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opinión

Los negros y la Selección, lo que dejó el debate

Alejandro De los Santos jugó en la Selección Argentina en 1922.

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El 8 de diciembre pasado se desató un estruendoso debate a partir de un artículo del diario The Washington Post que se preguntaba “¿Por qué la Argentina no tiene más jugadores negros en el Mundial?”. Firmaba el texto una académica afro-estadounidense, Erika Edwards, autora de un bellísimo libro sobre la experiencia de las mujeres negras en Córdoba a comienzos de la época independiente. La nota fue glosada por La Nación, Infobae y otros medios. Básicamente, comparaba la aparente blanquedad de los jugadores argentinos con la abundancia de negros en planteles como el de Brasil, lo que daba pie para realizar una denuncia de los proyectos blanqueadores que animaron las élites que construyeron la nación, de las fantasías de muchos argentinos de vivir en un país “blanco y europeo” y de la consiguiente invisibilización de la población afrodescendiente. Con solvencia, la nota desarma las narrativas habituales acerca de la supuesta desaparición de la población negra, para mostrar, en cambio, que siempre estuvo y sigue estando allí. Su presencia, no obstante, fue negada, lo que no deja de ser una muestra del racismo imperante.

La nota generó reacciones airadas. Muchos argentinos y argentinas del común la interpretaron como un ataque a la dignidad nacional. Por todas partes se afirmó que en la Argentina el racismo no es relevante. En las redes sociales la autora y un periodista que la citó aprobatoriamente sufrieron ataques de todo tipo. En las radios y la TV se discutió la columna, en general rechazando el argumento. En algunos diarios hubo réplicas, que insistían en las fantasías que Edwards había desmontado: que los esclavos en la Argentina nunca fueron tantos, que se los trataba “con afecto” (créanlo o no alguien dejó eso por escrito), que de todos modos los negros habían desaparecido en el siglo XIX y que de ninguna manera hubo narrativas blanqueadoras. Algunas voces de derecha o de ultraderecha aseguraron además que la opinión de la autora era parte de una conspiración progresista mundial. 

Ante estos disparates y negaciones, cualquier persona informada debería ponerse del lado de Erika y agradecer que haya ayudado a generar un debate sobre una asignatura pendiente que tenemos como sociedad. Así lo hicieron, de hecho, entre otros, algunos de nuestros mejores especialistas. El racismo en nuestro país campea y los argumentos que desplegó la colega estadounidense son absolutamente ciertos y necesarios. 

Dicho esto, hay que reconocer que la manera en que se planteó la cuestión tuvo aristas equívocas. Para empezar, la pregunta-gancho del título –innecesaria para el resto del argumento– enmarca el texto como una demanda de reconocimiento: si la Argentina reconociese a sus negros, deberíamos verlos en su Selección. No están allí porque los negamos. Es un título desafortunado, que no eligió la autora sino los editores del diario. La propia nota refiere que en el Censo de 2010 apenas 149.493 personas se declararon afrodescendientes (de las cuales, además, no todas tienen la tez oscura). Las chances de que en esa cantidad limitada surja un jugador mundialista no son tan altas. En la Argentina actual las colectividades de judíos, gitanos o asiáticos son más numerosas, sin que nadie se pregunte por qué no las vemos representadas en la Selección. ¿Y por qué no hay jugadores de origen chino en el conjunto estadounidense? La pregunta supone que el reclutamiento funciona como un espejo de la sociedad, lo que nos llevaría entonces a imaginar que Francia o EEUU, con sus seleccionados multicolor, son increíblemente igualitaristas y no los países racistas que sabemos que son. El fútbol tiene sus propias lógicas. De hecho, siendo un país que niega a sus afrodescendientes, el Seleccionado argentino incluyó a uno –Alejandro de los Santos– ya en 1922, nueve años antes de que Francia viera al primero jugar para su conjunto y muchísimo antes que el resto de los países de Europa, que solo incluyeron negros en las décadas de 1960 o incluso después (si quitamos la rareza de Andrew Watson, que jugó fugazmente para Escocia en 1881). ¿Trata Argentina a sus afrodescendientes mejor o peor que EEUU, Brasil o Francia? No lo sabremos con solo mirar sus selecciones.

Pero lo más importante es que, planteado según las categorías binarias del Norte –se es “raza blanca” o se es “raza negra”– el argumento genera omisiones graves para el contexto argentino. Algunos activistas del movimiento antirracista de nuestro país, de hecho, presentaron sus desacuerdos enérgicamente. Federico Pita, activista afroargentino, planteó que no es razonable comparar la visibilidad de los negros con Brasil, el país de mayor población negra fuera de África de todo el mundo. Pero, más importante, señaló que en Argentina la categoría “negro” excede lo afrodescendiente: involucra a personas de otras ascendencias y tonalidades de piel, incluyendo gente considerada “de raza blanca”. Alejandro Mamani, del colectivo Identidad Marrón, intervino en la misma línea, exigiendo que entendamos que “el mundo no es solo Estados Unidos” y que las categorías y análisis de ese país no funcionan bien aquí. Para Mamani, los términos binarios en que se planteó el debate dejan afuera a los “negros” de ascendencia indígena, a los habitantes de las villas, a los migrantes provincianos. Es que, en nuestro país “todo lo que no es blanco de ojos claros y cabellos rubios-castaños” es pasible de caer en la categoría de “negro”. Sin importar si hay o no afrodescendencia. Sin que ello implique que se lo considere “otra raza”. Ningún jugador de nuestra Selección es afrodescendiente (hasta donde sabemos), pero varios de ellos tienen aspectos físicos y tonalidades de piel que, en determinados contextos (de clase) los convertirían en “negros”. 

Esta intervención llega a lo que creo que es el nudo de la cuestión. El problema no empieza ni termina con la visibilidad o el reconocimiento. “Para hablar de racismo en Latinoamérica es necesario hacerlo con conciencia de clase”, dice Mamani. Y es justamente esa dimensión de clase lo que se vuelve difícil de discutir desde las categorías del hemisferio norte, más enfocadas en una política de la identidad. Por supuesto, no se trata de elegir: la afirmación de las identidades no-blancas es parte de la lucha contra el racismo y cada comunidad tiene el derecho de plantearla como mejor le parezca. El problema es que, en nuestro contexto, existe el riesgo de que la afirmación de lo negro-afro, si se plantea en los términos en los que se la entiende en el hemisferio norte, dificulte la discusión de la situación de los otros “negros”, la gran mayoría de los cuales no tienen una comunidad étnica de referencia. Como muestran los estudios genéticos de ancestría, sólo una porción minoritaria de las personas de clase baja que hoy se identifican como (o son agredidos por) “negros” desciende de africanos. La gran mayoría debe su tez oscura, cuando la tiene, al mestizaje entre europeos y amerindios. Son ellos los que aportan el contingente más numeroso entre los que padecen el racismo argentino. Y en esta ocasión, hay que decirlo, han sido poco aludidos. Erika Edwards, de hecho, había incluido reflexiones sobre este punto en su manuscrito, que los editores decidieron recortar porque les parecían incomprensibles o irrelevantes.

Bienvenido, en cualquier caso, el debate. El año pasado, en un trabajo académico, anticipé que en el antirracismo argentino había focos potenciales de tensión como los que se evidenciaron esta vez. Ojalá sea una buena oportunidad para estrechar lazos de comprensión mutua entre las perspectivas del norte y las del sur y entre el antirracismo de los afrodescendientes y el de los negros “genéricos” que conforman nuestras clases populares. Que por otra parte tiene una larga y antigua trayectoria, estilos y categorías propias, alianzas políticas y logros que merecen no quedar soslayados. 

EA

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