Opinión

La mujer de mi sueño

Elogio de los sueños de Freud.

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Hace unas semanas tuve un sueño. Al despertarme lo olvidé, pero después de unos días volvió en la mitad de una tarde y, entonces, lo retomé en una sesión de análisis. 

El texto del sueño es bastante breve: estoy en el barrio de mi infancia, en la puerta de un hotel transitorio, al que entro junto con mi esposa. Pedimos una habitación y es ella la que realiza el acto de pagar, porque pregunta si puede hacerlo con tarjeta.

Nada más. Un sueño breve, pero que me dejó inquieto. ¿Por qué vamos a un hotel? ¿Por qué paga ella? Además, ¿por qué con tarjeta?

La primera asociación que se me ocurrió fue nuestro viaje en el verano, cuando algunas noches compartimos una habitación con todos los niños. Rápidamente el hotel transitorio viró hacia la expresión “hotel familiar” y algunos recuerdos de mi infancia cuando escuché decir a mis padres “Esto no es un hotel”, para referirse a mi conducta desentendida. Nada de esto fue importante, eran vagas asociaciones –por la pasión de asociar– hasta que sí encontré algo que me pareció cierto: la noche previa al sueño, escuché a mi hijo y al hijo de mi mujer conversar en la habitación; uno le decía al otro que era “mal hermano”. A pesar del reproche, a mí me alegró que se nombraran de forma fraterna. Con esa idea me fui a dormir.

Y tuve ese sueño que, en principio, no tiene nada que ver con ese último pensamiento del día. Sin embargo, en ese momento recordé algo más. Ese día habíamos ido a la casa de mi hermana y esto estaba decidido a enseñarle a andar en bicicleta al hijo de mujer. Él se negó y yo me sentí muy frustrado. Tanto que me enojé. Le dije que si quería ser un hombre tenía que aprender a andar en bicicleta, así como luego a manejar… Me dijo que su papá no maneja. Le dije que ese era un problema de su papá, no suyo y, ofendido, me fui. Ahora que lo escribo, pienso que puede parecer infantil y estúpida mi reacción. Lo es.

No me había dado cuenta de cuánto me había afectado esa escena, hasta que comencé a pensar en el sueño. En este punto también tuve que reconocer una moción hostil hacia el papá del hijo de mi mujer, algo que también me afectó, porque es un hombre al que aprecio y por el que siento mucho respeto. Mientras asociaba, pensé: ¿podría quererlo más… sin traicionar a mi mujer? Entonces me reí. Y con la risa tuve otro pensamiento: si me fui a dormir alegre con la frase que escuché que provenía de la habitación de los niños, fue porque sentí que me respondía por el incidente de la tarde: yo era bruto y torpe, pero podía ser reconocido también con cierta aptitud paterna.

Ahora bien, ¿qué tiene que ver esto con el sueño? A primera vista nada, con este rodeo tuve en claro un detalle inicial: mi mujer pagaba el hotel y lo hacía con tarjeta. En este punto, tengo que admitir mi fobia a las tarjetas de crédito. Nunca tuve una ni voy a tenerla. Este es el rasgo por el que me consideré alguna vez poco viril. Incluso, recuerdo la vez en que un niño me preguntó por qué no usaba billetera. Le respondí que el motivo es simple: no me gusta, prefiero llevar el dinero en el bolsillo. “Pero, ¿vos no sos un papá?”, me preguntó. Desde un punto de vista consciente, entiendo toda la cuestión de los estereotipos y demás, pero el inconsciente –tan elocuente como la voz de un niño– no se distrae con argumentos.

De este modo, el sueño cobraba un primer sentido: mi moción hostil hacia el papá del hijo de mi mujer quedaba compensada con una rectificación que planteaba mejor mi propia impotencia proyectada. Así, la mujer que paga con tarjeta no es solo mi mujer, sino una parte de mi propia vida psíquica –quizá como Gustave Flaubert decía “Emma Bovary soy yo”–, mi costado femenino negado (interpretado como impotente) y que se refuerza en la expectativa de que la mujer ocupe un lugar viril. En este punto sobrevino un recuerdo: la calle del hotel en el sueño es la misma en que había un cajero automático al que, de niño, acompañaba a mamá a retirar efectivo.

En este punto detendré el análisis del sueño, porque conduciría hacia cuestiones mucho más personales y que prefiero omitir –porque solo me interesan a mí. Quizá me digan que lo anterior también es un contenido personal, pero la verdad es que no lo creo: es el relato de un sueño, que se apoya en diferentes particularidades de la vida del soñante, pero estas son solo anécdotas y no comprometen con ningún deseo específico. Sí es cierto que, para poder hacer el relato y describir los procesos de pensamiento implicados, tengo que reconocer que no soy tan bueno como quisiera y que me desconozco más de lo que pienso. Para eso es que voy a un análisis; además tampoco creo que yo sea mis pensamientos. Lo que pienso es apenas lo que pienso, no lo que soy –misterio que, por cierto, no puedo resolver.

Si en esta ocasión desarrollé un sueño y una parte de su análisis, es básicamente porque creo que la interpretación de esta formación del inconsciente ocupa un lugar privilegiado en la práctica del psicoanálisis. Para no usar el de otra persona –por una cuestión de intimidad–, me detuve en uno propio, que muestra bien cómo una situación cotidiana es la fuente de un pensamiento y una moción que afecta y requiere ser reprimida; a continuación, el sueño es un modo de continuar con el pensamiento de la vigilia y, además, rectificar al soñante, indicarle una orientación –esto a partir de su relación con el modelo de una matriz infantil.

¿El análisis del sueño es completo? No. Seguramente podría haber otra interpretación, en otra circunstancia. Lo importante es que sea una interpretación para mí. Y si me interesa escribir sobre la importancia del sueño, es porque es la escena privilegiada para recibir una interpretación que nos saque de nosotros mismos, algo que hoy –en nuestro modo de vida de la cultura– es impracticable: le tenemos horror al sentido extraño, a que alguien nos diga algo que no sea lo que pensamos, tanto como a pensar a nuestro pesar. Por eso en esta ocasión no quise escribir sobre un tema actual con el psicoanálisis como herramienta teórica o discurso de opinión. 

Del psicoanálisis me interesa la interpretación. Si el sueño es la vía regia para acceder al inconsciente, esto ocurre no solo porque es interpretable, sino también porque interpreta.

LL

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