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Mercosur-Unión Europea: un acuerdo que llega tarde, aunque a tiempo

El próximo 17 de enero se firmará el acuerdo Mercosur-Unión Europea

Celina Pena

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El 9 de enero pasado, el Consejo de la Unión Europea dio la luz verde política que faltaba para avanzar con el acuerdo Mercosur–Unión Europea. Según informó el propio Mercosur, la firma está prevista para el 17 de enero en Asunción. Después vendrá otra etapa: los trámites de aprobación interna y, sobre todo, la implementación —ese territorio donde los acuerdos dejan de ser un anuncio y se vuelven práctica.

A esta negociación la vimos nacer en 1999. Desde entonces pasaron muchas administraciones de ambos lados del Atlántico y, obviamente, también cambió el mundo. Por eso, el valor principal del acuerdo en este momento no debería medirse exclusivamente por un “salto” comercial en el corto plazo. La señal es otra y más amplia: reafirmar una decisión estratégica tomada hace un cuarto de siglo sobre la importancia del vínculo Mercosur–UE, en un contexto internacional hoy más fragmentado, más competitivo y profundamente impredecible.

Dicho sin eufemismos: no es el gran acuerdo transformador que muchos imaginamos en sus orígenes, pero tampoco se trata de un acuerdo de efectos puramente simbólicos. Es un acuerdo “políticamente correcto”, jurídicamente sofisticado y económicamente más incremental que revolucionario. Y, en el mundo actual, eso no es poco.

Recordemos que el acuerdo comenzó a negociarse en otra realidad. En 1999 no existía el comercio electrónico tal como lo conocemos, ni los debates sobre datos o inteligencia artificial ocupaban la agenda productiva. En ese momento, la globalización parecía una autopista en expansión. Hoy el mapa es distinto: cadenas de valor más fragmentadas, disputas hegemónicas explícitas y un retorno de instrumentos de política industrial y de “seguridad económica” con una lógica mucho más transaccional. Si esta negociación empezara hoy desde cero, probablemente pondría el acento en otros temas. Pero ahí está justamente el punto: los acuerdos no son una fotografía, son un proceso. Y este acuerdo, si quiere conservar sentido estratégico, deberá demostrar capacidad de aggiornarse en su implementación y en su dinámica institucional.

El texto que se firmará no es único. El Acuerdo de Asociación combina tres pilares: uno comercial y de inversiones, otro político y un tercero de cooperación. Junto con él, la Unión Europea impulsa un Acuerdo Comercial interino, que permite aplicar antes la parte económica. Ese tramo requerirá el consentimiento del Parlamento Europeo, mientras que el Acuerdo de Asociación completo deberá además ser ratificado por los Estados miembros. Del lado del Mercosur, cada país deberá atravesar sus procedimientos constitucionales para tratados internacionales; en Argentina, eso implica aprobación legislativa.

En muchas ocasiones, la discusión sobre instrumentos de esta naturaleza tiende a considerar solo la reducción de aranceles, porque es lo más “contable” y visible. Pero esa mirada, aunque necesaria y válida, es limitada. Los cronogramas de desgravación arancelaria se diseñaron contemplando sensibilidades —y eso supone tiempos. Además, el comercio del siglo XXI se juega cada vez más en otros planos: estándares, trazabilidad, sustentabilidad, servicios, datos, compras públicas. Observar los aranceles puede ser técnicamente correcto y sectorialmente necesario, atento a que cambian las condiciones de acceso a ambos mercados. Hay mejoras de especial interés exportador para la Argentina (carne bovina, carne aviar, miel, entre otros) y se facilita la compra de insumos y bienes intermedios desde Europa, así como se presentan desafíos por la paulatina mayor competencia de productos europeos en Mercosur. Pero limitarse a ello puede estrechar la comprensión del alcance real del acuerdo.

Algunos números ayudan a dimensionar sin sobreactuar. En 1999, el comercio total argentino en bienes (exportaciones más importaciones) fue de unos USD 49 mil millones; el intercambio con la UE alcanzó USD 11,0 mil millones, cerca del 23% del total. En 2025, con datos de enero a noviembre, el comercio total ronda los USD 150 mil millones y el intercambio con la UE llega a USD 17,5 mil millones, alrededor del 12%. En este último período, el comercio con China ascendió a USD 25,5 mil millones, explicando 17% de nuestro comercio exterior. No es solo una estadística, es el reflejo de cómo se desplazaron los centros de gravedad del comercio mundial y el contexto en el que hoy se reactiva este acuerdo.

Aun así, la Unión Europea mantiene un peso estructural relevante. En 2024 absorbió alrededor del 13% de las importaciones globales de bienes y cerca del 22% de las de servicios (sin considerar el comercio intra-UE). Para el Mercosur, esto abre oportunidades concretas, tanto para la venta de bienes como la exportación de servicios basados en conocimiento y otros nichos de alto valor agregado. 

En materia de inversiones, Europa sigue teniendo una presencia profunda. En términos globales, la UE explicó en 2024 una fracción sustantiva de los flujos mundiales de inversión directa hacia el exterior, incluso en un contexto de fuerte volatilidad de la IED a nivel mundial. En Argentina, el stock de inversión extranjera directa rondó los USD 187 mil millones a junio 2025 y entre los principales orígenes aparecen Estados Unidos, España y Países Bajos. Este último caso suele prestarse a confusión: no implica necesariamente inversión “holandesa” en sentido productivo, sino que muchas empresas canalizan sus tenencias a través de holdings radicados allí por razones societarias o financieras. Dicho de manera simple: el país que figura en la estadística no siempre coincide con el lugar donde se toma la decisión económica, pero confirma algo relevante: Europa sigue en el corazón del mapa inversor argentino. 

Respecto al capítulo de cooperación, el acuerdo es interesante, pero conviene ser cauto en cuanto a su alcance. Hoy los recursos de cooperación europeos están fuertemente concentrados en su vecindad inmediata (Ucrania especialmente) y en África. Para América Latina, los márgenes son acotados. Este capítulo puede tener un valor menos visible pero igualmente útil: asistencia técnica, convergencia regulatoria, estándares, capacidades institucionales y encadenamientos productivos.

En definitiva, el núcleo de este momento es político y estratégico. Reafirma una señal política de inserción internacional. No como consigna, sino como método: negociar, acordar, administrar transiciones y sostener reglas. El acuerdo, además, reduce la percepción de aislamiento estructural del Mercosur y las chances de que Argentina vuelva a cerrarse sobre sí misma.

Por último, parece importante recordar que este acuerdo, como todo tratado internacional, no reemplaza decisiones internas; las exige. Para que esta apertura se traduzca en resultados, hacen falta políticas públicas que acompañen las decisiones empresarias: infraestructura, logística, financiamiento, simplificación regulatoria, formación de talento, atracción de inversiones y una estrategia exportadora que mire bienes y servicios. Pero el impacto final dependerá, inevitablemente, de la capacidad del entramado productivo de responder a esas señales. Sin ese esfuerzo conjunto, el acuerdo será promesa. Con él, puede convertirse en herramienta.

El 17 de enero no será un punto de llegada, sino de partida. Abre el tramo más largo y exigente: el de la implementación. Allí se juega, en última instancia, la verdadera medida de este acuerdo.

*La autora es Economista, especializada en negociaciones económicas internacionales.

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