Diario

La mujer que cruza

Fabián Casas Cuadernos de otoño

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The winter is coming, es el slogan terrorífico que repetían en GoT. Ahora estamos en el otoño y la llegada del frío hace prever una segunda ola del Covid. La ficción, como siempre, habla de nuestra realidad de manera premonitoria. Me acuerdo ahora de Leónidas Lamborghini en su casa de Once, recién llegado desde México a la Gran Llanura de los Chistes, diciéndome: “Casas, la poesía es adivinatoria”. Y yo pensando que estaba loco.

Debe ser por cierto tono de luz de estos días, que recordé que en mi infancia, cuando llegaba el otoño, yo acompañaba a mi tía -éramos una familia tribu de esas que ya no abundan- a comprar querosén para calentar la casa inmensa y vieja con las estufas. Era una casa larga, con patios repletos de plantas y paredes que parecían intervenidas por Jackson Pollock, ya que la humedad y el tiempo las esculpían. Hace poco encontramos con mis hermanos entre las cosas de mi padre el teléfono negro de ENTel por el que hablamos todos durante años, y se me ocurrió que ahí estaría grabada la caja negra del matrimonio de mis padres.

Lo cierto es que calentar esa casa costaba. Y comprábamos ese combustible en una estación de servicio de la avenida Independencia y siempre me quedaba mirando a un grupo de jóvenes que, en la vereda de enfrente, sacaban bancos a la calle, prendían fuego y hablaban por megáfonos repitiendo consignas. Me gustaba su actitud, cómo se vestían. Cuando le pregunté a mi tía quienes eran, me dijo: “Son los locos de filosofía”. Yo era muy chico y todavía no podía cruzar la calle solo, pero me acuerdo que me juré que ni bien pudiera hacerlo iba a ir a estudiar filosofía.

Desde ese entonces, para mí, el acto de cruzar la calle fue un gesto liberador y de alegría.

En la pieza de adelante de mi casa vivía el hijo de esta tía con la que yo iba a comprar querosén. Él tenía en el ropero un póster de Los Beatles cruzando la calle. Esa foto también me volvía loco. Era el fin de una época y los cuatro músicos cruzaban de una vereda a otra con toda tranquilidad. Me gustaba el color del día, soleado, el cielo azul contra los árboles verdes, algo que -si estuviste en Londres- sabés que es defícil de conseguir, ya que es más común la llovizna y la neblina. Pero Los Beatles cruzaban radeantes. Y ese Londres que muestran me recuerda al Londres soleado y luminoso de Blow Up, una película de Antonioni que vi en su momento y que me gustó mucho también.

Lo que ella no sabe es que yo la miro y su poder de voluntad mejora mi estado de ánimo.

Desde el balcón de mi casa, veo todos los días como una mujer mayor, con problemas de movimientos, con un bastón y con una pierna ortopédica, cruza todo el tiempo a la vereda de enfrente donde hay una pileta de natación a la que va, supongo, para mejorar su calidad de vida. Lo que ella no sabe es que yo la miro y su poder de voluntad mejora mi estado de ánimo. Cualquier estupidez que esté pensando sin poder parar ese diálogo interno que nos vuelve esclavos, se disuelve cuando la veo salir para cruzar la calle. Es increíble el coraje que ella me da con el solo hecho de hacerlo.

Y pensando en ella recordé un poema hermoso de William Carlos Williams que en cierta época repetía como un mantra. Se llama “Retrato proletario”, escuchen: “Una mujer joven alta sin sombrero/ y en delantal/ Detenida en la calle con el pelo/ hacia atrás/ la punta del pie enfundada en su media/rozando la acera/ y el zapato en la mano./ Examina atenta su interior/ Y saca la plantilla de papel/ para buscar el clavo/ que la lastimaba”.

Me gusta que el poema de Williams logra captar a esta mujer en toda su dignidad de persona común. Justo en esta época en que ya nadie quiere ser una persona común. También me gusta que el poema no hable de más, que solo intente fotografiar el momento justo en que esta mujer -antes de cruzar la calle- se saca el zapato para arreglar el clavo que le molesta. Muchas veces vemos estas imágenes, pero como no estamos en estado de disponibilidad, no nos damos cuenta que pueden ser material para la poesía, que son poesía. Y por otra parte, en vez de ser un poema llorón, bolche, es un poema social hermoso y digno.

Hagan silencio, presten atención, una mujer proletaria se está arreglando un zapato para, después, cruzar la calle hacia su trabajo o hacia sus seres queridos, su casa, su descanso, lo que sea.

El acto de cruzar la calle, de no quedarse en la vereda del confort, en la seguridad punitiva de nuestra ideología, es esencial para mí. Esteban Schmidt es un escritor que me encanta y que -políticamente- siempre está en la vereda opuesta de lo que yo pienso. Pero me gusta cruzar la calle para leerlo. 

FC

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