prohibir el libro Cometierra en una escuela de Neuquén La respuesta de la autora Dolores Reyes

Japi

Estudiantes de una escuela de San Martín de los Andes recibieron a la autora de Cometierra con dibujos y collages de su celebrado libro.

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El avión está por aterrizar en el aeropuerto de San Martín de los Andes y veo las montañas nevadas por la ventanilla. La nieve me causa curiosidad porque nunca vine al sur. Tuve una oportunidad en quinto año, pero cuando mis compañeros de secundaria salieron para nuestro viaje de egresados hacia Bariloche, allá por el 94, yo tenía dieciséis años y un embarazo de 6 meses.

Uno creería que pasó mucho tiempo, pero llego por primera vez a Neuquén y ni bien saco el modo avión me llegan una pila de mensajes. Leo el primero: Están tratando de censurar Cometierra en una escuela neuquina. El argumento es que en la misma hoja dice pija, concha, tetas.

Miro mi agenda, mañana tengo programadas dos visitas a escuelas secundarias de Neuquén y otra visita más a un terciario. El sábado a una biblioteca pública. Después, en Buenos Aires, al Bachi Ejército de los Andes, en el barrio que acá todos conocemos como Fuerte Apache.

Desde que salió Cometierra nunca dejé de visitar escuelas. Desde la villa 31 hasta la hermosa experiencia de la preparatoria 16 de San Martin de las Flores de abajo, en el Área metropolitana de Guadalajara. Allí los alumnos hicieron un cementerio con cruces y botellas regenteado por una Cometierra tapatía que era un amor y pudimos charlar durante toda la tarde, participé de su radio en vivo, me mostraron todos los trabajos que habían hecho con los personajes de la novela y terminó siendo una de las tardes más hermosas de mi vida.

Ir a las escuelas es algo muy personal. Voy porque siento que ahí doy la vuelta completa: fue en un aula que me leyeron un cuento por primera vez y me gustó tanto que con mis maestras de jardín empecé a leer a los cinco años. También fue en una escuela secundaria donde empecé a escribir ficción gracias a mi profesora de Lengua.

Los pibes resultan ser los lectores más sinceros. La primera vez que pisé un secundario registré a un pibe sentado al costado del resto, con los brazos cruzados adelante del cuerpo y una cara de enojado que duró toda la charla. Cuando fue su turno de preguntar también lo hizo con bronca: ¿Por qué mataste al perro? Esa pregunta de por qué el perro muere atropellado por el tren en Cometierra no falta nunca adentro de un aula. Y, sin embargo, nunca me la hizo un adulto, como si fueran los pibes los que se sensibilizan y logran empatizar con un animal ahí donde los adultos ya no están leyendo nada. La lengua de la bronca y del dolor de los pibes por las violencias que reciben es la que habla en la voz de Cometierra. Pero también la de la época más vital de la vida, la relación de hermanos, los amigos que nos van a marcar de por vida, los juegos compartidos, la música, las primeras relaciones sexo-afectivas. ¿Por qué no contar todas estas experiencias trabajando desde sus formas de habla?

Los adolescentes reciben el mensaje constante de que todo lo que hacen está mal y que no tiene ningún valor más allá de la explotación de sus cuerpos: Su música es tan mala que ni siquiera es música, sus formas de habla deforman la lengua y la degradan a tal punto, que contar una historia desde la perspectiva de dos hijos de un feminicidio, dos adolescentes huérfanos en manos de la violencia machista, no puede hacerse desde la lengua en la que efectivamente los pibes hablan.

¿En serio piensan que con esa lengua no se puede reflexionar ni construir belleza? ¿En serio consideran que un pibe que habla como lo que es, un adolescente de una barriada, no puede llegar a escribir sus propias historias o filmar sus propias películas? ¿Por qué el estudio escolar de Lengua y Literatura debería despreciar o censurar historias que narran sucesos que los pibes viven a diario en cualquier barrio de nuestro país?

No es lo mismo una experiencia sexo-afectiva que pornografía

Cuando yo iba a la escuela no había ESI y quedé embarazada a los dieciséis años. A un pibe con el que salía se le había roto un preservativo y mis compañeras de cuarto habían hecho una vaquita para comprar un test de embarazo que resultó negativo. Mi vieja lo encontró en una caja en la que yo había tratado de esconderlo, en la pieza que compartía con dos de mis hermanos varones. Mi madre me dijo de todo con todos los usos más floridos y barrocos del lenguaje que puedan llegar a imaginarse y a sus amenazas respondí con lágrimas y una única y desesperada mentira: Habíamos comprado el test para ver cómo era y nada más. Después de mucho suplicar y llorar no me creyó pero al menos me dejó tranquila. No iba a pasar más de un año hasta que mi embarazo se hiciera real y me cambiaran la cerradura de casa un día que regresaba de la clase de gimnasia de la escuela para que ya no pudiera entrar. Del lado de afuera habían dejado dos cajas de cartón con mis cosas, del lado de adentro quedaban mis hermanitos. Me fui y nunca volví. A mi mejor amiga de esa época, Soledad, también la echaron de su casa en quinto año: había quedado embarazada. Ese lugar penoso en el que nos dejan una y otra vez la ignorancia y las prohibiciones.

Un relato de una primera relación sexo-afectiva no es pornografía y en todo caso, son los pibes lo suficientemente aptos y lúcidos para emitir sus propios juicios acerca de lo que leen. ¿Es necesario explicar que muchísimos alumnos de 16, 17 o 18 años, ya tuvieron relaciones sexuales cuando cursan los últimos años de secundaria? ¿Por qué es algo que la literatura no puede contar o peor aún, por qué no es su lengua la que puede dar cuenta de esa experiencia en distintas ficciones?

Ya cuando leí las notas de censura a textos de Hernán Casciari y Gonzalo Santos la semana pasada me imaginé que se venía una suerte de MeToo en las escuelas con respecto a censurar lecturas y castigar docentes. Temí bastante por los profes que eligen dar Cometierra y hoy, dos horas después de aterrizar en tierras patagónicas, vuelvo a mirar el celular y los mensajes son más de veinte:

-Me censuran Cometierra en una escuela. La pasé pésimo.

-Una directora me prohibió trabajar Luna caliente de Mempo con pibes de quinto año.

-Tuve quejas de padres por leer Bajo bandera de Saccomanno y por Glaxo de Hernán Ronsino.

-Tuve que renunciar a una escuela por dar Cometierra. La directora me mandó a llamar porque le dijeron que tu novela dice pija.

El #yotambién del oscurantismo en las aulas se va tornando cada vez más ridículo y me dan ganas de reírme, solo no lo hago porque atrás de todo esto hay un docente esforzándose por formar lectores, sancionado por hacer su trabajo de la mejor forma posible.

Un alumno de dieciséis años no puede leer culo en un cuento pero puede ver la tele que le muestra un cuerpo en tanga cada veinte segundos. Ni siquiera voy a mencionar la violencia en redes o lo solos que están cuando se pasan horas y horas frente a la tablet o en el ciber que le da acceso total a cualquier página de internet.

Tampoco es que sea necesario ir al secundario para encontrarse con lo que llaman “malas palabras”. En segundo o tercer grado de primaria nos decíamos: Repetí muchas veces Feliz en inglés y nosotros, alumnitos conurbanos que nunca habíamos tenido una clase de Inglés en la vida, repetíamos japijapijapi hasta la carcajada.

También para eso se aprende a leer y a escribir, para pasarla bien con la lengua, para jugar, para divertirse aprendiendo. ¿O nadie buscó alguna vez la palabra CULO en el diccionario? Lo lúdico crea, el juego le hace la novedad al lenguaje, la rima nos acerca a la música. Lo que incomoda y se censura es otra cosa: Molesta el placer, la autopercepción del cuerpo marcando la lengua, las libertades haciendo estallar las normas, que los pibes y docentes tomen el micrófono, que los adolescentes dejen de sentir que lo que dicen es basura de los márgenes y empuñen la palabra como herramienta propia.

Llueven quejas de que en las escuelas falla la comprensión lectora, pero queremos que lo que leen nuestros alumnos sea resultado de censuras y de lenguas masticadas con las mandíbulas del clasismo y los prejuicios. Nunca me gustó decirle a los chicos que lean porque es mejor que ver un video en tiktok o una serie, o un posteo de instagram. Esos verticalismos anacrónicos de la escuela siempre van a estar condenados al fracaso. Leamos juntos porque está buenísimo, porque se van a divertir y porque nos puede generar algo tan adrenalínico y apasionante como escuchar nuestra música preferida o ver una buena serie.

Para formar lectores críticos, primero hay que lograr la comprensión abordando todo tipo de textos. Los pibes no reciben de forma pasiva absolutamente nada, menos una historia. En vez de enseñar jerarquías del lenguaje, deberíamos buscar formar a los pibes como lectores competentes en muchos registros de lengua e intentar que cada texto leído tenga su rebote.

En las dos escuelas que visito en San Martin de los Andes somos tantos que para estar juntos tenemos que reunirnos en el gimnasio. Siempre les cuento que empecé a pensar historias gracias a una profesora de secundario que nos daba unos pequeños ejercicios similares a los de un taller literario y después teníamos que leer esos relatos a los compañeros de grado. Los pibes que me escuchan empiezan a hacerme preguntas. Algunos anotan en hojas o carpetas, algunos se ríen, algunos solo quieren escuchar, alguno duerme, algunos no se animan a hablar en la multitud del gimnasio pero después van a acercarse en privado a decirme algo de su lectura o a sacarse una foto de recuerdo. Muchos quieren mostrar sus dibujos, videos, afiches, fotos o pequeños textos que hicieron alrededor de la lectura de Cometierra que, ellos no lo saben, son tesoros para mí. Compartimos un par de horas juntos que pasan volando, una profe me regala unas quince hojitas de colores con muchas más preguntas que hicieron sus alumnos, me las quiero llevar para leerlas en el viaje de vuelta y me veo rodeada de pibes, firmo un montón de Cometierras fotocopiadas y pintadas con fibra y colores fluorescentes, también un par en formato libro. Algunos chicos cierran el encuentro haciéndome la misma pregunta: ¿Y ahora qué podemos leer?

Busco a la bibliotecaria de la escuela y le paso mi contacto y ella me dice contenta que está empezando a formar un grupo de lectura y escritura para jóvenes y que ya muchos se anotaron. También me habla de las bibliotecas populares de San Martín y Junín de los Andes, prometen llevarme a conocer la Biblio 4 al día siguiente. Nos abrazamos adelante de los alumnos como si ya nos conociéramos hace mucho tiempo o hace muchos libros. Dejen a los pibes leer, dejen a los profes enseñar, dejen a los escritores disfrutar cada vez que un libro entra a un aula. Sé que a esta tarde no me la voy a olvidar nunca.

 DR

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