Opinión

El fin de la tapa de los diarios: medios, poder, y judicialización

Martin Rodríguez rojo Perdón que interrumpa

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En pleno auge de la psicología conductual, las famosas investigaciones de Maxwell McCombs y su equipo en los setenta dan forma a la “teoría de la agenda setting”, más conocida como teoría de la agenda y ya. Lo que esta teoría dice, ese embrollo del “cuarto poder” de la prensa en democracia, es que los medios no nos dicen qué pensar pero sí sobre qué pensar. El temario. 

Muchas cosas pasaron desde los setenta hasta acá –corporaciones de medios, globalización, internet, mil sitios alternativos, subidas y bajadas de ciclos regionales–. Y entonces, ¿cuánto dura un tema hoy? Listemos los últimos. El discurso del presidente. El cacerolazo. El alegato de Cristina. La represión en Formosa. 

Me detengo en uno “menor” de la semana anterior: el lanzamiento del Consejo Económico y Social, una de las apuestas del gobierno, que ocurrió la mañana del día en que se desató el escándalo de los vacunados vip. Gustavo Béliz habló ese día en el único lugar que acepta hablar (no da entrevistas). Unos días después podría haber dicho: “va de nuevo”. La gestión parece que no vende. Por eso la mejor gestión vence al tiempo. Un río de cabezas aplastadas por el mismo pie: el frenetismo. 

En un galpón de fantasmas argentinos, después del terror azul y de los Falcon verde, pueden apilarse aquellas cosas que se dijeron que venían a conspirar contra el orden democrático. ¿Se acuerdan de aquella frase de “ningún gobierno resiste tres tapas de Clarín?”. Seguramente era desproporcionada, pero ordenaba mejor que esta realidad en la que, ¿qué es una tapa? ¿Quién hace la tapa? ¿Quién se acuerda de la tapa del lunes? “Ustedes eran chicos y no se acuerdan, pero el lunes el presidente inauguró sesiones…”

Cuando Néstor Kirchner habló de “fierros mediáticos” en 2008, de golpe, eso que se discutía en coaliciones, foros, aulas, radios comunitarias sobre ley de radiodifusión, Papel Prensa, etc., se hizo presente en la palabra oficial. La discusión de la comunicación se volvió de la periferia al centro. El país tenía con qué hacerlo también: los años de crecimiento a tasas chinas permitían “debates” que no tenían el telón de fondo exacto de una crisis. Todo se tradujo en el viejo quilombo de “la guerra con Clarín”, aquel periodismo de guerra que el mordaz Fernando Rosso logró que le confesara un periodista del Grupo. Pero ese desangelamiento, aquel grito de que “el rey Magnetto está desnudo”, nombrar públicamente a Héctor Magnetto, implicó también un desangelamiento general, un efecto dominó, la moda de decretar el fin de toda neutralidad u objetividad, el imperio del “¿desde dónde hablás?”, “el fin del periodismo”, y así. Y el secreto de con qué se hacen los medios quedó rematado: se supone que todos sabemos con qué se hacen los medios, y si no lo sabemos lo podemos saber. Como entrar a la fábrica de salchichas: las seguimos comiendo y sabemos de qué están hechas. 

Así se naturalizó el dato político de que empresarios, sindicalistas, gobiernos (o testaferros) ponen plata e invierten en los “fierros mediáticos” que les dan “cobertura”, porque ése es el terreno más decisivo en que se dirime la pelea política. Empresarios que pechean licitaciones tienen ahí su radio, su diario, su “portal”, su canal de noticias. Fue el fin del empresario de medios (que además Magnetto, había dejado de ser, para ser un pulpo expansivo). Una especie en extinción los Jacobo Timerman, Julio Ramos, y podríamos nombrar más acá a Jorge Fontevecchia o Daniel Hadad. No eran “santos” exactamente ajenos a la política, sino un tipo de empresario dedicado a ese negocio hecho de reglas, astucia y conocimiento de mercado. Y después, lo que está en los bordes del negocio: los sitios, las revistas, los intentos de hacer algo distinto. 

Volvamos al punto exacto del durazno, al carozo: miramos el canal América, por ejemplo, y en el vaivén histórico de su “línea” ondulante fuimos midiendo como con un sismógrafo las oscilaciones de Vila-Manzano con cada poder político. Y así se agrupan los más actuales: los recursos de Mauricio Macri y sus amigos  que, según Daniel Vila, le armaron en La Nación + una grilla on demand al ex presidente. O del otro lado, el sindicalista Víctor Santa María, que compra un canal para ampliar el espectro de “voces oficiales” como si nada. Lo sabemos, naturalizamos datos así. Seguir la “correlación de fuerzas” del mapa de medios es, digamos, obtener información muy precisa. Ahí donde talló hace años, por ejemplo, el inenarrable Sergio Szpolski, en busca de “voces” que contrapesaran el peso desproporcionado de Clarín, y que se puso en boca de muchos estos días en que un podcast de Gustavo Olmedo ventiló las viejas cuitas de este “batallador cultural” en el vaciamiento de empresas. O los medios de Cristóbal López, un zar del juego denunciado por evasión fiscal. El discreto desencanto de la burguesía.  

Hoy, pareciera que el clavo está en algo que empezó también hace unos años: la pelea con la justicia. De Clarín a la Corpo judicial. Ese triángulo de las Bermudas que existía entre Corte Suprema, Justicia Federal, Side, la pulseada entre poderes permanentes y poder político. Ese arcón último al que más cuesta llegar, pareciera. El discurso de Cristina del jueves se organizó contra eso aunque intentando contener la crítica que suele repetirse sobre si es prioritario este “debate” en medio de la crisis que vivimos. Pero a la vez, y en palabras de Pablo Touzon, “en la Argentina del 2021, mejor que hacer es judicializar”. En un país tan divorciado entre política y resultados, no hay debate que no entre. Porque ya sabemos cómo vivir la crisis, aunque no sepamos cómo solucionarla. Se discute sobre la justicia, se judicializa, se discute sobre la justicia, se judicializa más. La semana termina con el rumor de la salida de la ministra Marcela Losardo.

Si no hay justicia hay…

Me permito retornar a una obsesión: la del cine de la transición democrática. Ese cine que no es exactamente del “destape” ni la “primavera” sino que agarra eso y se parece también al “show del horror”, como llamaba Fogwill a la reconstrucción morbosa del terrorismo de Estado (con sus detalles de chupaderos, sadismo, etc.) para –creía él– prolongar los efectos de terror en la sociedad. Ficciones basadas en hechos reales que amplificaban los efectos disciplinadores del terror. Con ese matete de época, durante esos años ochenta, se filmaron por lo menos dos películas en las que se ronda la idea de venganza. Una es “En retirada”, empaquetada en el guión de un policial, de Juan Carlos Desanzo, cuyo hilo es el padre de un desaparecido que reconoce a uno de los secuestradores y lo sigue con el deseo de matarlo. La actuación inolvidable de Rodolfo Ranni, ahora “mano de obra desocupada”, que mira por televisión las marchas de las Madres en un hotel barato, mientras riega sus plantas, y es nuestro “perfecto asesino” de Estado. Pero es, como dijimos, una película demasiado de época (con las costuras al aire), y digamos que lo es también en agarrar la mugre de abajo de la alfombra. ¿Cuál es el deseo de un padre que encuentra al verdugo de su hijo? Lo quiere matar. La otra película, menos conocida quizás, “Bajo otro sol”, fue dirigida por el cordobés Francisco D’Intino, y en su argumento cuenta la vuelta de un exiliado a su ciudad (Córdoba capital) que desea vengar al empresario que entregó en una lista a uno de sus compañeros. El protagonista camina por su vieja ciudad, se desvela, se reencuentra con antiguos compañeros (todos cambiaron menos yo, piensa, cuando los ve tan “adaptados” a los nuevos tiempos modernos), y mientras tanto, fisgonea al verdugo civil que sale a hacer gimnasia desde su mansión. Lleva un arma. 

Vladímir Propp organizó en la famosa “morfología del cuento” los temas más populares, ese decálogo extendido de los tópicos que nunca faltan ni nunca sobran. Y la venganza es la más universal de las bajas pasiones. Pero en estas dos películas de esos “primeros ochentas”, ambas venganzas quedan a mitad de camino. Al represor de “En retirada” lo matan los propios servicios, porque se habría vuelto demasiado suelto y peligroso para la adaptación necesaria a los tiempos; y en “Bajo otro sol” el militante desiste, quizás comprende al final que es más largo el camino del nuevo tiempo… la búsqueda de justicia. 

Las dos películas plantean un dilema que la propia izquierda no puso sobre la mesa, porque los ochentas fueron también su armisticio. Como decía Claudio Uriarte: muchos militantes trocaron El Capital por el Preámbulo de la Constitución. Ahí empieza la democracia: una sociedad que opta por el camino (lento) de la justicia, siempre. Las madres del dolor, los padres de víctimas del delito, las marchas del silencio. AMIA, Cromañón, Once. La idea de “justicia” es una religión laica con sus caminatas de a pie. Justicia, justicia, perseguirás. No hay democracia sin justicia. La democracia nace de cara a ese poder. 

La judicialización política se rige también por las reglas del espectáculo. Cuando en los años noventa Hernán López Echagüe escribió una biografía de Duhalde, Duhalde y familia decidieron defenderse en un solo lugar: la televisión. Fueron a la Hora Clave de Mariano Grondona. Justicia también es el derecho a réplica. Desde las famosas armas de tinta, hasta las balas de las imprentas, con los minutos de tele que reemplazaban, según Chacho Álvarez, las horas de plenario, y ahora en la guerra por los clics. La democracia, digamos rápido la canción, tiene esos dos platillos de justicia y libertad de expresión. Una que sabemos todos: tener medios es tener poder de fuego.

MR

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