ENSAYO GENERAL
Las películas que no sabíamos que teníamos que ver
Doy una materia llamada Taller de Crónica en la carrera de Artes de la Escritura en la Universidad Nacional de las Artes. Me encanta trabajar los textos con los estudiantes y mostrarles mis crónicas favoritas, o charlar sobre cómo una novela o un poema puede también funcionar como referencia tonal para un texto de no ficción; pero la verdad es que lo que más disfruto en esas cursadas son las primeras dos clases, en las que las y los estudiantes proponen temas para sus textos. Me gusta porque me hace pensar en una pregunta sin respuesta, la de qué es “un buen tema”, o más todavía, qué es un tema; me lleva, también, a otro asunto contradictorio, el de que para escribir sobre algo hay que ya tener algo pensado sobre ese algo, pero no lo suficientemente pensado como para que el proceso de escritura no vaya a hacer ninguna mella sobre eso. Pero en realidad es más simple: lo que más me divierte del asunto es escuchar qué le interesa a otra gente, las mil millones de cosas que pueden cautivar a la gente, y en un contexto en el que encima están obligados a explicarme qué es eso que los cautiva.
La semana pasada, una alumna empezó a hablar del videoclub de su papá, negocio que cerró antes de que ella llegara a conocerlo. Ella misma sabía que no alcanzaba con eso para hacer un texto, pero había algo que le interesaba del hecho de que la gente siguiera hablando de ese videoclub cada vez que se cruzaba a su viejo por el barrio, que extrañaran un negocio al que de todas maneras nadie iría si hoy intentaran resucitarlo. Entre las dos fuimos llegando quizás al núcleo que a ella le interesaba: no la nostalgia del video o del DVD, sino de cierta forma de comunidad que parece imposible replicar, porque la gente que hoy se reúne en torno de esa nostalgia lo hace a propósito. Al videoclub, en cambio, iba a hablar de cine gente que jamás se juntaría con nadie a hablar de cine, gente que no se autopercibe cinéfila, que no ve cine arte ni películas en blanco y negro, pero que no tenía más remedio que ir a preguntar qué podía ver si todas las copias de Duro de matar estaban alquiladas. Hablamos también, creo, de elegir las películas por horario: en algún momento era bastante común, incluso entre personas que nos autopercibíamos como relativamente aficionadas al cine, decidir “este viernes quiero ir al cine” y elegir entre las cuatro o cinco opciones que había, a veces con muy poca información. No es que no nos importara qué íbamos a ver, pero sí creo que no pensábamos que ir al cine (o alquilar una película) fuera una ocasión que había que maximizar, una oportunidad que no se podía perder viendo “cualquier cosa”. El mismo razonamiento aplica a la charla con el dueño del videoclub: no hacía falta que el tipo fuera una luminaria para quedarse charlando con él y aceptar su recomendación.
Ese mismo día, a la noche, fui a Hasta Trilce a ver una de las dos películas que Fernando Martín Peña, el gran archivista del cine nacional, elige todos los martes para pasar hace ya bastante tiempo (y ojalá por mucho más). Son películas de su colección, de cualquier época o país; la única condición es que todas son en fílmico, y que jamás se anuncian. El evento podría parecerse a otros que reivindican el cine y particularmente la materialidad de las copias (todos sentimos, en el momento en que una cinta se termina y la película se detiene hasta que ponen otra, una nostalgia de una época que al menos yo no conocí), pero creo que tiene varias particularidades. Primero, se repite todos los martes: no tiene ningún interés en generar ni una sensación de exclusividad o de FOMO. De hecho, una ni siquiera puede saber qué van a pasar, de modo que tampoco es probable que una noche se ponga particularmente codiciada; ninguna noche es distinta de otra, no hay ninguna noche distinta de todas las noches. No hay gente cool, no es el lugar en el que hay que estar esa semana. Tampoco se pasa la película del año: se pasan películas de las que se podría hablar cualquier día, o nunca, y que no se volverán a pasar: que lo único que tienen de especial es que le gustan a quien las eligió, como cuando el dueño del videoclub te recomendaba algo solo porque le gustaba a él.
Peña pide, además, que no se hable después de la película que se pasó. Supongo que eso es imposible, pero a la vez creo que las conversaciones sobre esa película que no se volverá a pasar ni estará reseñada en ninguna columna semanal son conversaciones de una clase muy particular, de esas que se sienten inolvidables durante el ratito que duran y después se desvanecen en el aire, tan pesadas como están al presente. Quedan apiñadas en el cajón de los recuerdos sin clasificar, para la vez que intentemos acordarnos de la filmografía de Bertolucci o de esa película que quizás vimos en Telefé. Es eso, pienso, lo que logra recrear Peña de la experiencia material y mental del cine: la sensación de algo efímero pero que se siente eterno, un martes a la noche encapsulado por fuera de los tópicos de moda. Es justamente lo contrario de lo que hoy te quieren vender como paradigma de ir al cine: ir todas las semanas a ver una película imperdible, imprescindible, la mejor del año, un fin de semana tras otro pretendiendo una magnitud inalcanzable que solo puede terminar teniendo sabor a poco.