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Joni Mitchell, el regreso de quien tiene el derecho a irse

Tamara Tenenbaum Ensayo general rojo

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Esta semana reapareció Joni Mitchell. Digo que reapareció porque, en general, Joni Mitchell no aparece; en general, Joni Mitchell no está. Pienso mucho en la presencia de los artistas. Hace unos años, en Berlín, compré un libro de una editorial alemana independiente que publicaba textos en inglés, fundamentalmente ensayos sobre ciencias sociales y teoría del arte. El libro se llamaba Tell Them I Said No (“deciles que dije que no”, ya lo he mencionado alguna vez en estas columnas) y contaba las historias de varios artistas visuales que se habían retirado de la escena: ya no participaban de muestras colectivas y prácticamente tampoco de exhibiciones individuales, no circulaban por eventos, no salían en revistas ni hablaban públicamente de su obra en ningún otro contexto. Sencillamente desaparecían. Martin Herbert, el autor del libro, trataba de iluminar a través de cada ensayo el conflicto evidente que existe entre la necesidad económica de los artistas de mantenerse siempre en el centro de la mirada pública —para ganar premios y subsidios, para vender obra— y la necesidad igualmente de importante de replegarse sobre una misma y tener un cierto silencio para crear. Algunos artistas hablaban del “derecho a irse”: después de años de construir una reputación y pagar ciertas deudas a la opinión pública, un artista ha construido las condiciones que le permiten desaparecer. 

Mirando los videos de Joni Mitchell en Newport Folk, festival en el que había tocado por última vez en 1969 —cuando ninguna de las personas que la acompañaron esta vez en el escenario habían nacido— pensé que, más allá de que Joni Mitchell definitivamente se ganó el derecho a irse, hay artistas que no se encierran para seguir creando: sencillamente se van del todo, deciden que la parte pública de sus vidas artísticas ya ha terminado y que no quieren producir obra nueva, ni sacar discos nuevos ni sacar temas nuevos ni seguir girando para siempre como los Rolling Stones. El paradigma de la vitalidad sería ese, el de los que hace sesenta años están ahí como el primer día. Y en cambio Joni hace décadas que da la sensación de creer que ya dijo lo que tenía que decir, que ya puso en el mundo la música que vino a poner. Incluso desde antes podríamos decir que su camino fue sinuoso; después de Blue, su disco emblemático, Joni se dedicó a seguir haciendo lo que quería. El disco de hits le había salido por casualidad, no en el sentido de que le faltara cuidado sino de que su búsqueda no era la de sonar para siempre ni en la radio ni en la cabeza de nadie, y no parecía tener ningún interés en convertirlo en una fórmula a repetir. Los discos que sacó después la llevaron para un sonido más oscuro y más jazzero, y para una poética más extraña, lejos de la voz asopranada y la dulzura cálida y juvenil que habían enamorado a los fans de su primera etapa, muchos de los cuales probablemente prefirieron quedarse con lo que ya les gustaba y no seguirle la carrera. 

Con los años, Joni se empezó a interesar más en la pintura y en reversionar cada tanto su música de siempre, hasta que directamente fue dejando de hacer hasta eso. En 2015 tuvo un aneurisma y entre todas las cosas que olvidó (cuando tenés un aneurisma no te acordás ni de cómo sentarte en una silla, dijo hace poco en una entrevista) estuvo la habilidad de tocar la guitarra. De aquí a entonces, volvió a autoenseñarse cómo hacerlo mirando videos de YouTube, como lo hacen millones de chicos en todo el mundo en las habitaciones de las casas de sus padres: si estás leyendo esta columna y aprendés arpegios con videos, existe la probabilidad de que, en estos últimos años, Joni Mitchell y vos hayan aprendido con el mismo. De los últimos videos que circularon de su presentación en Newport los más repetidos fueron aquellos en los que canta, pero la sonrisa visible e invisible que la toma cuando toca el solo de guitarra de Just Like This Train es lo que más me conmovió. Da la sensación, mirándola, que no se sentó a estudiar de nuevo para volver a los escenarios: lo hizo como alguien se dispone a hacer una rehabilitación, como alguien aprender a caminar o a hablar, a hacer las cosas que necesita para vivir que no necesariamente son públicas ni nuevas. Hablo sobre todo desde mis prejuicios, quiero decir, contra mis prejuicios: soy yo la que piensa que una vejez vital, que seguir estando viva, es hacer cosas nuevas, seguir creando cosas que antes no existían. Soy yo la que se siente desafiada por la vida contemplativa de Joni Mitchell, por el coraje de su ausencia del candelero.

Y así y todo, es evidente que Joni cree en la novedad, en el sentido de que si vamos a hacer música es para hacerla toda de nuevo, para que cada vez que saquemos una guitarra para cantar la canción que sabemos todos sea un acontecimiento único en el mundo. Con la voz que le dejó el cigarrillo, Joni canta en Newport versiones únicas: repiensa letras y melodías con el instrumento que tiene ahora, jamás se pone nerviosa ni parece, al menos musicalmente, extrañar nada que no sea el presente. Produce un momento sagrado cuando versiona con calma parsimoniosa pero tempo infalible, aceptando y agradeciendo la ayuda que le ofrecen los músicos que la acompañan. No es solemne el momento sagrado: Joni les pide a todos los que la saben que canten con ella, no necesita reverencia ni silencio. Y sí, son las canciones de siempre, pero ella tiene plena conciencia de que las está haciendo todas de nuevo, cuando canta esas canciones de chica de treinta años reflexionando sobre la vida que se oían dulces y melancólicas hace casi sesenta años y en la octava de arriba, y que hoy, en el cuerpo usado de quien hizo lo que quiso y pagó todos los precios, dicen algo completamente diferente, algo que antes no hubieran podido decir y que hoy tampoco puede explicarse con palabras.

TT

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