Filosofías

La vía dolorosa del hombre teórico

Friedrich Nietzsche y Aristóteles

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Peter Sloterdijk en El arte de la filosofía cita a Hannah Arendt, que pregunta por el lugar en el que estamos cuando pensamos.  No se trata de cualquier lugar sino de un espacio diferenciado en el que se genera un ideal. Para que surja el pensamiento filosófico tuvo que concebirse un “otro lugar” en donde se elaborara el logos. Ese lugar fue la Academia de Platón, le siguen el Liceo de Aristóteles, El Jardín de Epicuro o el Pórtico de los estoicos, hasta el tonel cínico. Podemos seguir por la torre de Montaigne a la universidad de los profesores de filosofía. 

En este lugar se forja una utopía que en la antigüedad fue la del Hombre Téorico, o filósofo, que necesitaba de un sitio apartado cerca de la ciudad en el que se internaban los candidatos al saber. 

Como la figura del Sabio evocaba una época perimida después de la muerte del último de los justos, Sócrates, su descendiente, el hombre teórico, es un personaje derrotado de una Atenas en decadencia que tiene por último recurso el artificio de la palabra para evitar el derrumbe total.

La idea de heterotopía como un espacio autónomo y áltero pero cercano al mundo rutinario y convencional de los actores sociales, tiene una continuidad que el filósofo alemán traza desde la institución platónica a la “epoché” de Husserl. Poner entre paréntesis lo sabido, como lo establece la fenomenología, aislar el conocimiento adquirido para llegar a las cosas mismas, es otro ideal heterotópico del filósofo moderno. 

Hoy podemos actualizar el vocabulario y definir como una burbuja filosófica a esta práctica del pensamiento en un espacio propio y diferente. 

Para remitirnos a los comienzos del llamado “milagro griego”, la filosofía nace cuando la política se convierte en una necesidad, y ambas surgen cuando la palabra de los sabios ha caído en desuso. En la Atenas democrática rige la arbitrariedad, la corrupción, gobiernan las mayorías ignorantes que se dejan embaucar por los sofistas y otros vendedores de ilusiones. 

No queda más remedio que generar una nueva política que esta vez no se deje llevar por la “doxa”, por el “me parece” de la multitud, y se fundamente en un nuevo saber que es el conocimiento de lo que es en cuanto es, de lo real y de la verdad. 

Por eso el hombre teórico contraataca, redobla la apuesta, no se resigna a la pérdida del mundo de los sabios. No es suficiente con evocar al shamán y matemático, jefe de una logia en Crotona, Sicilia, como Pitágoras, ni repetir como los romanos el viejo adagio  “Heraclitus flens, Democritus ridens, una se lamenta y el otro ríe, pero ambos “ven”,  sino de emprender una nueva misión. 

Si la ciudad está perdida, la humanidad debe salvarse. Si la política es imposible, las ideas circularán por un mercado cosmopolita para una intelligentzia pospolítica.

¿Cómo? Escribiendo. Sloterdijk dice que nace una nueva actitud de conquista de la realidad mediante la gramática. Miramos como si leyéramos, vista y lectura, libro y mundo, se superponen, y la vida contemplativa será una vida de lector.

Una actividad estimulante que nace en la dialéctica antigua en el que había que mostrar la habilidad del decir y del contradecir, del legein y del antilegein, y llega a los claustros medievales con la disputatio, la justa oratoria de grupos enfrentados que deciden el combate por un yudo verbal y una victoria al hacer tropezar al adversario que se contradice a sí mismo.  

Sloterdijk habla de una domesticación gramatical que caracteriza al hombre teórico compuesta por un orden que se suceden letras, sílabas, renglones, parágrafos, páginas y capítulos, que compondrán un archivo en el que le lector será además coleccionista.

El hombre teórico, agente de una nueva forma de concentración, selecciona y agrupa y de ser coleccionista pasará a ser él mismo un elemento de una colección mayor al interior de una memoria enciclopédica.

Este hombre gramático, además está triste, nunca dejará de ser un perdedor, lo será en el romanticismo en momentos en que apelará a la intensidad, a la sinceridad y al heroísmo, o cuando la filosofía meditativa nos habla de serenidad, otro modo indirecto de admitir la derrota. Sloterdijk  nos pinta el retrato de este personaje a la manera joyceana, como el del humor sombrío del joven teórico adolescente.

La vida contemplativa es una vida melancólica.

¿Cómo superar el letargo si no es por una nueva utopía que nace de los mismos límites de la escritura? Hay dos modos de abordarla. La antigua, por la gloria, el logro de que el nombre resplandezca después de la muerte, la reputación de una vida y obra ejemplares. La moderna, por el reconocimiento, un modo costoso y doloroso en el que las conciencias se enfrentan para capturar la mirada del otro.

Labor infinita esta última porque la captura es imposible, su mismo logro es su fracaso, hacernos dueños de la mirada del otro es al mismo tiempo cegarlo. Toda mirada vale si se desvía, se llama libertad.

Y la gloria es el placer póstumo, más allá de nosotros mismos, solo comprensible en un cosmos eterno y augusto como el destino, aquel mundo no es el nuestro. 

Esta vía dolorosa del hombre teórico se interrumpe en el Renacimiento cuando entra en escena el bastidor del pintor y el mapa del cartógrafo. Pero las imágenes visuales ingresarán a ese mismo mundo en el que los signos reflejarán su semejanza.

La vida contemplativa, la del espectador letrado, tendrá su fin con los que Sloterdijk denomina “asesinos del hombre teórico”.  

Primero Marx con sus tesis sobre Feuerbach de 1845 que anuncia la hora de dejar de interpretar el mundo para transformarlo. Inaugura lo que Sloterdijk denomina  “la militancia” y declara la guerra civil en la filosofía.

También Nietzsche, artífice de la mirada local inscripta en el cuerpo, en el lugar desde el que se habla, del objetivo contra el que se habla, el aquí y ahora de la singularidad de la existencia.

Por Nietzsche, señala con perspicacia Sloterdijk, ponemos en tela de juicio la sentencia aristotélica de que los humanos en cuanto seres racionales tendemos naturalmente a querer conocer. Una curiosidad originaria que desde el sentido de la vista a la búsqueda de la sabiduría define a la voluntad de verdad del hombre habitado por el logos. 

Sloterdijk recuerda su otra cara, habla de “neophobia”, la fobia a la novedad, el rechazo a lo que remueve los cimientos de lo ya sabido, la defensa del dogma, y de una muestra variada de la voluntad de no saber. La ignorancia como pasión.  

Sigue por György Lukacs, quien habla de conciencia de clase y divide el conocimiento en ciencia burguesa servil y ciencia proletaria emancipadora. Toda filosofía no marxista es catalogada como instrumento de conservación del orden existente, y servirá de relato apologético para las políticas de exterminio de Lenin y Stalin. Otra muestra de la guerra civil en filosofía.

El listado de quienes embisten contra el hombre teórico refugiado en su “otro lugar” es profuso. Heidegger que debió volver a una actitud teórica, de contemplación y escucha, después de su paso militante por el nazismo; el fin de la inocencia del conocimiento científico después de Nagasaki e Hiroshima; la filosofía de la existencia que dignifica el vivir frente al saber; la sociología del conocimiento que adosa el saber a los intereses como lo llevó a cabo Max Scheler que habla de tipos de conocimiento orientados a la educación, a la salvación y a la dominación; Thomas Kuhn y Michel Foucault con sus paradigmas y discursos que institucionalizan el saber en redes de un poder; la denuncia de la dominación masculina; el auge de la neurociencia y el enfoque sobre lo emotivo en la inteligencia; la feria de las vanidades del mundo intelectual descriptas por Pierre Bourdieu; y las intrincadas investigaciones de Bruno Latour sobre la labor de los científicos en el mundo de los laboratorios. Otra heterotopía que disipa la mirada neutral.

Estas ofensivas contra el hombre teórico, finalizan con una cita de El libro del desasosiego de Fernando Pessoa, el poeta de la gloria nocturna que celebra la palabra sin ser nadie.

TA

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