Y DESPUÉS ES AHORA Narraciones

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Mi amigo Esteban me comparte un corto de mubi, que es algo que se puede hacer desde esa página si te gustó mucho una película, regalársela a alguien más. Me escribe por mensaje desde Chile donde está filmando y me dice que me la mandó porque le pareció muy linda y le hizo acordar a mí por alguna razón. Es un corto de Hlynur Palmason, un director islandés que filma a sus hijos a lo largo de un año en un plano fijo, formato cuadrado, 35mm. A lo largo de ese año él y su familia construyen una casita de árbol pero en lugar de en un árbol lo hacen sobre un poste de luz que derriban en el principio del corto. No hay palabras, sólo las estaciones que van pasando en ese paisaje desolado, arrasado por el viento. Es una película muy bella, le escribo a Esteban para agradecerle, comento que es inhóspito el lugar en el que viven esos niños, él responde que nosotros vivimos en Buenos Aires.

Hace un par de semanas vuelvo de noche a mi casa, me asomo al balcón desde la ventana del living y desde debajo de la costilla de adán, una planta que me regaló mi ex suegra, me miran unos ojos. Enciendo la luz de la terraza desde adentro, confirmo: eso que me mira es un mamífero, una rata pequeña o un ratón. Me da sensación de incertidumbre, la invito a no quedarse pero no hago nada más, pienso que es de noche y que debe estar de paso, no se me ocurre qué puede estar buscando en un piso 7, asumo que se extravió. Lo que sí, cierro la ventana del baño que da al mismo balcón por las dudas, y deseo que esta no sea una situación que haya venido para quedarse porque esa ventana es la ventilación constante de este departamento. 

Al día siguiente reviso las inmediaciones de la compostera a ver si puede haber querido comer algo de ahí pero no, el acceso a la compostera es hermético. Reviso otras zonas oscuras y ocultas de la terraza, entre las macetas pero no, no hay nada ahí. Así que confirmo que fue solo una visita. 

Unos días después estoy regando las plantas al atardecer de un viernes y en una de las macetas grandes se bate algo entre los tréboles cuando le tiro agua con la regadera. Pego un salto, miro de costado, veo pelo marrón mojado, vuelvo a mirar: hay una rata o ratón en una de las macetas, a modo de camita, una rata o ratón que se asustó con el agua pero no se fue, esto me da mucha impresión. Entro a la casa a llamar a mi hijo Ramón. Le había contado del contacto visual de la otra noche con una rata en la terraza así que le digo que la encontré, y se la señalo. Primero le cuesta verla, porque es cierto que está muy camuflada entre los trebolcitos y la planta que es una rosa china maltrechísima que heredé de las hermanas Arco, Norma y Alma, antiguas dueñas de este balcón. Es una rosa china amarilla que está enferma desde que la conozco pero al mismo tiempo, las veces que quise condenarla, hizo algún gesto, se puso más verde, dio una flor, y eso hizo que nunca pudiera condenarla del todo. Pero tiene los tallos todos rugosos, como con acné de madera, desde siempre, y sin embargo se empeña tanto en vivir. Bajo esa rosa china se acomoda la rata. La observo de lejos, me da pena haberla mojado, veo que le late muy rápido el corazón, su cuerpecito late. O la asustó el agua o está enferma. Por la hora y el lugar que elige, concluyo que muy saludable no debe estar. Temo que esté embarazada, me animo a pedirle a un amigue que capture a una rata y la libere en la plaza, pero ¿a 25? Le pido de lejos que no esté embarazada, me pregunta Ramón que vamos a hacer. Le digo que no sé y que nada y que vamos a esperar. Me pregunta si la voy a matar y le digo que no. Le digo que lo único que espero es que no esté embarazada. Ramón dice que va a comprar una casita para ratas con su dinero de los dientes. Tiene sentido: dinero de ratón para ratón. Vuelvo a pedirle a la rata que no entre a la casa y cierro la puerta del baño y las demás. No vamos a poder atrincherarnos todo el verano.

Al día siguiente, la mañana del sábado, me asomo y no la veo en su refugio. Veo, sí, que los tréboles están chatitos, de haberle servido de lecho a algo. Doy una ronda por entre las macetas con alivio hasta que la vuelvo a ver, ahí está: muerta entre otras dos macetas, al filo del balcón. Me sobresalto. Si bien es el mejor desenlace para nuestra llamésmosle ¿seguridad, comodidad? Me da muchísima pena. Ayer te vi viva, temblabas, te latía el cuerpo, ahora ya no. Sus ojos, o más bien el ojo que veo porque está echada de lado, es negro y pequeño, tiene calidez. Confirmo que aunque pequeña, es una rata, porque su cola está hecha de anillos, le veo las mini garritas tiesas. Vuelvo a llamar a Ramón, le digo que encontré a la ratita, se la muestro. Me pregunta qué vamos a hacer, le digo que tirarla a la basura. Se indigna sin transición, me dice que es un humano, le digo que un humano no es, que un ser vivo sí, un ser vivo dice, eso sí, que es un ser vivo, que cómo la vamos a tirar a la basura, que si él se muriera lo tiraría a la basura también. Así sus silogismos. Colmada de inoperancia y temor le pregunto si se anima a levantarla con una palita, que yo la recibo con una bolsa. Me dice que sí, que se anima, que no le da impresión. Pensé que iba a negarse rotundamente pero no. Despejo un poco las macetas. Él lo intenta, la rata está tiesa, creemos que alguien la envenenó. Después de mirarla un rato y ver que no quiere del todo subirse a la pala deja de darme impresión. Ese sobresalto en la panza de las otras veces, los ojitos negros que me miraron, el pelo mojado, el corazón latiendo rápido, todo eso me hacía nudo en el estómago. El hallazgo entre las macetas también. Pero ahora después de mirarla un rato, expuesta a su muerte, algo deja de retorcer las tripas y pasa a sencillamente ser lo que es. Ramón consigue subirla a la pala, la recibo en doble bolsa, pesa casi nada. Hago doble nudo en la bolsa y la dejo colgando de una silla en el balcón hasta que bajemos un rato después. Tengo que negociar con el sepulturero también que no podemos enterrarla en nuestra plaza, esgrimo el argumento de las muertes en las ciudades, los cementerios, lo de que hay que ocultar, enterrar o quemar, por una cuestión de salud, no funciona tanto ese argumento pero sí el de que algún perro pueda desenterrarla y envenenarse también y ese del daño menor, ese sí parece funcionar.

El domingo soy parte de una caminata grupal por Parque Chas que termina bajo el aguacero en la estación del tren de Villa Pueyrredón. Para inaugurar la charla, los anfitriones Agustina Muñoz y Rafa Federman leyeron un texto que escribieron que entre otras cosas decía:

Ya no somos nómades, pero tenemos en nuestros cuerpos ese abismo por el camino, por el andar, por no saber dónde vamos a estar mañana, un impulso al movimiento y la intemperie. En esta ciudad que vivimos están los rastros y las presencias de arroyos entubados, de montes enmarañados de plantas, de pumas y ñandues que corrían por acá, y de pueblos caminantes que miraban este cielo, pero también los rastros de la fundación de ciudades que ya no existen, de personas que vinieron de tantos lados distintos, trayendo su manera de cultivar, de leer las estrellas y de hablarles a sus dioses. (...) Algunos humanos imaginaron ciudades y ahora vivimos en ellas. Podríamos irnos pero acá estamos, siendo ciudad. Lo que hay que recordar quizás, es esa arquitectura móvil, ese carácter de entidad viva que una ciudad tiene, repleta de rastros,  de vidas, y la manera en la que podemos habitarla, transformarla, dejar surcos supuestamente invisibles de un paso supuestamente inmaterial que es el tiempo que un cuerpo se vincula con otros cuerpos en un territorio y en una época. 

RP

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