Filosofía en la vereda

Mi amor por la avenida Lacroze

Las veredas de avenida Lacroze

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Hay veinte mil manzanas en nuestra ciudad, cada una tiene un perímetro de cuatrocientos metros, por lo que el embaldosado ocupa ocho millones de metros. Para que el lector tenga una idea aproximada de lo que significa esta distancia, es el trayecto entre Usuahia y La Quiaca, ida y vuelta. Partamos de un punto de vista que no es ni optimista ni pesimista, sino un razonable justo medio, y supongamos que las veredas están rotas en un treinta por ciento, es decir, dos millones cuatrocientos mil metros. ¿Cuántas baldosas se necesitan? Las de veinte centímetros, tanto las vainillas como los pancitos, en sus colores cremas, rosados y grises, son una característica de la vieja Buenos Aires, de gran lucimiento una vez baldeadas y con una nota de nostalgia que hace a la identidad de los barrios. Cada metro tiene a lo largo cinco baldosas, y a lo ancho dos metros sesenta según el metraje de Barrio Norte, lo que hace que por metro de superficie deben repararse sesenta y cinco baldosas. Dos millones cuatrocientos multiplicado por sesenta y cinco de las vainillas o pancitos nos da: ciento cincuenta y seis millones de baldosas. 

En los años setenta se hizo famoso en París un prestigioso lugar de tango que se llamaba Les Trottoirs de Buenos Aires (se pronuncia Buenozer, la “z” tiene el zumbido de una mosca tsé tsé), nombre que era toda una evocación de nuestras veredas. Pero hoy la vereda sufre, está sola. La hemos abandonado por la irritante costumbre de hablar todo el día de los baches. La voz del chofer tiene una indebida hegemonía que privilegia el pavimento en contra del señor bache, protagonista exclusivo de nuestras maldiciones. Mientras tanto la vereda es vejada ante la indiferencia vecinal que en otras épocas se sentía responsable de lo que ocurría en el umbral de sus casas y hoy grita ¡que lo arregle la municipalidad, que para eso pagamos impuestos! Eso sí, siempre hay quienes están prontos para talar árboles porque odian las hojas que caen, husmean raíces para denunciarlas a la subsecretaría de espacios verdes, pero baldosa floja que escupe agua acumulada y podrida para arriba...que las arregle Montoto.

Hay que sumar a esta demolición cotidiana a las empresas de servicios que rompen baldosas y losas, las restituyen a bajo costo y sin control municipal con los correspondientes daños futuros.

Hoy la vereda sufre, está sola. La hemos abandonado por la irritante costumbre de hablar todo el día de los baches.

Es posible que antes existiera un cierto cariño por la calle que se disfrutaba con cuidado, y que hoy es una ramera que se usa rápido y con desprecio. No se trata del turismo, los visitantes, que se hacen nudos con los pies y miran para atrás para ver con qué tropezaron, suponen que para ser una ciudad del tercer mundo tenemos más de lo que merecemos, y asociarán el tango y sus firuletes a una comprobación vial, pero los filósofos peripatéticos ya no pueden pensar mientras caminan bajo la amenaza de lo que le sucedió al inmortal Tales: hundirse en la vereda.

En Mileto todavía no había que sortear caca de perros.

Pero todo cambia cuando ingresamos al universo mágico de la avenida Lacroze. Hablemos de mi barrio, de mi ciudad, de mi país, del mundo, de mi calle, de Lacroze. Porque Lacroze no es una avenida, sino todo lo que dije antes. Comienzo por la estación de tren en Chacarita, que linda con la avenida Corrientes. Es su mejor porción si pienso en la inevitable pizzería que está en frente a la salida de los trenes. Para mí es la mejor porque tiene una vida proletaria que lamentablemente se irá perdiendo a medida que se acerque a Cabildo, ni hablar de la bajada a Luis María Campos en donde ya comienza el temible barrio de Belgrano, que culmina en la estúpida Cañitas, y a medida que nos vamos alejando de la estación por la vereda de enfrente en que van desapareciendo los vendedores ambulantes y los últimos comercios, que no son más que esos mismos vendedores ambulantes que con un poco más de suerte tienen un techo y un piso al interior que hace pasillo con góndolas y perchas que exhiben – palabra un poco untuosa para la ocasión – calzoncillos, broches, medias, cafeteras baratas y enchufes, una vez que desfilan los negocios de proximidad con sus vidrieras ordenadas, nuestros pies caminarán por una de las veredas más elegantes de Buenos Aires. Tan anchas, o casi tan anchas, como las de Madison Avenue de Nueva York. Veredas limpias, impecables, cómodas, otra vez voy a decir anchas, amplias como autopista peatonal, que merecerían más de un tango y alguna frase porteña dicha por acá o en París que encariñaban a Cortázar y a Horacio Ferrer porque estaban rotas, eternamente rotas.

Bien, no, no es el caso de Lacroze, no hay melancolía ni snobismo descendente, típico de nuestra porteñada, coqueteo de looser, hay olor a Buenos Aires en estas veredas cuidadas entre Chacarita y Colegiales, que no necesitan de turistas ni de habitués de la Recoleta para lucir sus baldosas. No sólo eso, no solamente la prolijidad y la comodidad, sino la calidad, hasta darse el lujo de baldosas de hormigón pulido de cuarenta centímetros que se siguen con las porteñísimas y baldeadas vainillas que llegan hasta combinar colores, un alarde que llega a conmovernos cuando aparece un adoquinado alisado y una baldosa que presume de laca o de simil piedra, ni hablar de los célebres pancitos que conforman unidades que han duplicado su dimensión habitual y se presentan en sesenta y cuatro cuadraditos con un perímetro de cuarenta centímetros que de acuerdo al ancho de la avenida Lacroze completan quince bloques, ¡lo que nos da una latitud de vereda de seis metros! Sí, mis amigos, la avenida Lacroze entre Corrientes y Álvarez Thomas tiene un ancho de seis metros, un doble carril por el que los peatones que circulan en ambas direcciones ni se rozan y pueden mantener el protocolo de dos metros de distancia, por lo que además de la elegancia del diseño hacen un aporte a la salud pública.

Si se circula por el lado sur de Lacroze que nos permite gozar del sol mañanero, podemos contemplar al paso las vidrieras que alternan la variedad propia del comercio porteño, zapatillas, remeras deportivas, carnicerías, bazares, sushi club, verdulerías con ofertas de papaia, reparaciones de celulares y maxikioskos.

Hay olor a Buenos Aires en estas veredas cuidadas entre Chacarita y Colegiales, que no necesitan de turistas ni de habitués de la Recoleta para lucir sus baldosas

No sé si ya lo escribí, pero vivir en la triple frontera, es decir, entre Palermo Hollywood, Colegiales y Chacarita, a distancia prudente del temible Belgrano C, me permite disfrutar de una diversidad que no encuentro en otros lares de la ciudad. 

Me gustan los bares en los que hay viejos que leen Clarín y no me gustan Varela Varelita, por el que pasaba rumbo a mi relojero los años que viví en Palermo Viejo mientras se convertía en Soho con sus paseadores de perros, sus ensayos de carnaval en la plaza Armenia diez meses al año, las batucadas a la madrugada de aspirantes a raperos, ferias con puestos que venden velas y ropitas para Barbie, y decía que no me gustan los bares que atraen a gente de letras y divanes. 

En Chacarita hay bares de parroquianos y abuelas, de lectores de la página de deportes, de los que comen milanesa al mediodía, a metros de los degustadores del avocado toast con jugo de zanahoria y jengibre además de toneladas de quinoa.   

Pero Lacroze es lo más, porque aún cuando después de Álvarez Thomas la vereda se angosta y pierde la majestuosidad que en nada le hace envidiar a la anchura de las grandes avenidas de Nueva York, ni tampoco a la del gran ensamble de la pedante Barcelona, la que podemos llamar Lacroze angosta, por sus veredas reducidas, compensa esta falta con sus negocios inigualables como la confitería Ritz, donde nadie entra con mirada torva con su Página 12 bajo el brazo, y en donde se pueden comer masitas con crema levantando el dedo meñique con franqueza.

Para no mencionar al exquisito submarino. Amo a Lacroze, casi más que a Domingo Faustino Sarmiento, porque en nada me evoca a Amalita que usufructuó el apellido, y me conduce a comprar en Bonafide mis chocolates de 60% de cacao, a la Juvenil en la que me esperan los tres tipos de pionono acompañado por el agnóstico vitel toné, para cruzar en la vereda de enfrente a comprar la pila para mi reloj de cuarzo. 

Y la joya, la maravillosa tienda La Primavera en donde cada año renuevo mi vestuario de bermudas marca Bronco, con elástico en la cintura, talle uno de una colección en serie que llega al talle cinco para quienes llenan por sí solos un montacargas, en medio de delantales, uniformes, y el maravilloso jardinero Bronco, con sus bolsillos atrás, bolsillos adelante, en las piernas, como sueño de carpintero o del Geppetto de Pinocho, que pedí con botamangas en mi última compra para desorientación de las vendedoras, que jamás habían visto un jardinero con botamangas ni a un filósofo vestido como un espantapájaros. 

Hay de todo en Lacroze, para gozar, y detenerse antes de dar el mal paso y caer en la sospechosa avenida Cabildo, que además del resentimiento por no seguir llamándose Santa Fe, nunca pudo decidirse si pertenece al aborrecible Belgrano C o a Colegiales, y se nota. Es un híbrido. 

TA

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