Y después es ahora Narraciones

La ley y el orden I: desembarco en Nueva York

La ley y el orden por Romina Paula

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Vuelvo a los Estados Unidos de Norteamérica a lo que llamo una mini gira en torno a una invitación a la Universidad de Madison, Wisconsin, a dar un charla y un workshop. Antes de eso entonces, aprovechan para invitarme a ver el montaje de mi obra Fauna en Nueva York en la pequeña y señorial sala en Torn Page, la misma sala en la que estuve ensayando obra nueva en julio. Y después de eso, una académica de la Universidad de Notre Dame en Indiana organizó una lectura de Fauna en la Universidad de Northwestern en Chicago y una charla conmigo en lo que amablemente llamaron An evening with RP. Tres veces la palabra Universidad en un párrafo que tiene que ver conmigo me hace algo raro en el cerebro, cuando todo lo que hice siempre estuvo tan alejado de las instituciones.

La llegada a los Estados Unidos de Norteamérica esta vez está plagada de pequeños disgustos, acaso esperables pero que vivo como inesperados. Si bien el vuelo es directo y nocturno, dos lujos, y esta vez sale a horario, lo que también puede considerarse un lujo, y no se bate como rocola en ningún momento, otro lujo más, el muchacho de migraciones me pregunta qué hago volviendo un mes después de haberme ido. Me agarra el toc de la fidelidad a la verdad en el lugar inapropiado y le digo que dos, que vine hace dos meses. Y que entonces, además de visitar amigos, primera razón que esgrimí, también es cierto que vengo otra vez porque soy autora teatral y están haciendo una obra mía, digo con tranquilidad y arrogancia impostada. Me pregunta si ahí en Nueva York, afirmo, calla. Me pregunta cuánto dinero llevo encima, atrevido pero respondo. Me pregunta cuánto tiempo me quedo, le respondo. Me pregunta si ya tengo pasaje de regreso, afirmo. Me pregunta dónde me alojo, le menciono el hotel, duda que haya uno de esos hoteles en ese barrio, se lo muestro en la pantalla de mi celular, pero él prefiere mirar la pantalla de su computadora. Por último me pregunta si traigo algo de comida y le digo que sí, que una manzana. Sella mi pasaporte pero no me lo devuelve y me pide que lo acompañe. No me explica qué está pasando. Lo sigo, firme y alienada. ‘Alien’ es como llaman en estos Estados a la persona que no es ni nativa ni residente. Un modo de ver. El hombre joven me conduce hasta la zona de retiro de equipaje, con mi pasaporte en alto me señala una zona a la que va a ir a entregarlo, zona a la que tendré que ir a declarar mi equipaje cuando lo haya recuperado. Mi crimen es la manzana, no se puede ingresar con alimentos orgánicos, le digo que no lo sabía, me dice que está ok. Espero mi valija indocumentada y otros argentinos del avión quieren saber qué pasó. Vieron la escena del agente con el pasaporte y yo caminando detrás y se alertaron. Voy al sector de bromatología, hacen un operativo como si trajera explosivos, me desarman de la manzana y de la medialuna rellena que no comí en el avión. Está cerrada dentro de una bolsita, les digo que me la acaban de dar en el avión, la aerolínea es de ellos, no es de alien, entonces acaso ese jamón sea legal pero no, dice el hombre que el jamón también es crimen, nada animal ni vegetal, veo como arroja la fruta y la comida a la basura, me devuelve mi pasaporte, y adiós. La desmesura entre la contravención y toda la gente involucrada en querer sacar una manzana de mi mochila, es un escándalo.

Ya fuera, sólo tengo que encontrar dónde tomar la combi que ya me pre pagaron y cuya empresa mandó un mail por día recordando mi viaje por venir. Sin embargo, hasta ahí llega su eficiencia. Una vez afuera hay que discar un número en un teléfono vintage en un mostrador para ese propósito, disco varias veces, en más de una ocasión me dicen que no es la empresa con la que quiero hablar y cuando lo consigo, me piden un número de reserva que no encuentro o que no les sirve y me dicen que no tienen registrada mi reserva. Pero si me mandaron ocho mails. Por suerte, otras dos argentinas están en una situación similar -misma reserva, misma burocracia con el teléfono de Maxwell Smart- y una de ellas consigue hablar con alguien que le dice que la combi va en camino. La combi llega una hora y media después. El viaje no dura más de media hora así que es ridículo todo el tiempo que perdimos esperando, perfectamente podríamos haber tomado un tren normal y haber llegado antes o igual y sin el disgusto del problema de comunicación. Cuando bajo de la combi el conductor simpático baja mi valija, le agradezco, me despido, le deseo un buen día y él ya no pronuncia palabra. Me quedo pensando si se habrá quedado esperando una propina que no supe que debía darle. No me gusta carecer de estos códigos de buen ciudadano, quiero ser una buena alien para esta ciudad. Creyendo ya poder entregarme a los brazos del alivio del hotel, me espera el último contratiempo y acaso el peor. A punto de finalizar el check in porque mis noches ya están pagas por la gente que me invitó, me pide que ingrese mi tarjeta de crédito en el aparatito a modo de seguro. Le digo que no tengo tarjeta de crédito lo que siempre merece una mirada frontal y desconfiada de la persona a cargo de Y entonces cómo llegaste hasta acá. Cómo pudiste salir de tu país y hacer algo sin tarjeta de crédito. Y sin embargo, así le ando. Le digo que puedo darle efectivo, dice que efectivo no manejan, me quedo de pie, pienso en las personas que podrían prestarme a distancia, dice el empleado que a distancia no, que por teléfono no, aunque la reserva se haya hecho de modo remoto por supuesto, pero que ahora no. Que tiene que venir alguien a insertar ese plástico en esa ranura, en persona. Pero si la habitación está paga. Lo siento, no, sin la tarjeta en persona no. Respiro hondo, me resulta muy difícil y casi imposible enojarme con desconocidos. El empleado ingresa la contraseña de la red del hotel en mi teléfono para que me pueda comunicar. Le escribo primero a la actriz argentina que vive en NY pero sé que se despierta tarde y veo que no se conectó desde la noche anterior. Le escribo a la directora de la obra que está en NY. Ella sí ve mi mensaje enseguida y me llama, quiere hablar con el empleado, el empleado no quiere hablar con ella y dice que no, que por teléfono no, con su sonrisa inmarcesible me repite que alguien tiene que venir en persona a hacer valer el plástico, que sino no. La directora del otro lado de la línea se indigna, dice que puede venir ella pero que está en Brooklyn a cuarenta minutos de subte, que habló con la otra traductora, que también quiere resolverlo por teléfono desde Washington, que revisó los términos y condiciones de la reserva, que en ningún lado figura como condición lo de la tarjeta, que sólo dice en la letra chica que hay que presentarse con un documento válido, y nada más. Pero el empleado está recibiendo a medio hotel que está haciendo el check out y otro medio que ingresa, todos siempre con su tarjeta a mano, es un trámite que dura segundos, mientras tanto yo en el sillón. April, la directora, llama a Tony, el dueño del teatro que vive ahí cerca, a ver si puede hacernos el favor de venir a legitimarme, él le dice que va camino a un rodaje pero que va a contactar a Lee Anne, la poeta, su mujer. Tony y Lee Anne fueron algo así como mis personas favoritas del último viaje, lxs dueños de la casa llena de fantasmas, ambos voladísimos y conectados al mismo tiempo. Finalmente es Lee Anne la musa quien me viene a rescatar. Camina las diez cuadras que la separan del hotel con el dolor de espalda que le dejó un viaje a Canadá del que acaba de volver. Aparece Lee Anne con sus rulos rubios y su sonrisa, sonríe, ingresa el bendito plástico mientras le murmura al empleado que ciertamente podríamos haber resuelto esto por teléfono, él, incólume, y entonces, cuando el milagro del plástico se produce, el hombre me recita los horarios de desayuno y me da la bienvenida al hotel como si no me hubiese dejado invisible en su sillón por alrededor de una hora, parece que ahora sí soy welcome. En los días siguientes, cada vez que lo veo parado detrás del mostrador, me da algo en las tripas y ganas de huir, del hombre que hace su trabajo tan pero tan bien. En contraste con eso, deseo que siempre haya una amiga poeta que venga a salvarnos, del plástico, de la negación, del rigor de la ley. 

Escribí esta columna hace unos días a modo de crónica de viaje y con la intención de exponer ciertas microviolencias, en este caso en EEUU, pero unas situaciones de macroviolencia en nuestro país en los últimos días lo coparon todo y me dieron ganas de decir algunas cosas más.

Por un lado estuve leyendo Desierto Sonoro, donde la mexicana Valeria Luiselli se refiere incesantemente a los niños perdidos, que en su libro son niños y niñas que cruzan la frontera de México a los Estados Unidos en trenes o a pie, algunos mueren, otros llegan, algunos son deportados, otros no, algunos se pierden para siempre.

En el desalojo de la comunidad mapuche de esta semana muchos niños y niñas huyeron de esos hombres de negro encapuchados que entraron a punta de armas largas y gases que hacen llorar y no dejan respirar. Los niños y niñas huyen al bosque aterrados mientras los hombres de cascos se llevan a sus madres y abuelas, algunxs siguen perdidxs aún.

Anoche la policía de la provincia de Buenos Aires tira gases lacrimógenos en una cancha de fútbol y mientras la gente baja de las plateas para ir a refugiarse al campo de juego, a salvo del gas, otros tantxs niñas y niños se pierden en la turba, cuando se trata de correr.

Son situaciones distintas las tres, pero en todas oprime una institución. Instituciones representadas por personas que perpetran la violencia con sus manos en nombre de la ley.

Personas violentas de las que hay que escapar y correr y donde perderse para sobrevivir parece ser la única opción. 

En estos tres casos los niñxs se pierden literalmente, pierden la orientación. 

Simbólicamente dispersar a los niños, confundirlos, atemorizarlos, siembra el terror.

La violencia institucional pretende ser aleccionadora, aleccionar la parte por el todo: mirá lo que puede pasarte si vulnerás la ley.

RP

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